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Nuestra última defensa

Después de cada atentado sale algún líder prometiendo que esta guerra la vamos a ganar, algún cínico preguntando qué pinta tiene la victoria y unos cuántos nostálgicos pidiendo que nos pongamos serios de una vez y afrontemos el problema de raíz. Esto pasa después de cada atentado, del desarme de ETA, y pasa también muy a menudo cuando hablan de Trump o del proceso independentista. Y es que hace tiempo que me parece ver a los más presumidos de nuestros demócratas un tanto desorientados buscando al guardián último de nuestras libertades. Hoy como ayer hay quienes lo buscan en los tribunales, y particularmente en el Constitucional. Otros desesperan esperando la decisión firme y valiente del Presidente o soberano. E incluso hay algunos que creen que la defensa última de la democracia es la movilización de la sociedad civil; la protesta; la calle.

Nos cuesta poco entender que las garantías del presente son insuficientes. Pero nos cuesta un poco más aceptar que no hay nada que pueda asegurar la supervivencia de los estados ni de sus democracias. No hay ejército que pueda acabar con el terrorismo, ni siquiera estando dispuesto a acabar también con todas y cada una de nuestras libertades. No hay check ni balance que pueda privar a Trump de toda capacidad de hacer el mal y que pueda seguir llamándose democrático. Nadie puede garantizar la supervivencia de la democracia contra la voluntad del pueblo y nadie puede salvarlo si este decide entregarse a un salvapatrias. No hay soluciones finales porque no hay garantía posible del triunfo de la ley sobre sus enemigos. El cuidado de nuestras frágiles e imperfectas democracias y libertades pasa por el cuidado de la conciencia liberal, que impone no exigir para los nuestros el poder que no estaríamos dispuestos a dar a los otros. Y de la virtud republicana, que impone no exigir a nuestros políticos mayor virtud de la que somos capaces de recomendarnos a nosotros mismos.

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