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No sólo están ciegos los girasoles

"Decía Julián Marías que lo malo de exigir leer el Quijote a esa edad no es que no se leyese, es que ya se daba por leído"

Foto: IMDB

En una de las últimas algarabías tuiteras, alguien deslizó por sus mentideros la noticia: la Junta de Andalucía había retirado Los girasoles ciegos, ese maravilloso entresijo de la posguerra, esa radiografía de la españolísima crueldad, de los colegios andaluces. Rápidamente se lanzaron a la yugular del gobierno entrante los que hace ya tiempo que desecharon las nueces para vivir exclusivamente del ruido. Llegados a este punto se presentan dos opciones: que ese mismo alguien que deslizó la noticia supiera que las lecturas complementarias en los colegios andaluces no las decide ningún político, sino que lo hace un profesor digno y comprometido, o bien que dicho alguien no supiera nada al respecto. Como en este país hace tiempo que apostar por la presunción de mala fe tiende a terminar en acierto, permitan que me decante por la primera opción, no sin antes intentar dejar de nuevo en su punto los pelos que ahora lucen como escarpias. Y lucen como escarpias porque es cierto, a pesar del globo sonda, que uno de los pocos aspectos que al gobierno de turno le queda por politizar es ese: el territorio aún libre de dogmas que el profesor puede utilizar para guiar a sus alumnos sin el bozal de la LOGSE, la LOMCE o como se llame mañana.

Recuerdo bien mis lecturas de apoyo, cuando nosotros los de entonces estábamos muy lejos de ser los mismos, y mi profesora de Lengua, a quien debo más con cada artículo en que aparece citada, ideaba representaciones del irrepresentable Valle-Inclán, ese Max Estrella de gafa larga, y un tipo que ejerció el papel de Rubén Darío sin ser príncipe, y mi compañera de pupitre que sujetaba al hijo anarquista muerto (ella misma confesaba que hasta ese momento no sabía qué era el anarquismo, qué la maternidad, y mucho menos qué era la muerte). Recuerdo el día en que nos hicieron leer el Quijote, y nadie lo leyó, y nadie reconoció que había dejado de leerlo. Decía Julián Marías que lo malo de exigir leer el Quijote a esa edad no es que no se leyese, es que ya se daba por leído. Esa misma profesora nos obligaba escribir cuarenta o cincuenta versos de las grandes obras de la literatura castellana, y luego montaba una especie de quién es quién, con dos equipos que intentaban averiguar el verso del contrario. ¿Tiene rima consonante? ¿Fue escrito en el XVII? ¿Era la nariz lo suficientemente grande como para existir un hombre pegado a ella?

Llegará el día en que alguien descubra que con esas lecturas también se puede adoctrinar al alumno, en lugar de permitirle disfrutar en espacios limpios de polvo y paja. Dejaremos a un lado la libre disposición del profesor, de ese mismo milypicoeurista que mantiene arriba la cabeza paseando a los niños por el barrio de las Letras, de ese mismo divulgador que se desvive por conseguir que un treintañero todavía recuerde la representación de Valle o la rima consonante. Lo dejaremos a un lado para dar paso al dictado torticero de la trinchera de marras. Llegará ese día. Y ustedes y yo lo veremos.

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