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Occidente visita Comala

Foto: MOHAMMED SALEM | Reuters

Inauguramos año con la misma sensación con la que cerramos el anterior: intuyendo que, al otro lado, no sabemos dónde, acechan los bárbaros. Tomen estos la forma del auge de China, las crisis migratorias, la revolución tecnológica, el aumento de la desigualdad o la degradación de salarios y condiciones laborales. La sociedad occidental parece en guardia en la Fortaleza Bastiani que Dino Buzzati retrató en su novela El desierto de los tártaros. O ante el más reciente Muro de Juego de Tronos que separa Los Siete Reinos de las tierras de los salvajes.

En ese contexto, no extraña la continua mención a muros en la frontera de México, el Sahara o, recientemente, Ceuta y Melilla. O la ensoñación de querer levantar un muro de agua en el Canal de la Mancha contra inmigrantes que vienen a quitarnos el trabajo, a utilizar nuestro Estado de bienestar y a violar a nuestras mujeres. Precisamente el año en que nos disponemos a conmemorar el 30 aniversario de la caída del que (ingenuamente, ahora lo sabemos) creíamos que sería el último muro, el de Berlín. Es llamativo lo mal que ha envejecido el ánimo de Occidente en tres décadas.

Hemos retrocedido a un esquema temporal premoderno, cuando el tiempo nos alejaba del ideal puro y era visto como enemigo que no sólo corrompía los cuerpos, sino que oxidaba la grandeza literaria, cívica o religiosa de la comunidad. Con el tiempo, todo iba a peor. No sería hasta llegado el Renacimiento y la Ilustración cuando, gracias a los avances en la ciencia y el triunfo de la razón, el tiempo volvió a ser aliado del ser humano y nació la idea de progreso. Por eso, entre otras cosas, es tan difícil que los partidos de izquierda ganen elecciones con la facilidad de antes en este momento de regresión, inseguridad y melancolía.

“Tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrarse con sus fantasmas. De eso tenía miedo”, escribió Juan Rulfo en Pedro Páramo, una novela que transcurre en una ficticia Comala llena de espectros y confusos relatos de vivos y muertos. Una obra que muestra bien el encadenamiento con el pasado, y la errática búsqueda en él de nuevos elixires para la vida.

Pero en la misma novela, Rulfo advierte a la vez que “nadie puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague”. En todo cambio de época hay un último canto del cisne donde se reproduce con estruendo lo peor de dicha época, y resurgen los fantasmas con tal fuerza que los damos por presencias reales y amenazantes. Pero es el pasado. Y se irá. Feliz 2019.

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