Cristina Casabón

Nuestros debates fantasma

"¿Puede el españolito criticar las pulsiones populistas y autoritarias vengan de donde vengan?"""

Opinión

Nuestros debates fantasma
Foto: Chema Moya
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

¿Es gran parte de nuestra discusión política e ideológica un faux problème o un phantom debate? ¿Puede que la mitad de los problemas que se plantean hoy en día en el debate público sean dilemas fabricados por políticos e ideólogos? ¿Hasta qué punto tiene sentido seguir hablando de ismos en medio de una crisis económica de primer grado? En España, la cultura política apuesta por la polarización ideológica como sustituto del debate técnico. La política ideológica, si bien nos sirve para definir nuestras opciones como votantes, a efectos prácticos dificulta el diálogo y el pragmatismo en situaciones de crisis, sobre todo cuando se utiliza como arma de confrontación.

Hay un creciente desfase entre los debates y propuestas técnicas que tienen lugar en las instituciones europeas y nuestros debates fantasma. Dos tipos de política y de liderazgo, uno moderno y adaptado a una situación excepcional, de crisis y otro que ha bajado al barro. No es el momento de apostar por la política ideológica, sino por la política en mayúsculas, dicen cada vez más expertos. Otros empiezan a preocuparse por la erosión de la democracia, destacan la importancia de los pesos y contrapesos democráticos para prevenir algunos “tics” de nerviosismo autoritario. El control y condicionamiento europeo de las políticas económicas de los países empieza a ser percibido como la única garantía de que en España haremos los deberes. También hay ciudadanos que piden más tecnocracia, la “política de los expertos” como sustituto de la política partidista clientelar y colonizadora de las instituciones.

Un shock lo suficientemente fuerte, como el COVID, puede generar no solo un cambio o división en la opinión ciudadana, sino también un cambio en el equilibrio político. Cabe la posibilidad de que la política ideológica dificulte la puesta en marcha de políticas diseñadas con un enfoque más tecnocrático (entendido como el ejercicio del poder político basado en el conocimiento técnico neutral y competente) si no existen pesos y contrapesos que lo impidan, pero recordemos que la opinión pública puede establecer estos contrapesos premiando y castigando determinados estilos de liderazgo y de política (lo que algunos analistas ahora denominan “poner pie en pared”).

Hay un ciudadano español (y europeo) bastante crítico e informado que cree que una España azotada por el virus y con una crisis económica de primer grado va a necesitar otro modelo de gestión y de liderazgo. Hay un ciudadano cosmopolita que percibe un desfase creciente entre los debates de la Comisión Europea sobre los instrumentos de recuperación y el espectáculo telepatético de nuestro Congreso cada miércoles, donde los políticos permanecen inmersos en sus batallas ideológicas.

El problema es que en España muchos líderes políticos tienen la brújula averiada y la aguja no apunta al norte, a Europa. Si bien no puede decirse que toda ideologización sea perjudicial per se, parece obvio que nuestros políticos emplean la ideología como arma política y como sustitutivo de otros temas más técnicos, que en una situación de crisis y luto nacional deberían estar en la primera línea del debate político. Y aquí seguimos, con debates fantasma, en un eterno bucle, enfrascados en esta absurda polarización, sin entender muy bien qué lógica o qué impulso irracional nos empuja a esta dinámica y a quién beneficia que Pablo Iglesias y Álvarez de Toledo discutan sobre parentescos y títulos nobiliarios. Al final, la política española está perdiendo un tiempo precioso para hablar y debatir sobre política en mayúsculas.

Ojalá los españoles premien otro tipo de liderazgo y favorezcan la experiencia técnica y la buena gestión sobre representación ideológica. ¿Están los políticos españoles a la altura de un estilo de liderazgo menos cainita? ¿Están los españoles dispuestos a informarse y participar en debates más técnicos y concretos sobre las medidas políticas y económicas? ¿Puede el españolito criticar las pulsiones populistas y autoritarias vengan de donde vengan?

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