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Félix de Azúa

La más fea

«Les recomiendo que rebusquen en las montañas de libros desechados que verán aquí o allá, y se hagan con este ejemplar de ‘Años y leguas’ de Gabriel Miró, por feo y contrahecho que les parezca»

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La más fea

Gabriel Miró | Wikimedia Commons

Pocos quedarán vivos que recuerden haber comprado aquella colección, ya solo la conocemos los más mayores y los ratones de libro viejo. Era la producción editorial más fea que jamás fue concebida. Su título era altisonante: Biblioteca Básica Salvat, pero todo el mundo la conocía como «los libros de la tele» porque en portada, junto al número de la serie, se leía «Libro RTV». Eran ya entonces muy baratos y hoy se encuentran en los montones de ocasión a menos de un euro el volumen. Las tapas eran de un plasticazo rugoso muy burdo, el papel como de letrinas militares, la cubierta venía a dos colores, un amarillo pus y un calabaza necio. Si le forzabas un poco el lomo se partía y en cuanto había un poco de humedad se ondulaba como una bailarina egipcia. 

Pues bien, en aquellos cuerpos contrahechos se escondían almas de una belleza deslumbrante que aún hoy merece la pena rescatarlas. Antes del número cien ya habían publicado, no solo clásicos irrepetibles como La busca de Baroja (para mí, el mejor Baroja), sino también las maravillas del cancionero y romancero español de Dámaso Alonso, la Aproximación al Quijote de Martín de Riquer o El astillero de J.C. Onetti, quizás la más estremecedora novela del resurgir latino. Y ello fue posible porque en una página de crédito se lee «con la colaboración de Alianza Editorial S.A.», o sea que Jaime Salinas comenzaba su impresionante labor editorial que, por cierto, no le ha merecido ni una mala calle de Madrid.

Y esto viene a cuento de que el otro día, curioseando en una muy parca biblioteca de un centro de acogida, vi unos ejemplares desparejados de la colección y me llevé para leer esa noche Años y leguas de Gabriel Miró, otra rareza para ratones alfabetizados, editado en 1970. Yo le tengo un apreció especial a este levantino que, como el otro, como Azorín, tenía el gusto de la terminología muerta. En cada página suele haber tres o cuatro palabras que solo Andrés Trapiello reconoce. Es el vocabulario de un mundo desaparecido y está, al menos para mí, cargado de aroma, pero no de fiambre, sino todo lo contrario, de jugo si te gustan las palabras en sí mismas. Les doy algunos ejemplos.

Pasea Miró la mirada por unos «alcaciles» en donde se crían alcachofas, pero, dice, que ya están «cardenchas». Si te mueves por diccionarios podrás deducir que por «cardenchas» debe de querer decir que ya se acercan al cardo, como les pasa a las alcachofas viejas que se abren y pinchan. Pero los «alcaciles» no los he encontrado definidos, como tampoco una expresión preciosa que le oye decir a un niño: «la luna tiene tana». ¿Y qué sería la tana de la luna a principios del siglo XX? Los alcaciles sin duda debieron de ser un a modo de surco fijo o de obra porque, escribe Miró, lo que envejece en los alcaciles no es la planta sino la tierra, de modo que hay que cambiar a la planta de lugar o se nos pone cardencha.

El curioso juego de las viejas palabras muertas nos permite reconstruir en la imaginación un territorio, en este caso próximo a Polop de la Marina, que todavía en aquellos años estaba casi tal y como lo dejaron los moros y moriscos de quienes vienen casi todas estas palabras y los trabajos agrícolas que de ellas penden. Tan es así que uno de los capítulos habla de Benidorm como de un enclave virginal, pero que ya se empieza a deteriorar porque ha llegado un inglés que se ha instalado en una de las viejas casas del villorrio.

Hay en especial un capítulo dedicado al «agua de pueblo» tan sugestivo, tan perfecto en su descripción, que hace llorar por el agua ida. Así que dejo a Gabriel Miró bebiendo en un bernegal y les recomiendo que rebusquen en las montañas de libros desechados que verán aquí o allá, y se hagan con este ejemplar, por feo y contrahecho que les parezca.

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