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Félix de Azúa

Lo que va a quedar

«Sánchez y sus abusones acabarán eliminándose entre sí»

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Lo que va a quedar

La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Europa Press

Hay gobiernos y regímenes destructivos y los hay constructivos. Así, por ejemplo, los gobiernos de Suárez y González, te gustaran o no, se esforzaron por dotar al Estado de instituciones que no existían, para la protección de los ciudadanos. La impresión actual del nuestro es la contraria: sistemática destrucción de nuestra propiedad política. Es como si se hubieran apoderado del instituto un grupo de matones y sus pandilleras, pero sólo para divertirse un rato hasta que todos sean expulsados, si hay narices. Es un planteamiento que hemos visto muchas veces, sólo que ahora el instituto es el Estado. El proceso de derribo del Estado no se detendrá hasta que toda esa gente salga del gobierno, pero están aferrados como lapas a sus sillones y extrayendo todo el dinero posible mientras dure su situación de privilegio.

Algunas cosas son recuperables. Destrucciones simbólicas, como la imagen de «la mujer» que propone el sanchismo, una pieza que vuelve borracha y sola a casa, pero ahora con la menstruación como bandera y muy preparada para introducir toda clase de dudas en sus hijos sobre si son hombres o mujeres y para proteger a mujeres secuestradoras, es una pesadilla que se deshará como humo de fantasma para proponer mujeres inteligentes y valerosas en el próximo gobierno. Otras cuestiones va a costar repararlas. La principal, la existencia misma de España, aunque tengo para mí que es inexpugnable. Más grave aún y unida a ella, el hundimiento del poder judicial. Cuando un empleado como el presidente catalán puede actuar impunemente contra las decisiones judiciales y ponerse al margen de la ley al modo de un delincuente ufano de sus fechorías, es difícil que los demás sigan obedeciendo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Es raro que no hayan comenzado las rebeliones fiscales a la vista del reparto penitenciario que hace el gobierno de los fondos públicos.

Otros elementos básicos de la vida en común se están destruyendo, pero en este caso apenas tienen repercusión como no la tuvieron las persecuciones antisemitas en la Alemania nazi hasta que fue demasiado tarde. La supresión de todo lo español en Cataluña, un capricho burgués, no puede traer más que problemas a la población misma de la Comunidad en la que las minorías de inmigrantes latinos van a organizarse tarde o temprano, persuadidos de la superioridad de sus respectivas culturas sobre la del localismo étnico.

Pero ante la avalancha de destrucciones impulsadas por los sanchistas, nos cabe el consuelo de saber que el grupo de abusones y extorsionadores acabará eliminándose entre sí, como siempre ha sido, ya que el uso totalitario del poder induce a la reducción al mínimo de los jefes. Como en la vieja Unión Soviética, el régimen sólo se mantiene asesinando a su propia gente. Ahora ya no hace falta asesinar, basta con dejar en ridículo.

El principio suicida es el mismo en las mafias gansteriles: como el jefe no puede ser sustituido pacíficamente (las mafias no son demócratas, sobre todo cuando se apoderan de un país como Rusia) hay que matarlo, y así se explica con agudeza en las tres partes del Padrino. Se trata de monarquías arcaicas con usos arcaicos del poder. Todo el problema descansa entonces en quién será el guapo que lo ejecute y cuándo. Para todos los demás, para nosotros, quedan meses de paciencia y observación: cómo se van acercando al cuerpo, cómo se van haciendo amigos, cómo sonríen, cómo y cuánto se besan, cómo se afilan la dentadura.

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