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No son dos nacionalismos enfrentados

Foto: ALBERT GEA | Reuters

¿Existe el nacionalismo español? Sí, sin duda. Cuarenta años de dictadura franquista lo enquistó como amenaza latente con ocasionales brotes de bestialidad. Y permanecen símbolos oprobiosos que ofenden a todos los demócratas, como el santuario fascista del Valle de los Caídos o las fosas comunes sin abrir. España es, tras Camboya, el país donde más hay en el mundo. Es, como cualquier nacionalismo exacerbado, desagradable, obtuso y potencialmente violento.

Pero es residual, y nada tiene que ver con la respuesta que el Estado democrático y la sociedad civil están oponiendo a otro nacionalismo que está en su programa de máximos: el secesionismo catalán. Hay detalles simbólicos que, en su apariencia anecdótica, revelan hasta qué punto hay desequilibrio en la tintura nacionalista en uno y otro lado: cuenten las veces que ha sonado Els Segadors en el Parlament, y compárenlas con las que ha sonado el himno de España en el Congreso. Es más: comparen lo que se dice cuando suena en un sitio (nada, respeto a su cultura) y qué se diría si sonara en el otro (escenografía franquista).

Solo hay una parte en el irredentismo político nacionalista, los defensores del Procés. En el otro lado hay –con esas excepciones residuales mencionadas– un pacto constitucional. Perfectible, mejorable, pero abierto a una profundización del federalismo, blindaje de competencias, asunción de símbolos nacionales catalanes. Y las lamentables cargas policiales del 1 de octubre no varían el hecho de que sólo una de las partes está en su programa de máximos y otra no. Todos tenemos unas aspiraciones ideales, pero sólo parecen legítimas y “democráticas” al las que aspiran los nacionalistas catalanes.

Frente a la independencia no se ha propuesto la recentralización total desde el otro lado, sino el federalismo. ¿Por qué? Porque solo hay un nacionalismo en este conflicto. Que busca imponer su idea a la mitad de su sociedad y al resto del país. La igualación en la contaminación nacionalista es un marco que demasiados en el resto de España han asumido, precisamente porque somos un país muy poco nacionalista. Las banderas en los balcones dicen antes “ya está bien” que “Viva España”. Y esa suerte que tenemos.

“Pétreo me sea el ánimo”, escribió Rilke desde Ronda cuando se disponía a dejar atrás los bucólicos paisajes que veía desde el hotel Reina Victoria y volver a la gran ciudad. Y no se me ocurre mejor lamento para expresar la desazón ante la constancia y los sobresaltos del disparatado Procés en nuestros medios, en nuestras conversaciones. Contaminando con la cepa nacionalista nuestra vida pacífica en un país democrático y desarrollado de la Europa del siglo XXI.

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