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Javier Benegas

El engañoso triunfo de la autocracia

«Exceptuando la década de 1930, nunca antes hubo tanto empeño en asociar el modelo demoliberal con el pensamiento débil»

Opinión
El engañoso triunfo de la autocracia

Una pantalla gigante muestra imágenes del presidente chino, Xi Jinping, pronunciando un discurso.|Reuters

Las objeciones al orden democrático no son una novedad. Benjamin Franklin dijo que la democracia son dos lobos y una oveja votando sobre lo que se va a comer; George Bernard Shaw, que la democracia es el sistema que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que merecemos; y Winston Churchill, que el mejor argumento en contra de la democracia es mantener una conversación de pocos minutos con el votante medio. Algunos historiadores consideran que estas citas son apócrifas, pero más allá de si son verídicas o no, la idea de que el pueblo se gobierne a sí mismo siempre ha tenido bastante mala prensa.  

Sin embargo, la percepción negativa de la democracia se ha ido acrecentando con el tiempo. La Gran recesión supuso un salto cualitativo en esta dirección y, ahora, una crisis todavía más súbita y profunda, la de la covid, parece estar decantando la balanza. Cada vez es más habitual sugerir que la democracia debe evolucionar hacia un cierto tipo de autocracia, porque la democracia resulta demasiado conflictiva a la hora de afrontar grandes desafíos. 

El penúltimo empujón en esta dirección nos lo proporcionan al alimón dos multinacionales: Edelman y Reuters. La primera, haciendo público un estudio con conclusiones bastante más que inquietantes. Y la segunda publicando la nota correspondiente a ese estudio con un titular muy llamativo: «Las autocracias superan a las democracias en confianza pública». Esta cooperación entre corporaciones es, hasta cierto punto, lógica. Edelman busca obtener atención, y ganar clientes, proporcionando a los medios un material que les dé juego. Y Reuters no desperdicia la ocasión para convertir ese material en tráfico añadiéndole un titular llamativo. 

Pero lo preocupante no es que Reuters y Edelman colaboren para capturar la atención del público, sino que parezcan cooperar en la devaluación de los regímenes demoliberales frente a los autocráticos. Y no son los únicos. Las informaciones y opiniones en este sentido se acumulan y apuntan a que el desprestigio de las sociedades abiertas ya no obedece tanto a intereses de enemigos externos como a intereses internos. 

Así, tanto si atendemos a la información de Reuters como si accedemos a la presentación del estudio en la web de Edelman, nos encontraremos con una conclusión inescapable: que el modelo autocrático chino ha triunfado sobre el democrático estadounidense. Y, en general, que los países cuyas instituciones han perdido confianza a raudales son todos democráticos. Mientras que las instituciones autocráticas de China y otros países no democráticos salen fortalecidas. 

Para poner remedio a esta pérdida de confianza, la propuesta de Edelman no puede ser más inquietante: «Las empresas, el gobierno, los medios y las ONG deben encontrar un propósito común y tomar medidas colectivas para resolver los problemas sociales» (las negritas son mías). Y por si no quedara suficientemente claro, Edelman insta a los directores ejecutivos de las empresas a «centrarse en el compromiso social con el mismo rigor y energía que dedican para generar ganancias»; es decir, según Edelman, las corporaciones privadas deben actuar como instituciones políticas. Se acabó dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. César y Dios deben ser uno. 

No es mi intención criticar gratuitamente el estudio de Edelman. Desde la perspectiva de la mera información, es un trabajo laborioso que, pese a todo, aporta datos interesantes. Lo preocupante es que sigue la línea de esa concepción mecánica, colectivista y determinista de la política, donde la frontera entre lo público y lo privado desaparece, lo que equivale a liquidar el sistema demoliberal, y donde, de forma orwelliana, todos los «agentes sociales», sean públicos o privados, personas físicas o jurídicas, han de gritar con los demás.

Por otro lado, puesto que el estudio se basa en una encuesta, cabe preguntarse si tiene sentido hacer las mismas preguntas comprometidas a un sujeto chino, que vive en una autocracia, que a un europeo que vive en una democracia. Y de forma derivada, si pueden valorarse igual las respuestas de uno y otro. Criticar abiertamente a los gobernantes y desconfiar de ellos es algo tan normal como respirar para quienes viven en una democracia; no solo pueden despotricar en la barra de un bar o en un entorno limitado y de confianza, también pueden criticar a los gobernantes en entornos más amplios e incluso masivos. ¿Es esto posible en China? Evidentemente no. De hecho, en China las celebridades pueden ser incluidas en la lista negra en el lapso de días, o incluso horas, sin más argumento legal que las ofensas percibidas contra la «dignidad nacional». Además, no es ya que un sujeto chino pueda preferir no expresar de forma sincera lo que opina de Xi Jinping, es que es probable que ni siquiera entienda que se pueda desconfiar del gobierno abiertamente

Comparar bajo los mismos estándares la problemática de una democracia y una autocracia en situaciones excepcionales, como una pandemia, es un ejercicio de alquimia. Las democracias siempre serán más conflictivas porque contemplan derechos, como la libertad de expresión e información, que no existen en las autocracias. Esto hace que, aun cuando una democracia y una autocracia respondan con medidas casi idénticas a una crisis, los resultados a nivel de confianza pública sean diferentes. Para comprobarlo podemos comparar Australia (democracia) y China (autocracia). Ambos países han aplicado la estrategia «covid-cero» de forma muy similar, sin embargo, Australia ha soportado unos costes en la confianza pública muy superiores a los de China. 

La clave de esta divergencia no está en la eficacia o ineficacia de la gestión de un país u otro. Lo que ocurre es que la envidiada China cuenta con una ventaja insuperable que Edelman y otros analistas ignoran sistemáticamente: su gobierno no tiene que rendir cuentas a los ciudadanos de sus decisiones; al contrario, puede acosarlos por hacer preguntas o enviarlos a la cárcel por cuestionar las políticas oficiales. ¿Cómo va a aflorar o medirse fidedignamente la desconfianza pública en una sociedad donde precisamente desconfiar del gobierno no sólo es delito, sino que se ha establecido como inconcebible?

Exceptuando la década de 1930, que alumbró el desafío de las ideologías totalitarias, nunca antes hubo tanto empeño en asociar el modelo demoliberal con el pensamiento débil. Así, se nos presenta la inherente conflictividad de las democracias frente a la covid como expresión de infantilismo. Por el contrario, las autocracias, con su férrea disciplina y «cooperación» social, son el paradigma de la madurez, la responsabilidad colectiva y el pensamiento fuerte. 

Sin embargo, asociar la democracia con la debilidad es una contradicción. La democracia es más esforzada porque necesita un equilibrio entre libertad y seguridad. Y para alcanzar ese equilibrio y conservarlo requiere de una cierta madurez social y también, como escribió Jean-François Revel, un umbral mínimo de verdad. Por el contrario, los modelos autocráticos se proyectan directamente sobre el miedo, la mentira y la obediencia y, por consiguiente, sobre el pensamiento débil. No obstante, algún lector apuntará que el largo periodo de paz y prosperidad, que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta el presente, ha debilitado a las sociedades demoliberales. Y es verdad, pero es precisamente por esta razón que las democracias se tambalean y miran con envidia a la autocracia, porque la libertad es un bien extraordinario, pero también implica sobrellevar la carga de la incertidumbre, y está se hace especialmente pensada en momentos de graves crisis. 

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