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Jorge Vilches

Tener hijos es de fachas

«El gran hito de hoy es no tener hijos. Eso es lo progresista, lo consciente y lo responsable»

Opinión
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Tener hijos es de fachas

Juan Cruz Mountford | Unsplash

La izquierda está en sus horas imaginativas más flojas. Debe ser que la moqueta ralentiza el paso, o que décadas de vivir de la teta estatal, de ser la contracultura oficial y subvencionada, desactiva el ingenio. El mecanismo del izquierdismo es el relato del apocalipsis futuro por el desastre presente, y la urgente necesidad de cambiar todo para salvarnos según su modelo ideológico. Todo el que no lo siga es un inconsciente sin compromiso social ni ecológico.

Los frentes actuales de esa transformación son el sexo, la cultura y el medioambiente. A través de la identidad de sexo –porque el género se queda corto al entenderlo como construcción cultural–, es posible crear conflictos sobre los que basar la legislación que sirva para la ingeniería social y la imposición de una moral. Hasta aquí todo está claro: la lucha de sexos sirve para transformar la política, la economía o la educación, donde hasta la geometría hay que estudiarla con perspectiva de género.

Nunca te acostarás sin hacer un acto inclusivo más. Porque toda esa legislación se convierte en la mentalidad progresista, que se transforma en dictatorial cuando es obligatorio comulgar con ella, como ha recordado recientemente el filósofo Higinio Marín. Si no se respeta y repite el dogma progre uno puede dar por segura su muerte civil.

Dominando la política –léase presupuestos y legislación– y teniendo una «contracultura» oficial, es fácil crear corrientes de opinión, verdades y mentiras. Daniel Bell escribió que la Nueva Izquierda encontró desde 1968 su filón en convertirse en la contracultura oficial. Era un buen negocio porque modelando la mentalidad occidental se conseguía estar en el Gobierno y en la oposición, dando subvenciones y recibiéndolas haciéndose pasar por contestatario. 

En todo esto hay un componente moral que justifica la transformación. Ya contaba Adam Smith que tenemos una tendencia natural a basar la moral en las emociones. Esto supone que se puede asentar una moralidad alimentando desde el poder determinadas emociones a través de la cultura y la educación. Más fácil imposible. Por eso los intelectuales y terminales mediáticos del poder dicen que hace falta «más pedagogía» cuando la gente rechaza alguna medida gubernamental.

La moral debe tener una misión superior al individuo, y esta izquierda está implantando una con mucho éxito: «Salvar el Planeta». Su gran solución es reducir la presencia y la actividad del hombre a lo mínimo. Somos, dicen, la especie dañina, el gran cáncer de la «Madre Naturaleza» –la ponen con mayúsculas y en femenino porque la convierten en un sujeto con derechos y en mujer, ya que quien contamina es el capitalismo patriarcal–.

El progresismo ha marcado dos vías para que todos cumplamos con su objetivo: la transformación «ecosostenible» dirigida por los Estados, lo que hizo sonreír a los keynesianos, y la reducción obligatoria de la producción; esto es, producir menos, vivir con lo justo, y así no contaminar. La primera vía por lo menos contempla todavía algo de libertad, mientras que la segunda es una vuelta a la Edad de Piedra, y creo que estamos muy mayores para soportar unas cuevas sin wifi.

Pero el gran hito de hoy es no tener hijos. Eso es lo progresista, lo consciente y lo responsable. No más bocas que alimentar, vestir y llevar al cole. Menos electricidad necesaria, más espacio en las ciudades y en las casas. Solo así será necesario producir menos alimentos o ropa y, en consecuencia, no se contaminará el Planeta.

Lo cuentan escritoras como Naomi Klein o Jean–Baptiste del Amo. Lo defienden movimientos bautizados como Birth Strike, que promueve la «huelga de partos» para «salvar el Planeta», o Conceivable Future, que aseguran que tener hijos produce un «daño masivo y evitable». Tratan de evitar lo que llaman «ecoansiedad»: la preocupación generada por la repercusión medioambiental de ser madre. El razonamiento es que cada persona deja una «huella de carbono», por lo que, cuanta menos gente, menos contaminación.

Ahora lo progresista es que nadie tenga hijos, como ya lo es la interrupción del embarazo y la eutanasia, del mismo modo que el condenar la gestación subrogada. Por tanto, la paternidad y la maternidad llevada a su lógica consecuencia es algo de fachas, de incívicas personas que no comprenden cómo debe ser el progreso de la humanidad y la salvación del planeta.

Parece una broma pero no lo es. La sociedad al principio se ríe de las propuestas izquierdistas, luego las escucha y las lee una y otra vez hasta que se da el fenómeno que en psicología se llama «habituación». Nos habituamos a ese discurso y a la urgencia de ese objetivo, de tal manera que se considera lo normal y lo moral. Después se produce su legislación, que acaba consolidando el dictado. No importa que vaya contra la naturaleza humana. Se impone por nuestro bien. Queda advertido. 

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