Paula Fernández de Bobadilla

No importa dónde

«Está empezando el calor y la hierba recién cortada huele de esa forma tan especial que presagia el verano»

Opinión

No importa dónde
Foto: Lia Tzanidaki| Unsplash
Paula Fernández de Bobadilla

Paula Fernández de Bobadilla

Escribo para fijar las cosas que me llaman la atención y porque, como a R.L. Stevenson y Enrique García-Máiquez, me gusta enfocar el lado bueno de las cosas.

Hace tiempo que llegaron los escuadrones de vencejos. Está empezando el calor y la hierba recién cortada huele de esa forma tan especial que presagia el verano. Las jacarandas están para chillarles de bonitas y sus alegres flores moradas van derramándose con la brisa y alfombrando la ciudad poco a poco. Dan muchas ganas de no hacer nada, de irte a la calle con cualquier excusa, de dar un paseo por la orilla del mar; de tomarte una caña en una mesa al sol y dormir la siesta en una hamaca, de sentarte a cenar en un sitio agradable, quizá en lo del Chule, bajo los naranjos de la iglesia de San Miguel. Dan ganas de irte de viaje y de pensar que tienes todo el tiempo del mundo. De imaginarte otras vidas. De largarte a Grecia a recorrer Corfú tras los pasos de los Durrell o perderte en una de las islas más pequeñas y recónditas, en una casita con un embarcadero y una barca que se mece sobre el agua transparente y brillante del Mediterráneo. De dormir con la ventana abierta y abrigarte con un edredón finito del vientecillo que se levanta por la noche, de amanecer temprano porque hace un día fantástico, de perderte por las calles de un pueblo que no conoces y sentarte en una plaza cualquiera, de abrir un libro y cerrarlo otra vez, de volver la cara hacia el sol, entrecerrando los ojos, y oír a la gente hablando en un idioma que no entiendes, de intentar cazar alguna palabra al vuelo. De sentir el calor y el aire que corre y el tiempo por delante. Dan ganas de comer aquí mismo, de intentar descifrar la carta, de pedirte una copa de vino, de reírte, de no tener prisa y de no hacer nada más que fijarte en la gente que pasa. De volver a descansar, de meter el teléfono bajo un cojín.

Y cuando te hartes de no hacer nada, cuando empieces a sentir cierta inquietud y el sol apriete un poquito más de la cuenta y hayas conseguido relajarte hasta el aburrimiento –esta parte es fundamental–, entonces puedes recuperar el teléfono, hacer la maleta, dejar atrás los azules y blancos de Grecia y plantarte en la muy verde Inglaterra, por ejemplo. Porque a veces te da coraje admitirlo, pero qué bien se está allí en verano. Y poner rumbo al sur y visitar, por fin, la casita y el jardín de Derek Jarman en el cabo de Dungeness, conducir un poco más y encontrar un Bed & Breakfast en Rye, recogerte el pelo con un lazo verde y salir a cenar en un pub cualquiera cuando todavía hay luz. Deambular alegremente y coger la carretera para ir saltando de jardín en jardín, sin un plan definido, hasta llegar a Oxford y hacer un picnic en algún parque y quitarte los zapatos y los calcetines y pasearte descalzo por la hierba fresquita o asomarte a mirar el verano inglés en Port Meadow, remangarte los pantalones, meter los pies en el río y sentirte como si estuvieras en uno de esos libros ilustrados que nunca se terminan de ver porque están llenos de detalles y de gente ocupada. De esos que siempre tienen una página con un río y un prado y un barquito de vela, y una señora que lee, y un chico que pasea un perro, y una pareja de la mano, y unas chicas tirándose desde el embarcadero y unos niños que juegan en la orilla, y un señor pescando, y un gato que mira atentamente a un gorrión que ronda los pies de un viejo que se está comiendo un sándwich y va regándolo todo de migas. Levanto la vista y me sacan de Inglaterra las voces del instituto que hay debajo de casa. Es la hora del recreo y veo a las niñas pasearse por el patio con su pantalón corto y las melenas reluciendo al sol. Pienso en las ideas que traerá hoy Violeta cuando lleguen del colegio, y en jardinear un rato con Lucas por las macetas del balcón. Pienso en que ya está ahí el fin de semana y podemos hacer lo que queramos: escaparnos a Zahara a ver a mi amiga Cristina, comernos un helado en Soler, ir a casa de sus abuelos a que se den un chapuzón y vuelvan locas a las perras. Echar una tarde tranquila de charla, a la sombra.

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