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Nuestra Suiza es otra, Carlos

Sí, ese país con mala prensa, por ‘los gnomos de Zúrich’ y las fortunas escondidas por dictadores y narcotraficantes. Pero un país, en realidad, admirable y respetuoso de la dignidad de las personas. La verdadera Suiza es la de aquellos niños españoles de Ginebra y de Uzwil. Eso es Suiza.

Veo en The Objective esos cuernos de los Alpes –que es lo que significa Alphorn- calentando motores para, el viernes próximo, atronar el aire alpino para celebrar el 723 aniversario, ahí es nada, de la Confederación Helvética. Sí, ese país con mala prensa, por ‘los gnomos de Zúrich’ y las fortunas escondidas por dictadores y narcotraficantes. Pero un país, en realidad, admirable y respetuoso de la dignidad de las personas.

Creo que piensa igual que yo Carlos Iglesias, que ha terminado su segunda película sobre Suiza. Él tendría dos meses de edad cuando mi familia se fue a vivir allí; pocos años más tarde, la suya seguiría un camino parecido, pero en bien diferentes circunstancias. Al cabo de tantos decenios, recordamos lo mismo y empleamos las mismas palabras: yo, hijo de un diplomático del Gobierno de Franco, tan detestado y despreciado entonces en Europa, viviendo en la francófona y cosmopolita Ginebra, y él, hijo de un obrero madrileño que huía de la miseria y acabó en un pueblecito perdido del germanófono cantón de Sankt Gall. Y decimos: qué buena gente, qué sencilla, qué acogedora, ¡cómo nos lo pasamos durante aquellos años maravillosos! Y, claro está, en cuanto podemos, volvemos a darnos un garbeo y a respirar.

En 1291 tres valles se aliaron para resistir al emperador austríaco, que los maltrataba a golpe de edictos e impuestos, y en 1315 lo echaron definitivamente en la batalla de Morgarten. La democracia a mano alzada de las Landsgemeinde, la neutralidad armada, la coexistencia de cuatro idiomas, la acogida de refugiados, la Cruz Roja, los pies siempre sólidamente en el suelo y la amabilidad sincera. Eso es Suiza. Por esa solidez, claro, fue por lo que pudieron llegar los abusos bancarios. En plena fase de corrección hoy, no lo olvidemos. Y la verdadera Suiza, la que perdurará, no es la de los Pujol y los Bárcenas. Es la de aquellos niños españoles de Ginebra y de Uzwil.

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