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Nombres propios: Enrique

"Enrique ha sido un socialista leal hasta los huesos, genio y figura con mucho genio y figura que no apostató jamás de sus ideas, de sus raíces vascas y de su sangre judía"

Foto: Paolo Aguilar | EFE

Durante la democracia española, a los dirigentes más destacados se les ha tuteado siempre en privado excepto a Fraga que era Don Manuel, a Tierno Galván que era el Viejo Profesor y a Tarradellas, siempre President; incluso a Pujol, Jordi hasta que fue elegido presidente de la Generalitat. Cuando otros políticos o periodistas se referían a ellos Felipe era González, Alfonso era Guerra, Alberto era Gallardón hasta que ahora, cuando Alberto es siempre Feijóo, y nunca ha hecho falta poner apellidos a Esperanza, Mariano, Santiago, Nicolás, Javier o Miguel, aunque este último desapareció de la escena política cuando se casó con Isabel Preysler.

Enrique era Enrique Múgica Herzog, hombre fundamental en la historia del socialismo español. De los pocos, junto a Javier –Solana- que asumió el resultado del congreso de Suresnes y aceptó a Felipe –González- como secretario general del Psoe. Tan no lo aceptaron al principio sus compañeros que cuando llegó el nuevo secretario general a Madrid para trabajar en sus nuevas responsabilidades, el partido lo alojó en un cuartucho encima del Palacio de la Prensa, en Callao, con baño compartido con otros inquilinos, hasta que alguien que lo fue a ver se indignó y le buscó un apartamento allí cerca, en la calle Jacometrezo.

Enrique ha sido un socialista leal hasta los huesos, genio y figura con mucho genio –es conocido su cabreo cuando Felipe no contó con él en su primer gobierno, y su cabreo aun mayor todavía cuando no lo renovó tras su paso como ministro de Justicia- y figura que no apostató jamás de sus ideas, de sus raíces vascas y de su sangre judía. Ni siquiera cuando el Psoe entró en declive, tampoco cuando ETA asesinó a su hermano Fernando y nunca cuando  una España globalmente pro palestina  criticaba a Múgica por su defensa de Israel.

Era Enrique Múgica, fallecido en estas semanas amargas, un político auténtico, culto, taurino empedernido, fácil de trato a pesar  de que se dejaba llevar con frecuencia por su visceralidad y por la defensa a ultranza de sus amigos aunque no tuvieran razón. Hombre de generosidad ilimitada en su vida personal, cuando fue elegido Defensor del Pueblo además de generosidad  demostró una sensibilidad  que  no se ve en otros políticos que presumen de tenerla.

Ha muerto Enrique en días en los que no hay respiro para homenajear a los muertos. A todos. A los que han formado parte de la mejor historia de España,  y los que apenas eran conocidos más allá del ámbito familiar, que ni siquiera han podido abrazar a los padres, hijos, hermanos y amigos fallecidos.

Descansen todos ellos en paz. Descanse Enrique en paz. Lo merece sobradamente.


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