Ricardo Dudda

Nos hace feliz odiarlo

En <em>La democracia sentimental</em>, Manuel Arias Maldonado escribe que “hay una estrecha relación entre radicalismo y felicidad [...] El radicalismo hace más feliz que la moderación: sobre todo cuando el gobierno <em>no</em> nos representa.” Si a esto se le une una elevada sensación de pertenencia, una amenaza exterior o interior que funcione como chivo expiatorio, cierta disonancia cognitiva que te impida ver los errores propios y una sensación de superioridad moral, uno ha de ser enormemente feliz. Porque afrontar la complejidad de la realidad es extenuante. Y, bueno, a veces triste.

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Nos hace feliz odiarlo
Ricardo Dudda

Ricardo Dudda

Periodista y miembro de la redacción de Letras Libres, columnista en El País y autor de "La verdad de la tribu". La corrección política y sus enemigos.

¿Dónde establecemos los límites entre la personalidad y la política? Dudo mucho que todos aquellos que se consideran radicales en política lo sean en todos los aspectos de su vida. Sería una sociedad de sociópatas. La política radical a veces funciona en personas moderadas y sensatas en su vida privada como ese “anhelo de revolución total” del que habla Bernard Yack y parafrasea Arias Maldonado: uno lo sueña porque sabe que no va a ocurrir. Como escribió el politólogo David Runciman tras la victoria de Trump, “la gente votó por él porque no creía en él. Querían un cambio pero también confiaban en la durabilidad y la decencia de las instituciones políticas estadounidense para protegerlos de los peores efectos de ese cambio. Querían que Trump sacudiera un sistema que a su vez los protegería, según sus expectativas, de la insensatez de un hombre como Trump.»

Tengo rasgos de personalidad (una melancolía contemplativa y romántica, dependencia emocional) que encajarían en algún partido populista o nacionalista o radical, si la conexión personalidad-ideología fuera totalmente clara. A veces, antes de darme cuenta de lo estúpido que es pensarlo, desearía ser un radical político. La oposición a Trump me acerca un poco a esa sensación de felicidad, aunque sea una oposición desde el progresismo y el liberalismo, ideologías poco radicales. Representa todo lo que odio. Me produce asco. No encuentro matices a mi desprecio por él. En cierto modo, me hace feliz odiarlo.

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