Andrea Mármol

Nos han escrito una carta

"El problema, señores, no comienza cuando el nacionalismo catalán rompe la cuerda de tanto tensarla, sino cuando comenzó a ostentarla"

Opinión

Nos han escrito una carta
Foto: EMILIO MORENATTI
Andrea Mármol

Andrea Mármol

Periodista descreída de las citas y datos. Demodé. De la levedad sabida nace la virtud.

Un grupo de personalidades catalanas ha escrito, con aparente preocupación y angustia, una advertencia a modo de misiva en el diario La Vanguardia. La dirigen a sus “amigos” “españolistas” -las comillas son dobles, sí- y el motor de su malestar no es otro que la posibilidad de que un brote nacionalista español sustituya a la principal fuente de discordia entre españoles que son los nacionalismos periféricos, y concretamente y en el caso que nos ocupa, el catalán. “Somos conscientes de que vuestra primera reacción es decir que no sois españolistas”, avisan en una carta cuya vocación terapéutica incrementa a menudo que se suceden las líneas.

La tesis del texto sostiene que, en dosis pequeñas y razonables, el nacionalismo surte efectos positivos en la sociedad (“crea un nosotros que hace que estemos dispuestos a ser más solidarios y apoyarnos más unos a otros”, afirman), pero que, advierten muy serios, puede convertirse en una amenaza que señala y estigmatiza al diferente. Fundamentan su agudeza con la siguiente aseveración: “nosotros, tus conciudadanos catalanes, hemos visto y vivido una evolución en ese sentimiento”. Habrá apreciado el lector con qué coherencia se acogen los autores a ese ‘nosotros’ que antes elogian, pero además, es revelador que se dirijan exclusivamente a españoles no catalanes, como si lo que ellos llaman españolismo fuese una lacra que, en cualquier caso, jamás podría brotar entre los propios catalanes. Unidos en la diversidad, pero la de los demás. A lo largo de la carta, uno tiene la sensación de ser aleccionado por unos firmantes que presumen -y con razón- de no haber sucumbido a la tentación delirante del último acelerón del nacionalismo catalán y que ello les confiere la virtud para prevenir a los españoles de un error que, en todo caso, todavía no han cometido.

No es una nuevo. Las élites catalanistas ven con simpatía las décadas de hegemonía del nacionalismo catalán y de la construcción de consensos a cambio del silencio de millones de catalanes, pero se apresuran en alarmarse si se dan proclamas patrióticas en alusión a España. Seamos claros: no hay en el conjunto de España una red institucional, política y mediática ni de lejos tan sólida como la que han tejido los sucesivos gobiernos nacionalistas en Cataluña, donde se relega sistemáticamente la lengua mayoritaria de los catalanes, donde se han escrito editoriales únicos sin que más que unos pocos se rasgaran las vestiduras y donde tras un golpe de Estado siguen mandando los mismos. No hay una réplica nacionalista española equiparable al poder que ostentan los partidos separatistas en la actualidad. Y a Vox, por cierto, que anda estos días de la mano del separatismo asumiendo el mantra de que Europa vapulea a España, nuestros autores ni les mencionan, y me temo que es porque no se dirigen a ellos.

Tengo la sensación de que nos han escrito una carta. Nos han escrito una carta a quienes no pensamos que el pulso del nacionalismo catalán ha llegado a su fin ni que el destino del desgarro social y político que han causado personas que están en prisión tenga que ser volver a un consenso con el que unas élites se sentían y sabían acomodadas. Y en eso estamos millones de españoles, y también muchos catalanes a los que nos siguen ignorando en sus textos conjuntos. Y yo en mi doble condición me animo a responderles, ya me disculparán los autores que no lo haga desde La Vanguardia.

El problema, señores, no comienza cuando el nacionalismo catalán rompe la cuerda de tanto tensarla, sino cuando comenzó a ostentarla. Y no son ustedes los primeros en advertir sus peligros. Muchos lo hicieron con valentía y sin atalaya antes. No les gustaba, pero durante años asumieron que quizás existía una suerte de peaje que debían pagar en pro de la diversidad española que tuvimos la oportunidad de conocer. Advertían, advertíamos, de la anomalía de discriminar el castellano, de la peligrosa hegemonía mediática y de la manipulación de la televisión pública, de la connivencia del socialismo catalán con el secesionismo. Algunos de nosotros lo hicimos incluso en platós de televisión en los que coincidimos con ustedes. Y nos hemos sentido solos, incluso desubicados, advirtiendo de los peligros de un nacionalismo que más tarde se sucedieron. Así que para su tranquilidad, descuiden, sabemos detectar los movimientos autoritarios que se cuecen bajo nuestras propias banderas y también elegir nuestras compañías en defensa de la libertad, la igualdad y la convivencia. Pero no vamos a asumir que tender puentes sea sinónimo de volver a un pacto entre élites para que los gobiernos nacionalistas sigan sin contestación.

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