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OK, X

"Les intentábamos convencer a los jóvenes de que en los 90 la gente vivía una vida menos protegida. Creo que hicimos el ridículo"

Foto: Elías Querejeta Producciones Cinematográficas

Me entero de que se publica una segunda parte de Historias del Kronen, y veo un par de entrevistas con su autor. Leí la novela primera en una tarde o dos, azuzado por una chica con la que salía, o iba a salir, por entonces. No me dejó gran huella, y apenas sí recuerdo escenas de la adaptación cinematográfica que hizo Armendáriz poco después. No me caía bien Mañas, por aquello de no leer a los contemporáneos de uno, sobre todo los de éxito, y el realismo sucio no era mi rollo. Por entonces aún se promocionaba a escritores jóvenes de éxito, eran los estertores del gran mundo literario. Un poco antes de Mañas vino Ray Loriga, con él Juan Manuel de Prada y Benjamín Prado, algo después Lucía Etxebarría y Espido Freire. A todos los detestaba con mis 18 o 19 años, porque a los contemporáneos, además, había que detestarlos. Ahora leo las entrevistas a Mañas, que es algo mayor que yo, y me cae simpático. Tampoco ellos sabían lo que iba a dar de sí ese mundo.

Por la época del Kronen yo empezaba a salir por Malasaña. Los chavales del Kronen eran un poco mayores y un poco más pijos que mis amigos, y en mi pandilla nunca pasamos por el rito de los travestis en la Casa de Campo; aunque sí llegué a conocer tiempo después a unos que se habían colgado del puente de Juan Bravo, o eso decían. Tampoco matamos a nadie, que yo sepa, aunque puede que alguno mangase alguna cosa alguna vez. La Malasaña de entonces salía de la post-Movida y aún no se sabía bien lo que iba a ser, como el resto del país. Seguían bastantes bares y personajes de los ochenta, pero se habían puesto de moda Extremoduro y Platero entre los pijos, y empezaba a bajar gente muy joven, cocida de calimocho y porros, que se descolgaba de Bilbao o Alonso Martínez y de los bares de chupitos donde se bailaba Danza Invisible y Los Rodríguez. Convivían con espectros, y de vez en cuando algún espectro se moría en un portal. Todavía te podías encontrar con Joe Strummer al final de la barra del Penta o con Javier Krahe en La Luna, y se podía salir de los bares de día. Chueca aún era una colección de descampados y viejos bares sórdidos, y a la gran eclosión del Orgullo le quedaban aún cuatro o cinco años y muchas noches de Boris Izaguirre en la tele.

Luego nos fuimos haciendo mayores. Pasó el primer gobierno de Aznar, llegó el segundo. El país prosperó a lomos de la burbuja, y una tarde llegué a la estación de Atocha después de un fin de semana de juerga y Madrid estaba lleno de latinoamericanos. Por el camino, la chavalada de clase media había abandonado las camisas de cuadros y las Panama Jack y se había empezado a vestir en Zara. Empezó a haber una escena de clubs a la europea, o eso nos parecía, y te echaban de los bares cada vez más pronto. Estar al día iba siendo cada vez más difícil. Un día fui con dos o tres de la pandilla a una sala de moda y a uno de ellos no lo dejaron pasar de la puerta por llevar náuticos en lugar de zapatillas. Era otro país.

No creo que lea el Kronen II. Hace mucho que no leo novelas, y ya no tengo que impresionar a nadie. Somos una generación muy pesada con la nostalgia, o a lo mejor simplemente somos la primera que ha podido ir dando la tabarra en internet en tiempo real con su nostalgia. Por nostalgia he llegado a ir a un concierto de reunión de Héroes del Silencio, cuando nunca me han gustado de verdad ni los Héroes del Silencio ni los conciertos. Y lo peor es que hace doce años ya de eso. La semana pasada comí con unos compañeros jóvenes y otro X. Les intentábamos convencer a los jóvenes de que en los 90 la gente vivía una vida menos protegida. Creo que hicimos el ridículo. Unos días después pasé por Malasaña. Llevaba cerca de un año sin ir, o sin fijarme, y ahora me parece que todos son tiendas de ropa y barberías. Pero qué sabré yo de nada a estas alturas.

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