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Nueva York... quo vadis?

Foto: Tom Ritson | Unplash

Desde el lejano 1963, cuando llegué a Nueva York un par de meses antes del asesinato de John F. Kennedy, la megalópolis sobre el Hudson ha sido como el telón de fondo recurrente de mi vida. Entonces descubría, chaval aún, lo que la emisora hispana de radio WADO ya llamaba con su acento caribeño “Nueva Yol, capital del mundo”. Allí estudié bachillerato y, años más tarde, periodismo; allí me estrené como corresponsal en el extranjero después de haberlo hecho como estadístico veraniego de la NBA, que es tarea menor, pero que tenía también su miga, no se crean. Allí he regresado constantemente a lo largo de tantos años, he asistido a sus altibajos, sus conflictos, su progreso y su transformación. La última visita, esta semana, ha confirmado y acentuado sensaciones no tan diferentes de las que se palpan últimamente en ciudades-imán como Londres o San Francisco.

Quienes conocieron una calle como la Bowery con sus aceras plagadas de borrachos tirados por los suelos y hoy ven allí hoteles de cinco estrellas, quienes frecuentaron el entrañable Barrio puertorriqueño y hoy ven que prácticamente ha desaparecido del este de Harlem, sustituido por apartamentos de lujo, se han percatado desde hace tiempo de ese fenómeno conocido por el palabro/anglicismo de “gentrificación” en esta ciudad con alquileres de 5.000 dólares mensuales (y cerca de otro millar de gastos) para pisitos de dos dormitorios, con restaurantes de lujo donde la cuenta no baja de 500 dólares por barba.

El fenómeno se va extendiendo a todos los barrios de la ciudad, hasta a los que fueron inseguros guetos a los que la población blanca no se atrevía ni a acercarse, como Bedford-Stuyvesant, en Brooklyn. Claro que el propio distrito de Brooklyn, antaño sinónimo de barrio obrero y de inmigrantes, hoy está tan de moda que ya se ha vuelto demasiado caro hasta para quienes se mudaron ilusionadamente allí hace un decenio.

Así, la clase media neoyorquina ya empieza a mirar más lejos de la ciudad, cada vez más lejos: la nueva migración va a New Jersey o hacia el norte del Estado de Nueva York. La propia ciudad es cada vez más de ricos y para ricos, incluidos los gentíos de turistas llegados de todo el mundo en viajes que de baratos ya no tienen nada. Los chinos, los rusos, los árabes más adinerados quieren vivir allí, o al menos poseer un lujoso ‘pied à terre’ cerca de Central Park. O en Tribeca, hoy la zona más cara de la ciudad, la misma que recordamos hace medio siglo como un barrio fantasma de edificios industriales decimonónicos, muchos de ellos abandonados.

Todo eso es un signo del éxito de una urbe prestigiosa y atractiva, ratificada como capital financiera mundial, que debe mucho de ese progreso al largo y fructífero mandato (2002-2013) del editor y empresario Michael Bloomberg como alcalde. Y, como decía, hay unos cuantos casos más de características similares en otras ciudades del mundo. En este, en el neoyorquino, el vuelco es todavía más espectacular porque en un pasado no tan lejano, los años 70 del siglo XX, una Nueva York prácticamente quebrada iba a la deriva, con una inseguridad ciudadana palpable. Pasear de noche, incluso por el centro de Manhattan, podía ser una aventura.

Lo que es un fenómeno más desconcertante es lo que en la Gran Manzana de 2018 va peor, y ello sin entrar siquiera en los riesgos de una sociedad urbana en la que no vayan teniendo cabida las clases medias y populares. Pese a los oropeles y a la riada de dólares que nos rodea, vemos en la pasteurizada calle 42 de hoy muchos más montones de basura que cuando, en los 70, era un nido de ‘camellos’ y de cines porno: en bolsas de plástico negro, tiradas sin más por las aceras, las basuras se enseñorean hoy de muchas partes de la ciudad.

¿Y los servicios, las infraestructuras? Su ya antiguo deterioro se ha acentuado: el actual alcalde, Bill De Blasio, ha reconocido la macrocrisis de un sistema de metro que, pese al par de nuevas líneas, se hunde en el abandono desde hace decenios, y que en los últimos meses ha conocido varios colapsos que convierten en pesadilla interminable el traslado de los trabajadores. En la superficie, muchas líneas importantes de autobuses funcionan con ritmos -cada 20 minutos, cada media hora- que en Madrid provocarían manifestaciones de protesta. Además, circulan malamente por calles y avenidas afectadas por constantes reparaciones de unas infraestructuras en pésimo estado.

La Nueva York infinitamente más próspera y ‘gentrificada’ de 2018 nos aparece así como una ciudad con servicios que no mejoran sensiblemente los de aquella difícil época de 1975 y, en algunos casos, están aún peor que entonces. Sí, es cierto que la reconstrucción tras la tragedia del 11-S ha monopolizado recursos. Pero eso no explica que riqueza y deterioro convivan hoy a diario y por doquier. Ahí se palpa una contradicción que podría ir ahondándose. En una democracia capitalista y liberal deben existir mejores respuestas, o los políticos más desahogados y oportunistas -¿por qué nos habremos acordado justo ahora del neoyorquino Donald Trump?- acabarán sacando tajada de la polarización. Mal asunto sería.

Nueva York es el prototipo de la gran ciudad moderna. La Historia nos enseña que lo que allí nace acaba reproduciéndose en otras muchas. Para bien y para mal. Es quizá hora de repensar nuestras grandes ciudades y su organización, empezando por la “capital del mundo”.

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