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Nunca será presidente

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

La moción de fogueo fue la etapa final del viaje al pasado que Podemos emprendió en Vistalegre II. Es como si el Delorean hubiera llegado al fin a su destino y de él se hubiera apeado un Pablo Iglesias harto de complejos y travestismo. Al fin otra vez en 2014.

En el Congreso un tortuoso ejercicio de filibusterismo parlamentario demoró la conclusión inevitable: que además de los de Podemos solo los diputados de Bildu y Esquerra Republicana de Cataluña prefieren que España la presida Iglesias a que la presida Rajoy. Que presida España, no a ellos, que lo que ellos desean es dejar de pertenecer a España y que el resto nos quedemos disfrutando solitos del caudillaje pablista.

El voto de Bildu y Esquerra es por tanto de una sospechosa generosidad. Cuesta creer que algún día pueda presidir España alguien que solo cuenta con el apoyo de quien desea abandonarla pero cosas más raras se han visto en estos tiempos impredecibles de posmodernidad líquida.

En los días en los que se travestía de nórdico socialdemócrata Pablo Iglesias llegó a confesar que su principal defecto era la arrogancia. Es lo que podríamos llamar un defecto preñado, es decir que contiene otro defecto: la osadía. Iglesias es fino en el diagnóstico. Y, según parece, en el autodiagnóstico. Lo demostró cuando nos aleccionó a todos sobre cómo se pronuncia el nombre de Albert Camus y segundos después demostró que ignoraba dónde lleva los acentos Jordi Solé Tura, que le cae un poco más cerca.

Qué más da, pensará este Iglesias vintage. La arrogancia era un defecto en el pasado, hoy vuelve a ser un toque de distinción. Ha concluido el viaje, atrás queda la pretensión del refinamiento. Pablo Iglesias parece de nuevo exactamente lo que es y esa es una buena noticia para el PSOE, que sin embargo no está demostrando ninguna finura en el diagnóstico. Y, según parece, tampoco en el autodiagnóstico.

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