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Obamita

La mayoría de los partidarios de Barack Obama no esperaban que fuera un buen presidente, sino un presidente bueno. La concesión del Premio Nobel de la Paz, apenas 10 meses después de que tomara posesión del cargo, fue la más ignominiosa conspiración de las fuerzas del Bien que haya conocido la humanidad. Las razones por las que se le otorgó el galardón son hoy tan irrelevantes como lo fueron entonces, si se tiene en cuenta que Obama fue investido un 20 de enero y el plazo de presentación de candidaturas al Nobel finalizó el 31 de ese mismo mes. El membrete del diploma parecía decir: ‘No se meta en política’, cual si hubiera que amoldar al mulato a las hechuras de un Saramago.

No obstante, y en flagrante desobediencia, Obama no ha gobernado para los negros, las mujeres o los homosexuales, sino para el mundo. Lo ha hecho, además, sin dejar de porfiar en sus convicciones, ya se tratara de la universalidad de la Seguridad Social, la tenencia de armas o el cierre de Guantánamo, y refutando, de paso, la superchería que da en equiparar el carácter de Estados Unidos al de Charlton Heston. Una de las grandes iniciativas de su mandato, de hecho, ha sido el estudio del cerebro. Por si fuera poco, ha combatido la demagogia con finura, y valga como ejemplo la cena de corresponsales en que, ante la insinuación de Trump de que no era estadounidense, proyectó el vídeo del nacimiento de Simba en El Rey León. El gran mérito de Obama en estos ocho años de mandato, en fin, ha sido su obstinado afán en desmentir al Comité Nobel Noruego.

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