Manuel Arias Maldonado

¡Oh, mujeres, no hay mujer!

"¿A quién, pobre de mí, he sido adjudicada como esclava?", se pregunta el corifeo en Las troyanas de Eurípides, cuando las mujeres del bando derrotado esperan el resultado del sorteo -institución democrática multiusos- que les asignará destino entre los griegos tras la caída de Troya. Han pasado 25 siglos desde entonces y aquel lamento resignado se ha convertido en un movimiento social y político de gran sofisticación teórica.

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¡Oh, mujeres, no hay mujer!
Foto: SUSANA VERA| Reuters
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

«¿A quién, pobre de mí, he sido adjudicada como esclava?», se pregunta el corifeo en Las troyanas de Eurípides, cuando las mujeres del bando derrotado esperan el resultado del sorteo -institución democrática multiusos- que les asignará destino entre los griegos tras la caída de Troya. Han pasado 25 siglos desde entonces y aquel lamento resignado se ha convertido en un movimiento social y político de gran sofisticación teórica. Su último hito tuvo lugar en el Día Internacional de la Mujer, que escenificó el nacimiento público de una autoconciencia femenina global. Matices al margen, solo puede darse la bienvenida a una demanda de igualdad que ha conocido avances formidables durante el último siglo. De hecho, que la protesta desborde los márgenes del movimiento feminista tiene mucho que ver con ese progreso desigual pero incuestionable. Aunque siempre hay alguien descontento: pensadoras que, como Jessa Crispin, creen que un feminismo convertido en mainstream gana notoriedad a fuerza de estetizarse y, por tanto, banalizarse.

Sea como fuere, hay algo paradójico en la trayectoria histórica del feminismo. Podemos formular la paradoja mediante una pregunta: ¿hasta qué punto el activismo contemporáneo refuerza una categoría de la que el feminismo siempre ha tratado de desembarazarse? A saber, la categoría de la Mujer con mayúsculas: el eterno femenino, esencial y ahistórico, que define a todo un sexo con independencia de rasgos individuales, marcadores históricos o contextos sociopolíticos. Simone de Beauvoir rechazó la existencia de toda esencia femenina inmutable y defendió que nadie nace mujer, sino que una mujer se hace: en el interior de culturas, estructuras y situaciones. Judith Butler irá más allá y sostendrá que la mujer es hecha por los discursos dominantes. Y aunque en ambos casos la crítica del esencialismo va demasiado lejos, por ignorarse nuestra constitución biológica y sus efectos, la lección central es clara: la necesidad de descubrir modos de ser liberados del fetichismo de «lo femenino». Admitiendo, claro, que también haya quien prefiera quedarse donde está.

Pues bien, se diría que avanzamos en dirección contraria, al dibujarse con creciente nitidez una oposición cuasi-ontológica entre Hombre y Mujer: entre el hombre opresor y la mujer oprimida. Puede haber en ello un elemento estratégico: apuntaba la pensadora india Gayatri Spivak que hablar de la mujer en términos esencialistas, a fin de formular demandas políticas, es compatible con la convicción de que la «mujer» es una construcción artificial (algo que ya dijo John Stuart Mill). Pero cuando se pone sobre la mesa ese antagonismo primario, ¿no estamos esencializando por igual a hombre y mujer? Y si es el caso, ¿sirve esa estrategia a los fines emancipadores del feminismo? Quizá sea, políticamente hablando, la única forma posible de avanzar. Pero no sería de extrañar que terminase naciendo de ahí algo parecido a un movimiento colectivo masculino que reaccionase contra su demonización, recordando que también hay hombres oprimidos o que el género masculino sufre también sus cargas propias desde antiguo. A fin de cuentas, las troyanas eran sorteadas tras el asesinato de sus maridos.

Si vamos a hacer ontología, en fin, quizá sería preferible que ampliásemos el foco y contemplásemos el problema de la mujer a la luz del problema del hombre y viceversa. O sea, contemplando la existencia de la especie como una carga común que padecemos por igual, aun en distintas formas, hombres y mujeres. Dado que la idea central de la modernidad es que los seres humanos pueden transformar sus condiciones sociales, dediquémonos a ello -reparando injusticias y evitando crueldades- sin crear entre hombres y mujeres una enemistad simbólica que quizá termine por resultar contraproducente a la hora de hacer efectiva la deseable emancipación de ambos.

 

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