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Nuestro Héctor

Foto: Familia I. Echeverría | EFE

«Más que una conquista –escribe Rachel Bespaloff en De la Ilíada–, el sentido de lo verdadero es un don». El don es la dignidad humana, cuyo valor se asienta en los límites precisos de la experiencia concreta y no en el coro de los derechos abstractos. «Lo que Homero exalta y santifica frente a Nietzsche –prosigue la filósofa búlgara– no es el triunfo de la fuerza victoriosa, sino la energía humana en la desgracia, la belleza del guerrero muerto, la gloria del héroe sacrificado, el canto del poeta en los tiempos futuros; todo aquello que, vencido por la fatalidad, sigue desafiándola y la supera». La dignidad, de este modo, nos habla de ética más que de moral, del canto que celebra ese regalo más que de una estricta reglamentación. No admite comparaciones, ni siquiera juicios, ni por supuesto grados: tan sólo su exaltación en lo que tiene de buena, noble y heroica.

Otro judío, Jean Améry, aplastado por los torturadores nazis en los campos de concentración, reflexionó con una hondura inigualable sobre el sentido de lo humano en unas estremecedoras páginas de su libro Más allá de la culpa y la expiación. Somos hombres –nos viene a decir el autor austríaco– gracias a una peculiar certeza: que el otro no nos hará daño, que podemos confiar en los demás, sobre todo cuando nos enfrentamos al momento decisivo de la vida y de la muerte. Y, una vez que se rompe este pacto no escrito –como sucede, por ejemplo, con la tortura; o cuando se demoniza al adversario para convertirlo en enemigo–, la humanidad se agosta y resquebraja, al igual que sucede con el oscurecimiento de la conciencia y del alma. Dicho de otro modo, la dignidad exige en ocasiones el don de una nobleza valiente que desafíe la fatalidad de la historia. Sobrevivimos gracias al latido de los héroes.

Ignacio Echeverría ha sido nuestro último héroe, la encarnación de algo muy concreto que no se puede medir en pulgadas morales. Su gesto nos ha salvado a todos, porque ha hecho lo que tiene que hacer un hombre, incluso cuando sabe que su decisión le va a acarrear la muerte. «Que yo muera, pues, que la tierra sobre mí esparcida me cubra por entero, antes de oír tus gritos y de verte  arrastrar en vasallaje», leemos en la Ilíada. Son palabras de Héctor, el héroe troyano que se enfrentó a Aquiles. «En Héctor –subraya Bespaloff– la voluntad de grandeza nunca rivaliza con la voluntad de felicidad. Esa pequeña porción de felicidad auténtica, que importa por encima de todo pues coincide con la verdad de la vida, merecerá ser defendida hasta el sacrificio de la vida misma, a la cual habrá dado su medida, forma y valor». En Londres, Echeverría ha sido nuestro Héctor. Él nos ha entregado la medida, la forma y el valor de la dignidad humana.

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