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José García Domínguez

Feijóo no hará la maleta

«Feijóo, como buen conservador instintivo, si por algo se significa es por no echar nunca pulsos a la realidad»

Opinión
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Feijóo no hará la maleta

Pablo Casado y Alberto Núñez Feijóo. | EFE

Aquí, en España, y como desde muy antiguo resulta sabido, el rasgo más notable de las palabras es que se las lleva el viento. De ahí que, tras todo el ruido y la furia – incluidos los de la calle -, nada probablemente ocurra. A fin de cuentas, todo esto ya lo hemos vivido otras veces y sabemos cómo termina. Al cabo, si excluimos de la ecuación al hermano tieso y mediador, el argumento de la comedia de costumbres comienza a parecerse como gotas de agua a las peripecias idénticas que Rajoy y Sánchez tuvieron que arrostrar con los suyos antes de llegar a la Moncloa. Porque no eran tan distintos aquellos desplantes casi rutinarios que, día sí y día también, le asestaba la presidenta Aguirre desde la Puerta del Sol al incierto postulante Rajoy. O los que Susana Díaz, cuando sus tiempos de gloria como emperatriz de Tartessos, igual prodigaba con el defenestrable Sánchez. 

Como cuando entonces, también ahora todos los apoyos a la disidencia, tanto los explícitos procedentes de la de la opinión publicada como los emitidos con el lenguaje de los abanicos por los mandarines periféricos, parecen transmitir la impresión de que el líder nominal tiene perdida la partida. Pero ni Rajoy ni mucho menos Sánchez la habían perdido. Y tampoco Casado ahora. Esos espejismos recurrentes, con sus percepciones tan unánimes y tan erradas, obedecen a una lógica común, a saber: un líder de la oposición, se apellide como se apellide, apenas dispone de una expectativa de futuro, y en extremo incierta, en tanto que única fuente de poder; una autoridad regional, en cambio, posee en todo momento infinidad de partidas de libre disposición emanadas de un presupuesto multimillonario. La etérea metafísica de la esperanza frente a la muy tangible evidencia fáctica de una caja fuerte.

Arrojar por la borda a Pablo Casado ahora, justo en medio de la travesía, constituiría un temerario ejercicio de frivolidad gratuita

Pero eso, lo del libre albedrío en algún erario institucional, tiene arreglo. Y solo suele ser cuestión de tiempo. Casado no es Churchill, pero tampoco Hernández Mancha. No existe indicio verosímil alguno de que vaya a perder las elecciones dentro de un par de años, absolutamente ninguno. Sí existe, por el contrario, la certeza, y algo más que indicaría, de que un eventual sustituto lo tendría mal frente a Sánchez. Así las cosas, arrojar por la borda a Casado ahora, justo en medio de la travesía, constituiría un temerario ejercicio de frivolidad gratuita. Feijóo, el Deseado, es gallego, pero posee otras virtudes; la más notable de todas ellas, el no dejarse arrastrar por impulsivos prontos juvenilistas. Feijóo, como buen conservador instintivo, si por algo se significa es por no echar nunca pulsos a la realidad. Una realidad, la del instante presente, que no invita a los saltos mortales sin red.

Primero, porque no hay tiempo material. Recuérdese que para derrocar a Hernández Mancha hizo falta incluso que don Manuel volviera a tomar de forma interina las riendas de Alianza Popular. Esas cosas, los sacrificios rituales dentro de los partidos, comportan siempre su procedimiento, que tiende a ser lento. La eventual investidura de Feijóo en un congreso extraordinario tras la preceptiva ejecución sumarísima de los casadistas, como muy pronto, nos podría llevar a después del verano. Un calendario que apenas dejaría el raquítico margen de un año, o incluso menos, al nuevo candidato a fin de consolidar su conocimiento entre las grandes audiencias mediáticas. Demasiado poco. Segundo, por otro inconveniente nada baladí, el derivado de que Feijóo no es diputado, lo que le hurtaría todo protagonismo en el principal foro escénico de la política nacional. 

El PSOE, ante una coyuntura tan inopinadamente óptima, no dudaría en otorgar a Abascal el papel, y no sólo simbólico sino también efectivo, de jefe de la oposición

Y sí, el Parlamento gallego podría auparlo a senador autonómico. Pero el Senado no es el Congreso. Tan no es el Congreso que aquel efímero Hernández Mancha, en su momento promovido a senador por la Cámara andaluza, se vio forzado a presentar una moción suicida de censura contra González precisamente por eso, por la necesidad imperiosa de hacerse visible en el Hemiciclo de las Cortes ante el presidente del Gobierno. Y tercero, además de corolario de lo anterior, porque el PSOE, ante una coyuntura tan inopinadamente óptima, no dudaría en otorgar a Abascal el papel, y no sólo simbólico sino también efectivo, de jefe de la oposición. Un mano a mano recurrente, semana tras semana, todas las semanas, entre el líder socialista y el de Vox ante los 350 diputados de la Carrera de San Jerónimo y, lo que se antoja mucho más importante, ante las cámaras de todas las televisiones, resultaría demoledor, definitivamente demoledor, para cualquier posible Feijóo, incluido el propio Feijóo. No, no cruzará el Rubicón. De momento.

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