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Onetti, un vampiro triste

"La lectura de la obra de Onetti hace que te equivoques mejor. Seguirás sin tener nariz para oler la primavera pero te asegurarás de tener cerca a un Julio Stein que cure tus heridas"

Foto: Wikipedia | Wikipedia

«Yo ya dije mucho y muchas veces que escribir es un acto de amor», dijo un tipo tan poco amoroso como Juan Carlos Onetti, del que ahora se cumplen 25 años de su muerte.

Pienso en Onetti y pienso en el mar (por cierto, qué cosa tan extraña es el mar, ¿pero acaso es menos extraño el cielo?). El verano se acerca e imagino una nueva piel, como Onetti hace con el doctor Díaz Grey o Arce en su libro ‘La vida breve’.

Onetti era un individuo especial, un señor que empleaba bisturís en vez de plumas para explicar a sus personajes. A uno de sus nietos, le daba un vaso y le decía: «Vaya usted a sacarle un litro de sangre a su tío Fulano y me lo trae». Entonces el niño lo hacía y Onetti simulaba que se lo bebía de un trago.

Y sí, tenía fachada de vampiro triste.

Algo te pasa -dijo Stein-. Supe enseguida que estaba triste y con el género sucio de la tristeza, el género que puede aliviarse con la compañía.

Pienso que hubiera sido hermoso que Juan Carlos Onetti hubiera sido mi abuelo. Entonces yo descubriría sus diarios secretos que guardaría debajo de esa cama de la que no se levantó en los últimos años de su vida. Clinofilia, se llama el trastorno que padecía.

Si yo hablo y tú comprendes todo no vas a entender lo que yo podría desear que entendieras. Para que me entendieras, realmente, tendrías que estar tan enfurecido, que te sería imposible entenderme.

Onetti amó y desamó a dos mujeres: Idea Vilariño y Dolly Muhr. La última carta que Onetti escribió a Idea Vilariño terminaba así: «Te pago con un sueño». En 1994, sólo unos días después de la muerte del autor, Idea leyó ese adiós. Eran dos seres salvajes que no pudieron salvarse mutuamente, que se laceraron como bestias.

Algo muy distinto paso con Dolly, la mujer que le cuidó y veneró hasta sus últimos días. Ya (tristemente) famoso es el último encuentro entre Vilariño y Onetti. Era el año 1974 y el escritor estaba en la habitación del hospital acompañado de su mujer cuando Idea llegó. Dolly los dejó solos. Sabía de su relación pero jamás sintió celos. Idea recordaba así aquel último encuentro en el libro ‘Construcción de la noche’, de María Esther Gilio: «Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso, después del cual debí morirme».

Lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas.

La lectura de la obra de Onetti hace que te equivoques mejor. Seguirás sin tener nariz para oler la primavera pero te asegurarás de tener cerca a un Julio Stein que cure tus heridas.

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