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Nos encaminamos hacia lo peor

Foto: Mariscal | EFE

Hace un año comenzaba a colaborar en el Subjetivo con una columna sobre Steve Bannon, el por aquel entonces consejero áulico de Donald Trump, y el poderoso encanto de las mentiras que se esconden tras las teorías de la conspiración. Han pasado los meses y aquel análisis podría ser repetido palabra por palabra. Eso sí, hoy no tendríamos que salir de nuestras fronteras para encontrarnos con ejemplos de este tipo de declaraciones conspiranoicas. El listado se puede hacer extenso, pero podríamos quedarnos con tres de estas últimas historias. A saber: las disparatadas denuncias sobre el fallecimiento del Fiscal general del Estado José Manuel Maza, el hipotético complot que estaría fraguando el gobierno español mediante el 155 para intervenir en las elecciones catalanas del 21D o la desquiciada denuncia de posibles atentados de falsa bandera, como ha señalado en las redes sociales Ramón Cotarelo, la nueva luminaria propagandística de ERC (“de aquí al 21D lloverán atentados de falsa bandera”).

No se equivocaba el protagonista de una de las novelas de Don DeLillo, cuando recordaba que estamos viviendo en la Edad de la Conspiración. Las mayúsculas son de la propia novela Running Dog. El historiador Richard Hofstadter, en un estudio seminal, The Paranoid Style in American Politics and Other Essays (1965), describió el estilo paranoide de la política norteamericana. Una retórica conspiranoica, que alimenta una estética particular, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político, y que se ha convertido en un signo más de la modernidad política. Hofstadter no pretendía establecer una tipología psiquiátrica, ni mucho menos clínica, simplemente buscaba una metáfora con fuerza que pudiera explicar lo que estaba sucediendo en su país tras el asesinato de John F. Kennedy.

Esta mentalidad se había cultivado durante la Guerra Fría en un contexto de polarización y confrontación con la amenaza constante de un conflicto azuzado por una progresiva carrera armamentística. Los altercados políticos y la creciente desconfianza hacia las instituciones abrió una amplia brecha de legitimidad. El escándalo político se convirtió en una de las principales armas de la política cotidiana. Salvando las distancias del tiempo y del contexto, estamos asistiendo al desarrollo de una trama similar a nivel local y global, aunque amplificada por las nuevas cajas de resonancia digitales. Las situaciones de incertidumbre favorecen que busquemos inconscientemente un nexo común ante hechos aislados. Cuando lo sólido se desvanece delante de nuestros ojos, nos gusta imaginarnos interrelaciones donde no las hay.

El motor de las teorías de la conspiración es el miedo. La tecnología, el cambio climático, la alimentación, la economía y un largo etcétera de otro tipo de cuestiones candentes podrían alimentar hasta el infinito esta enumeración. El miedo se reafirma y retroalimenta porque, probablemente, sea más sencillo de estimular que los mecanismo del odio. A pesar de tener un mayor acceso a la información, como consecuencia de la calidad de la misma y de nuestra preparación para enfrentarnos a ella, es bastante habitual reconocer la expansión de una poderosa mentalidad conspiranoica global, que se ve favorecido por la polarización colectiva. Tenemos pruebas concluyentes de que los miembros de grupos deliberativos a menudo terminan con un miedo mayor del que entraron, es decir, se sitúan en posiciones más extremas de las que tenían al inicio. Como ha remarcado en más de una ocasión Pascal Bruckner, el lenguaje del miedo es paradójico y, en última instancia, tranquilizador: siempre sabemos que nos encaminamos hacia lo peor. La cuestión, de nuevo, es si tenemos las herramientas necesarias para responder con eficacia a estas teorías descabelladas en el campo de la democracia. No deberíamos mirar hacia otro lado.

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