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Nosotros

“Trump no habla en nuestro nombre”, dice esta pancarta que juega con el doble sentido de us, pronombre que sirve también como acrónimo para todo un país. O sea: nosotros, los Estados Unidos, no nos sentimos representados por este presidente. Sin embargo, Trump no solo ganó las elecciones -pese a perder el voto popular- sino que pronunció un discurso inaugural al que dio su aprobación el 65% de sus ciudadanos. America First: he ahí un eslógan sobre el que convergen más votantes de lo previsto. De manera que no está claro en nombre de quién habla o deja de hablar un Entertainer-In-Chief cuyas primeras órdenes ejecutivas, tan fulminantes como disruptivas, han dado lugar a un reproche insólito: no puede ser que un presidente esté cumpliendo las promesas que hizo cuando era candidato.

Las paradojas no terminan ahí. Bernie Sanders, a quien quizá habría votado nuestro manifestante, ha apoyado la decisión de Trump de retirar a su país del Tratado de Libre Comercio del Asia Pacífico: su coherencia le honra. Sarah Wagenknecht, líder de los poscomunistas alemanes, aplaude las críticas a la OTAN y defiende el acercamiento estratégico a Rusia. Previsible: Donald Trump está haciendo un brutal ejercicio de desglobalización cuya faceta neoproteccionista no puede disgustar a quienes llevan décadas reclamando desde la izquierda el contraataque de la política contra la economía. De hecho, a la narrativa que lo ha llevado al poder han contribuido los populistas de todos los partidos: recordemos que la propia Hillary Clinton abandonó en campaña sus posiciones favorables al comercio global para coquetear con el proteccionismo. ¿Y acaso su desprecio por la prensa no encuentra eco en todos aquellos conspiracionistas de derecha e izquierda que confían más en los “medios alternativos” que en los tradicionales?

En el segundo frente de su política desglobalizadora, Trump cierra las fronteras al Otro: al alien que simboliza el miedo a una contaminación cultural, al cuerpo extraño capaz de corroer las entrañas de la identidad propia. América para los americanos, entonces, a pesar de la cualidad mestiza que siempre ha acompañado a esa misma “americanidad”. Es justo que sus insultos a México y las restricciones de dudosa legalidad que acaba de imponer a la entrada de inmigrantes legales procedentes de países musulmanes hayan provocado una oleada global de indignación. Pero seamos claros: no es que los países europeos hayan hecho cola en la puerta del despacho de Angela Merkel para aliviar la carga migratoria asumida por la admirable canciller. Así que mejor no averigüemos cuántos votantes norteamericanos dan por buena la reterritorialización decretada por su presidente.

Si para algo ha de servir el shock provocado por el frenético comienzo de la presidencia de Trump, es para recordarnos la necesidad de refinar los argumentos -así como las narrativas o las emociones- que se le opongan. Sus decisiones demuestran que el eje izquierda/derecha está siendo reemplazado por el eje globalismo/nacionalismo, al que quizá podríamos sumar el que distingue a los liberales partidarios de la democracia representativa de los populistas que prefieren el plebiscitarismo en sus distintas formas. Así que empecemos por aclarar, cuando haya terminado la manifestación, quiénes somos exactamente “nosotros”.

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