Daniel Gascón

Operación burkini

“Es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis; pero el escándalo ya no existe”, cuenta Luis Buñuel que le dijo André Breton en los años cincuenta. A Breton quizá le sorprendería ver que no solo el escándalo sino también el surrealismo gozan de buena salud: este verano, en algunas playas francesas, se ha prohibido una prenda por ser demasiado modesta.

Opinión

Operación burkini
Daniel Gascón

Daniel Gascón

Escritor y editor de Letras Libres

“Es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis; pero el escándalo ya no existe”, cuenta Luis Buñuel que le dijo André Breton en los años cincuenta. A Breton quizá le sorprendería ver que no solo el escándalo sino también el surrealismo gozan de buena salud: este verano, en algunas playas francesas, se ha prohibido una prenda por ser demasiado modesta.

La prohibición del burkini en varios municipios franceses ha desatado una polémica que en parte es una reedición de debates anteriores, como el del velo islámico en el colegio y la prohibición del velo integral en el espacio público. Al igual que otras guerras culturales, esta se libra en el cuerpo de la mujer. Refleja amplias tensiones en la sociedad francesa, así como la ansiedad por los recientes atentados islamistas. Muestra otras contradicciones: el modelo laico frente a las convicciones liberales, el valor de la autonomía personal y la igualdad entre los sexos, el principio de la tolerancia frente a quienes no son tolerantes.

Una reglamentación sobre la forma de vestir debería abordarse con la máxima cautela. En primer lugar, el centro de la discusión es la autonomía individual: alguien quiere llevar libremente esa prenda. La regulación puede entrar en conflicto con el derecho a la propia imagen y la libertad religiosa. Pero también por razones prácticas. La prohibición contribuye a alimentar la sensación de estigmatización, la confusión entre religión y raza, el victimismo y los estereotipos. Y, como ha escrito Máriam Martínez-Bascuñán, “aunque aquello que se representa como ‘la amenaza’ es un burkini, lo que en realidad se acaba por excluir del espacio público es a la mujer que lo lleva”.

Las mujeres que deciden llevar esa prenda no son estudiantes en un colegio estatal. La playa es un espacio público, no una piscina o una cala privada. Tampoco parece que el burkini sea equiparable al burka u otras formas de velo integral. No tapa el rostro, que fue el argumento para prohibirlo en el espacio público.

El profesor de derecho Thomas Hochmann ha desmontado algunas de las razones que justifican la prohibición. En Francia el Estado es laico. Eso quiere decir que las autoridades deben ser neutrales con respecto a los símbolos religiosos, pero los ciudadanos no están sujetos a la misma obligación. Otro de los motivos aducidos es que llevar el burkini mostraría un apoyo a los atentados. Si fuera así, se debería prohibir, porque Francia proscribe la apología del terrorismo. Pero el burkini no parece otra cosa que un velo islámico impermeable; convertir la manifestación de convicciones islámicas en un sostén del terrorismo es un error interpretativo, y supone un riesgo para la convivencia. Finalmente, si el argumento es el peligro de altercados (como se ha dicho en Niza), la labor de las autoridades es garantizar la libertad.

La defensa del burkini, o en otros momentos del velo islámico, desde cierta izquierda tiene a veces un elemento frívolo, y muestra la capacidad combinada de detectar todos los males de Occidente y de ignorar la opresión en otros lugares. Una reclamación común y elemental es “preguntar a las mujeres”. Hay reportajes y visiones valiosas de usuarias de estas prendas que explican que las llevan por elección propia. Pero también hay muchas mujeres que no pueden expresar libremente su oposición, mujeres que las llevan obligadas y escritoras de origen musulmán que son muy críticas con el velo, como Marie-Aimée Héli-Lucas, Chahdortt Djavann (Bas les voiles!), Wassyla Tamzali (El burka como excusa) o Marnia Lazreg (Questioning the Veil).

El burkini tiene un elemento antipático: traslada un juicio sobre la forma de vestir de los demás y una relación neurótica con el cuerpo femenino. Pero la tolerancia no se ejerce con lo que nos gusta, sino con lo que nos repele.

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