Paco Segarra

No se quejen tanto, ¡mil rayos!

Lo cierto es que la publicidad no da la felicidad. Nos quejamos demasiado, damas y caballeros, para lo mucho, y bueno, que tenemos a nuestro alrededor.

Opinión

No se quejen tanto, ¡mil rayos!
Paco Segarra

Paco Segarra

Publicitario, escritor y empresario. Crea anuncios y colabora en varios medios.

Lo cierto es que la publicidad no da la felicidad. Nos quejamos demasiado, damas y caballeros, para lo mucho, y bueno, que tenemos a nuestro alrededor.

El profesor Jeff Wilson quiere demostrar que es posible tener una buena vida en condiciones austeras. Para ello, se alojará durante un año en un contenedor de basura de 33 metros cuadrados. Es un experimento excéntrico e inútil. No digo que como idea publicitaria no sea buena: es, según se arguye en el argot del marketing, muy notoria. Notoriedad que gana el profesor, por supuesto.

Para demostrar que se puede tener una buena vida en condiciones austeras basta con estar una temporadita con una familia numerosa de clase media o media baja. Una de esas que han decidido no abortar a sus hijos y han vencido el egoísmo. Una de esas que no pueden viajar a un «resort» del trópico cada verano, porque los niños requieren cuidados y cuesta dinero mantenerlos. Una de esas que tienen un solo televisor y un solo coche de segunda mano, y que no salen a cenar los fines de semana a cualquier restaurante de moda. Una familia que haya apostado por el amor de verdad, sacrificado y alegre, y no por la muerte disfrazada de suspiros de libertinaje.

Para demostrar que se puede tener una buena vida en condiciones austeras basta también con viajar al tercer mundo, a cualquier país donde los intereses económicos de empresas multinacionales no hayan provocado una guerra o una hambruna. Pongamos por caso la isla de Ibo, en Mozambique. Allí los niños son más felices que los nuestros porque no tienen nada superfluo, pero no falta el arroz y el pescado y los plátanos. Los mayores también son felices, aunque no tanto, porque el turismo empieza a mostrarles la cara consumista de los occidentales y suscita en ellos algo parecido a la envidia, ese pecado capital. La envidia mueve al capitalismo y a la publicidad: quiero tener, por lo menos, tanto como tiene mi vecino. Y así te lo hacen saber los anuncios. Sin embargo, lo cierto es que la publicidad no da la felicidad. Nos quejamos demasiado, damas y caballeros, para lo mucho, y bueno, que tenemos a nuestro alrededor.

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