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Nuestra querida indignación moral

Durante un tiempo pensé que los llamados “valores” eran la ideología del laicismo. Hoy he rebajado mucho mis expectativas. Ya no les exijo tanto. Actualmente los veo como el adorno retórico de la triunfante indignación moral.

La indignación moral es ese emotivismo ético que considera más noble el vómito que el apetito. Suele ir acompañada del resentimiento y del escándalo, dos de los mayores aglutinadores de la atención pública. Es, en definitiva, la expresión de la razón victimológica actualmente triunfante. ¿Exagero si añado que parece presentarse cada vez más nítidamente como el fundamento mediático de la soberanía popular?

Aldous Huxley escribió en el prólogo de Un mundo feliz que “el remordimiento crónico, y en ello están acordes todos los moralistas, es un sentimiento sumamente indeseable. Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y encamina tus esfuerzos a la tarea de comportarte mejor la próxima vez. Pero en ningún caso debes entregarte a una morosa meditación sobre tus faltas. Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse.” Efectivamente. El fango enturbia la mirada y nos deja expuestos a la demagogia de la imagen, a la que somos tan sensibles los herederos de la tradición cristiana.

Dicen que la democracia funciona con principios. De acuerdo. Pero conviene tener claro que su principio fundamental es el consenso y que no está nada claro que el consenso de la indignación moral pueda garantizarle a la democracia los valores que necesita para vivir, porque tiende de manera espontánea a ahondar las distancias entre lo bueno y lo nuestro. Al moralmente indignado le gusta plantearle a la política retos morales que son muy superiores a lo que ésta puede dar de sí democráticamente.

Cuando Erdogan, que no parece especialmente capacitado para darnos lecciones morales, acusa a Europa de haber hecho del Mediterráneo “un cementerio de emigrantes”, los indignados morales se apresuran a hacerle la ola al grito de “Europa, shame on you”.

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