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Occidente, del terror a la guerra

Cuando este cronista era un chaval, allá en esa parte de Suiza que no es Francia más que por falta de pasaporte francés, se solía comentar -con una sonrisa- que los escolares morenitos de la Martinica y los beréberes de Orán aprendían con entusiasmo la misma lección de Historia que los chicos rubios con apellido germano de Estrasburgo: “Nuestros antepasados, los galos…”. (Versión original: “Nos ancêtres, les Gaulois…”).

En la Francia de hace seis decenios, la que perdía sus ínfulas coloniales con la independización de los territorios de ultramar y con el trauma de Argelia, la que confiaba su renacer al veterano general De Gaulle, persistía el sueño igualitario de su idolatrada République: ni siquiera existían estadísticas de la población francesa dividida por grupos étnicos. Todos eran ciudadanos. El estallido de mayo de 1968 enarbolaba ese igualitarismo, aunque todos sus dirigentes fuesen de tez pálida.

Desde los años 60 del siglo pasado, millones de ciudadanos procedentes de las antiguas colonias de África, Asia y el Caribe emigraron a Francia y Gran Bretaña en busca de una vida mejor. Llevaban con ellas sus religiones y sus hábitos, y se enfrentaban a la universal lacra  del racismo. Gran Bretaña intentó asimilarlas a su manera pragmática, y Francia con su igualitarismo jacobino plasmado en el Código Napoleón: a una niña musulmana se le prohíbe llevar su hiyab -como a la católica lucir un crucifijo- a un colegio público francés, mientras que otra niña musulmana podrá llevarlo sin problemas a un colegio inglés, eso sí, siempre que el pañuelo sea de los colores oficiales de ese colegio.

El mundo es como es, y ni el método británico ni el francés han tenido un éxito total en la integración de esas enormes poblaciones llegadas de lejos. En ambos países subsisten guetos africanos o árabes. Quizá más marcados aún en Francia, con esos suburbios que hace unos años estallaron por la frustración de una juventud que no se veía con igualdad de oportunidades. Pero en los dos países, como en Alemania –donde la inmigración no procede de antiguas colonias, sino de Turquía y los Balcanes-, las instituciones democráticas y la economía desarrollada de mercado han permitido innegables progresos materiales y culturales a estos ciudadanos llegados de otros mundos y a sus hijos.

Con todo, hay un caldo de cultivo para la protesta que está siendo explotado por ese integrismo islámico cada vez más fanático, nacido de ese Medio Oriente rico en petróleo pero pobre en casi todo lo demás: sin libertades, con enormes diferencias económicas. Hay otras zonas del mundo con problemas similares, pero no tienen una religión que aún aspire a regir la vida civil como hace mil años y todavía con el concepto de guerra santa vigente. La guerra a Occidente la declaró en 2001 Al Qaeda, con su mesiánico antiamericanismo, y tres lustros más tarde la expande ese ISIS o Daesh, más integrista aún, hasta aspirar no sólo a imponer su califato a todo el mundo, sino a acelerar el fin de ese mundo en un apocalipsis, un tremendo Armagedón final, que para ellos significaría el triunfo final del islam.

Desde 2001, los errores de Occidente al no conseguir contrarrestar ese movimiento estableciendo un poder civil sólido en Oriente Medio han podido favorecer el desarrollo de este integrismo cada vez más duro, el de las decapitaciones de civiles indefensos. Pero no nos engañemos: más han influido el colapso de la brutal dictadura siria y el doble juego de países como Turquía o Arabia Saudí. El integrismo que ha golpeado París no es sino la evolución del que golpeó Nueva York, ahora reforzado por estrategas procedentes del régimen de Sadam Husein.

Occidente, aun con sus errores, no es responsable del terror auspiciado por esta rama extrema del islam. Pero le cuesta mucho enfrentarse a la realidad y a las penalidades de una guerra descarnada como es la que parece llegar, y además en el seno de las sociedades occidentales muchos sectores “progresistas” siguen aferrados a la ensoñación de que el infame capitalismo imperialista es culpable de todos los males del mundo y de que, en el fondo, nos hemos ganado este castigo.

Hoy, frente a esa amenaza terrorista, nihilista, los únicos países con suficiente capacidad militar y voluntad de actuar que quedan parecen ser la Rusia de Putin -que se ha alejado de la integración en Occidente-, Gran Bretaña y Estados Unidos. Los demás, de compañeros de viaje. Los norteamericanos, en plena involución aislacionista a lo largo de los siete años de Barack Obama, ya no representan un ancla segura, sino un signo de interrogación.

La lucha a ras de suelo –sangre, sudor y lágrimas- es algo que atrae poco a las actuales generaciones occidentales. Mucho cine de ciencia ficción nos ha hecho creer en conflictos que se ganan a distancia, tecnológicamente, sin mancharse las manos. Estados Unidos bombardea con drones. Francia fía su espionaje y su contraespionaje a los medios electrónicos: un experto antiterrorista francés confesaba ayer en la emisora France 24 que su país no dispone de un solo agente infiltrado en las filas islamistas en Siria, y eso que se sabe que hay allí muchos franceses, y que varios de los ejecutores materiales de las matanzas de París eran probablemente de esa nacionalidad. Y eso no va a bastar.

En unas semanas, entre Ankara, Beirut, París y el cielo del Sinaí –si se confirman las sospechas sobre el avión ruso-, el terrorismo islamista ha asesinado a un millar de personas. La expansión de su guerra al infiel, o al fiel pacífico, parece muy en marcha. La operación de contención en la que este mismo jueves tanto decía confiar Obama está más que en tela de juicio. La guerra larvada se va pareciendo cada vez más a una guerra pura y simple. ¿Están las sociedades y los dirigentes occidentales preparados para digerir lo que ello puede implicar?

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