THE OBJECTIVE
Lea Vélez

Ojos en el corazón

Imagino todos los cuerpos graves, enfermos, asustados, los muertos que causa la enfermedad. Pienso en lo que no se ve y le doy la imagen metafórica de aquel cementerio de coches del verano del 2004.

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Ojos en el corazón

Reuters

Año 2004. Viajábamos de Inglaterra a Madrid en coche, sin paradas. El viaje había sido incómodo, largo, cansado. Dejábamos Francia atrás. En cuando cruzamos la frontera de Irún y cogimos esa cuesta de pura curva y contra curva a 120 por hora, vimos los primeros coches quemados. Los restos de un horrible accidente. Cien metros más abajo, un camión volcado en la cuneta. Un kilómetro después, dos coches con los hierros entrelazados en un abrazo mortal, cristales rotos, esqueletos oxidados, restos de coches volcados, frenazos frescos sobre el asfalto, vehículos empujados de cualquier forma hacia el arcén. Durante las siguientes cuatro horas de viaje hasta Madrid, mi marido y yo nos encontramos con cada accidente, tragedia, despiste, con cada sueño agotado en los arcenes de aquel verano. Eran los restos de la guerra.
Alucinados ante aquel paisaje apocalíptico buscábamos explicación. ¿Hubo lluvias torrenciales? ¿Bancos densos de niebla? ¿Un loco al volante? Al fin, adivinamos la causa. No era cosa del clima, ni de que hubiera habido más despistes de la cuenta, ni más borrachos o chiflados o atentados terroristas. Es que existen las guerras constantes e invisibles. Esas que se barren cada día porque da miedo mirar. Las guerras que nadie sabe que existen hasta que el tipo al que le toca siempre barrer, recoger, ordenar y esconder los restos de todo lo malo, se planta. En el verano de 2004 hubo una huelga de conductores de grúa. Comenzó en el País Vasco y se extendió al resto de España. Nadie retiró los coches siniestrados durante más de un mes y en ese mes, las carreteras se llenaron de fantasmas. Aquel viaje me marcó para siempre, y el corazón, ese que si no ve no siente, aprendió a mirar lo que no está.
A veces hago ese ejercicio mental con otras cosas terribles, como el cáncer. Imagino todos los cuerpos graves, enfermos, asustados, los muertos que causa la enfermedad. Pienso en lo que no se ve y le doy la imagen metafórica de aquel cementerio de coches del verano del 2004.

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