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Nuevos dilemas morales en las sociedades abiertas

Foto: Jonathan Ernst | Reuters

Aunque el presidente Trump y su sospechosa ‘Russian-Connection’ hayan hecho saltar las alarmas en la Comunidad de Inteligencia, parece improbable que los intercambios de información entre distintos servicios dejen de incrementarse en los próximos años ante la persistente amenaza terrorista. El atentado de Mánchester ha vuelto a imponer la realidad del mundo frente a los sueños “emancipadores” de fantasmales soberanías recuperadas que nos mantendrán seguros en nuestro perímetro. Y este atentado ha sido una negación paradigmática de la justificación emocional del Brexit. Por un lado, el terrorista suicida que se inmoló en el Mánchester Arena, Ismael Abedi, no sólo tenía nacionalidad británica, sino que había nacido en el país. Por otro, parte de la red a la que pertenecía (su padre y su hermano incluidos) ya estaba en Libia, su país de origen, plenamente integrada en estructuras del ISIS. Es decir: ninguna frontera impermeable a ningún extranjero habría podido impedir este atentado. Incluso, sin porosidad alguna, quizá estarían aún en suelo británico los detenidos en Libia, y quién sabe si no habrían cometido otros atentados. Ambos han sido detenidos gracias a la cooperación en materia de seguridad e inteligencia con socios europeos, la misma con la que la primera ministra Theresa May amenazó en un primer momento a la próxima UE de 27. El Brexit es un sinsentido que pretendía solucionar una disputa del Partido Conservador a costa de hacer más vulnerable a Gran Bretaña en materia de seguridad.

“Lo que puedo decir es que compartir inteligencia es muy importante”, ha declarado el secretario general de la OTAN, Jens Stoltemberg, al valorar el atentado y las posibles respuestas de los países de la Alianza Atlántica. Declaración que adquiere toda su dimensión cuando vemos, atentado tras atentado, que suele concurrir otro hecho adicional al de que el terrorista es un nacional de segunda o tercera generación de inmigrantes: el sujeto ha estado ya fichado, o de alguna forma bajo el radar de los servicios de inteligencia y seguridad de algún país. Por tanto, en un primer diagnóstico hay que concluir que el trabajo de recolección de información se hace bien, y que en el proceso de inteligencia que transforma esta información en materia sensible para ser considerada relevante por las instituciones, algo ocurre. Quizá es el propio sistema legal, para algunos demasiado garantista. Para otros, aún demasiado opaco. No existe un consenso a este respecto, y las opiniones suelen estar demasiado condicionadas por los apriorismos ideológicos. Pero siempre será un fracaso colectivo (no sé si evitable) escuchar que el terrorista “no era desconocido para las fuerzas de seguridad”. Algunos piensan que es el precio de la libertad. Yo tengo mis dudas, aunque no tengo certezas en contrario. Sólo sé que, paradójicamente, estaremos haciendo las cosas mejor cuando nos empiecen a decir que ninguna fuerza de seguridad, ningún servicio de inteligencia, tenía ni idea de quién se acaba de inmolar.

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