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Opinión permanente revisable

Foto: Francisco Seco | AP

Una secuela que me dejó mi educación aristotélico-tomista es el principio de no contradicción. Con eso en la mochila, no tengo manera de adaptarme al mundo actual. Ya no me hallo ni como espectador.

Entre el título y el primer párrafo, pensarían ustedes que voy a arremeter contra Ciudadanos por haber revisado su opinión sobre la prisión revisable, pero yo creo que el principio de no contradicción es compatible con la evolución propia del pensamiento crítico, y no digamos ya del político. Se puede ser, perfectamente, fiel a unos principios (muy) generales, ya sea la búsqueda de la justicia o la conexión más o menos interesada con los estados de opinión pública, y modular luego bastante el discurso. Defender la lógica no es postular el inmovilismo, sino respetar las reglas de circulación más básicas del pensamiento.

Lo que no parece de recibo aristotélico es la actitud del Partido Popular, que defiende, ojo, lo que yo creo que es más justo: la prisión permanente revisable; pero que lo hace afeando al PSOE que no cambie de posición y afeando a Ciudadanos que cambie de posición.

Con ese juego de manos, transmite la idea de que no importa apenas la medida objetiva de ajuste del sistema penal español, que es lo que debería importar. Como el PP ha cogido el viento a favor de la opinión pública, que la tiene mayoritaria y transversalmente a favor, ahora quiere ponerla en contra de los que están en contra y no dejar margen para que se sumen los que se quieren sumar. Este sentido patrimonial de las medidas legislativas (siendo la ley lo general por concepto) lo tiñe todo de partidismo y empequeñece la política.

Ciudadanos tiene a favor de su cambio de postura un juego tácito de palabras: estar a favor de la prisión permanente revisable justo cuando uno predica con el ejemplo y está dispuesto a revisar permanente su opinión permanente. El PSOE no revisa su prisión inamovible, a pesar de una demanda social impresionante. Tampoco Podemos. Ni el PNV. Y el PP podría aprender de mí, que humildemente acojo con los brazos abiertos y casi lágrimas de emoción a cualquiera que decide revisar su opinión para sumarse un poquito a la mía.

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