Juan Claudio de Ramón

Nota triste de un eurotonto

Fui educado en el sueño de una Europa libremente unida y construida solidariamente por sus Estados. Dicho de otro modo: en la creencia de que Europa era algo más que una noción geográfica. No es una creencia reciente: desde la pérdida de la primitiva unidad imperial, la idea de que Europa es, como diría Voltaire, “une espèce de grande république”, ha atravesado los cerebros de todos los humanistas del continente. Y cuando pude viajar, con creciente facilidad, por los distintos países que forman Europa, nunca me sentí demasiado extranjero en ellos. Me convertí en un europeísta, o, como dicen los cínicos, en un eurotonto.

Opinión

Nota triste de un eurotonto
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Fui educado en el sueño de una Europa libremente unida y construida solidariamente por sus Estados. Dicho de otro modo: en la creencia de que Europa era algo más que una noción geográfica. No es una creencia reciente: desde la pérdida de la primitiva unidad imperial, la idea de que Europa es, como diría Voltaire, “une espèce de grande république”, ha atravesado los cerebros de todos los humanistas del continente. Y cuando pude viajar, con creciente facilidad, por los distintos países que forman Europa, nunca me sentí demasiado extranjero en ellos. Me convertí en un europeísta, o, como dicen los cínicos, en un eurotonto.

Hoy el sueño ha sufrido una fuga. No cabe ni siquiera el consuelo de que la Europa continental proseguirá su camino hacia una mayor integración, porque en cada Estado miembro hay hoy un nacionalismo más o menos étnico deseando salir de la jaula. Porque todo esto, por supuesto, tiene menos que ver con el legendario “déficit democrático” de la Unión, o con una imaginaria revuelta anti-oligárquica, que con el rebrotar del nacionalismo, ese viejo y embaucador demonio que creíamos (ay) exorcizado. No habrá más guerras (aunque solo sea porque vivimos en una sociedad post-heroica donde, por fortuna, cuesta convencer a nadie de ir a morir por una causa). Nuestro peor escenario es el de un continente en paz, pero poco cooperador, incapaz de sumar fuerzas para abortar o remediar crisis, económicamente tullido, y donde los viejos estereotipos y prejuicios nacionales vuelvan a trufar las conversaciones.

Pero no canten victoria los nacionalistas. Reino Unido se va, pero la nación que ha votado irse no es la misma que la ha que ha votado quedarse. Las naciones ya no uncen a poblaciones culturalmente homogéneas. La presión hacia comunidades políticas supranacionales donde el pluralismo cultural y las identidades compuestas puedan desplegarse sin ataduras sigue vigente. Todavía no sabemos bien qué formas estables adoptarán esas comunidades y ese es, quizá, el principal problema de la Unión Europa: el de estar intentando una forma de unión solidaria que no se parezca a los dos modelos que el mundo ha conocido: la imperial y la nacional.
Punto para los nacionalistas, pero la corriente de la historia sigue. Hoy me refugio en la legítima esperanza de que no sea a su favor.

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