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Álvaro Nieto

A la izquierda pija no le gusta su país

España es un sitio mucho mejor de lo que algunos se piensan, y no se puede tolerar que un ministro traslade al extranjero una imagen distorsionada de la realidad

Opinión
A la izquierda pija no le gusta su país

El ministro de Consumo, Alberto Garzón.|Europa Press

Hay un tipo de español, generalmente que se considera a sí mismo de izquierdas, al que no le gusta su país. O, dicho de otra manera menos diplomática, que aborrece todo lo que tenga que ver con España. Sobre este tipo de complejo de cierta izquierda se ha escrito mucho desde la Transición, pero lo cierto es que ese mal, lejos de aminorar, parece que se acrecienta con el paso de los años, hasta el punto de que incluso varios miembros del Consejo de Ministros lo padecen.

Solo así se puede explicar el comportamiento del titular de Consumo, Alberto Garzón, quien aprovechó hace unos días una entrevista con el periódico británico ‘The Guardian’ para denunciar una supuesta proliferación de macrogranjas que «contaminan» y producen «carne de mala calidad procedente de animales maltratados».

En vez de ‘vender’ las bondades de España fuera de nuestro país, Garzón ve de lo más normal hablar de lo malo, sin darse cuenta del flaco favor que hace a todo el sector cárnico, que vive en gran medida de las exportaciones y uno de cuyos clientes más importantes es precisamente el Reino Unido.

El tamaño del problema

Nadie está pidiendo a Garzón que mienta, pero es completamente irresponsable pronunciarse en esos términos, porque traslada la sensación de que en España hay un gran problema con la carne y que, además, es algo único de nuestro país. Y resulta que ni lo uno ni lo otro es verdad.

Nada más conocer las declaraciones del ministro, en THE OBJECTIVE nos pusimos a investigar esa extraña realidad paralela según la cual España está llena de granjas indeseables. Y resultó que ni siquiera el Gobierno del que Garzón forma parte tiene datos concretos al respecto: el Ejecutivo desconoce cuántas granjas hay y dónde están ubicadas. Según el propio sector, el ‘problema’ se limitaría al 4% de la carne producida.

Y, como cualquiera en su sano juicio puede sospechar, ese ‘problema’ no es exclusivo de España. La normativa sobre bienestar animal la dicta la Unión Europea desde hace décadas, así que existen parecidas macrogranjas en otros países de nuestro entorno, aunque el ministro no los citara en su entrevista.

Por supuesto, Garzón está en todo su derecho de criticar ese tipo de explotaciones ganaderas, pero como ministro de España haría mucho mejor servicio al país si, en vez de denunciarlo en un periódico extranjero, se pusiera manos a la obra a perseguir a aquellos que incumplan la legislación, si es que hay algún caso, y, si no le gusta la normativa en vigor, a intentar modificarla para hacerla más exigente.

Distorsionar la realidad

El problema es que Garzón odia su propio país, por eso no tiene ningún reparo en trasladar la idea falsa de que España es poco menos que el paraíso del maltrato animal, del mismo modo que llevamos años padeciendo campañas que intentan generar la imagen de que nuestro país es uno de los sitios más peligrosos del planeta para las mujeres o para los gais, cuando todos los datos demuestran que es precisamente lo contrario.

España es un sitio mucho mejor de lo que algunos se piensan. Es indudable que hay margen para avanzar, y eso lo sabemos bien los que hemos vivido fuera, pero lo que no se puede tolerar es que sea el propio Gobierno el que trabaje en trasladar al extranjero una realidad distorsionada.

Ya sabemos que el jamón ibérico de bellota es lo mejor del mundo, pero ni tenemos dehesas suficientes ni el coste del kilo está al alcance de la mayoría de ciudadanos. Y lo mismo se podría decir del coche eléctrico frente al de gasolina, de la energía solar frente a la nuclear o de los hoteles ‘boutique’ frente a los macrocomplejos de playa donde ponen paella ramplona. Ya sabemos lo que es mejor, no necesitamos que venga Garzón a decírnoslo. El problema es que no todo el mundo se lo puede permitir y, precisamente, hay cosas que deben seguir existiendo para que el currito de turno al menos pueda irse de vacaciones una vez al año o echarse al gaznate algo que se parezca al jamón.

Hay una izquierda caviar en España que se cree que basta con decretar el fin de algo para arreglar los problemas, sin entender que todo es mucho más complejo y que cuando se actúa así se acaba provocando un destrozo mayor. Es la misma izquierda que no tuvo reparo, por ejemplo, en imponer al comienzo de la pandemia el confinamiento más duro de Europa, acomodada como estaba en sus amplios chalés, sin darse cuenta de que millones de españoles, y entre ellos muchos de sus votantes, vivían en pisos modestos.

Esa izquierda pija, que se mueve en su propia burbuja madrileña viendo series danesas y tomando cerveza artesanal, no se ha enterado todavía de que, mal que le pese, más allá de la M-30 la gente de izquierdas también celebra la Navidad, vitorea los goles de la Roja y disfruta de un chuletón.

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