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Nostalgie du fascisme

«Mete un pato en el lago con los cisnes y pronto añorará chapotear en su ciénaga», comenta un personaje. «¡La nostalgia del barro!», confirma otro. De este diálogo de un semiolvidado autor francés del siglo XIX nos llega la expresión nostalgie de la boue: el desprecio del bienestar adquirido y el deseo de trocarlo por una existencia más primitiva y auténtica, libre de vínculos y norma social. Tom Wolfe encontró un filón en el concepto, que le sirvió para satirizar con gran éxito de ventas la flojera moral e intelectual del radical chic neoyorkino.

En la vida política en las democracias occidentales aflora a menudo, se me ocurre, una añoranza similar. Podríamos llamarla nostalgie du fascisme. Con ello queremos designar, no a los partidos y movimientos nostálgicos del Estado fascista –por fortuna extravagantes y minoritarios– sino a los nostálgicos de la lucha contra el fascismo: la ilusión de que también nosotros, nacidos y crecidos en democracia, nos enfrentamos a poderes opresivos que complotan maléficamente contra nuestra felicidad. Las instituciones demoliberales que nos hemos dado no serían, según esta mentalidad, más que comparsas o, peor, cómplices, de una gran conspiración para que siempre ganen los de siempre.

No hay que pensar que los ciudadanos que experimentan este tipo de sentimientos no tengan dificultades en su vida, o carezcan de motivos para juzgar severamente un cierto estado de cosas. No todo radical es un señorito, como pretende cierta caricatura. Lo característico de la dolencia descrita es la necesidad de dar un nombre unívoco a todo lo malo que circula por la historia para poder así combatirlo con los ropajes prestados del revolucionario. El nombre del gran malo es fascismo, aunque también capitalismo. Luego, hay demonios secundarios: TTIP hoy o ayer Plan Bolonia. Por cierto que un tratado de comercio o una reforma laboral pueden tener elementos potencialmente lesivos para los intereses de parte de la población. Pero desbaratamos cualquier posible entendimiento si nos persuadimos de que quien promueve reformas tan sólo quiere nuestro mal. Frente a un malvado, solo cabe la barricada.

Hay problemas, sí. Pero la política no es el incesante combate contra el dragón. Al dragón ya lo hemos matado. La política democrática, más bien, como recuerda Alain Finkielkraut, nos invita a la penosa tarea de elegir, no entre el mal y el bien, sino entre dos bienes en tensión. La nostalgie du fascisme es el deseo (uso las claras palabras del filósofo francés) de ver siempre escándalos e indignidades donde a menudo solo hay dilemas y conflictos sin soluciones fáciles e inequívocas. Nos hace sentirnos mejores y más puros, pero deja indemnes los problemas que más pronto que tarde la mirada adulta habrá de afrontar.

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