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Guadalupe Sánchez

Pedro Sánchez: los problemas crecen

«En las llamadas energías limpias, se ha antepuesto la ideología a la tecnología»

Opinión
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Pedro Sánchez: los problemas crecen

Pedro Sánchez. | Massimo Di Vita (EP)

Ya que el aparato de propaganda socialista ha parido la genial idea de rodar una serie que relate las tribulaciones de nuestro gallardo presidente por los pasillos y salones de La Moncloa, me voy a permitir la osadía de proponer un nombre que sintetice sus andanzas gubernamentales: Los problemas crecen.

Soy consciente de la falta de originalidad de la propuesta, dado que así fue como se tradujo para España Growing Pains, el nombre de la famosa serie estadounidense que tan popular fue en nuestro país a finales de los 80 y principios de los 90. Aun así, convendrán conmigo en que el título describe a la perfección los tres años de mandato sanchista: tanto por acción como por omisión el Ejecutivo ha puesto al país al borde del precipicio social y económico. Ha creado problemas donde no los había o ha agravado de forma notable y sustancial otros que le han venido impuestos.

Pensaron que podrían gobernar el país con grandes dosis de paternalismo discursivo, con las instituciones del Estado asumiendo el rol de unos padres benefactores que procuran lo mejor para sus hijos, los ciudadanos, convertidos en púberes en tránsito hacia la madurez incapaces de lidiar con la frustración y necesitados de sermones, cuya interiorización y aprendizaje les guiará hacia la recompensa: la felicidad ecológica, inclusiva y con perspectiva de género. Algo no muy distinto de lo que sucedía en la comedia de situación producida por la cadena ABC, que cerraba cada episodio con la correspondiente moraleja.

Pero gobernar en el plano del relato, mientras la inercia y la Unión Europea se encargan del resto, se topa de tanto en cuanto con la historia, empeñada en recordarnos a los mortales la importancia real de la política, más allá de su caracterización como un modus vivendi o una agencia de colocación de familiares y amigos. El mundo como lo conocemos lo han cincelado las decisiones de tiranos y estadistas con el trabajo, el sudor y la muerte de sus respectivos pueblos. Los primeros con el ánimo de perpetuarse en el poder, los segundos con la voluntad de crear una patria de ciudadanos libres e iguales.

Lo que Sánchez y su Ejecutivo de coalición han modelado durante estos años es una degradación democrática sin precedentes en nuestra historia reciente, sustentada en la premisa de que las instituciones son su cortijo ideológico y que todo el que esté a la derecha del partido socialista merece la muerte civil tras un previo proceso de deshumanización y escarnio mediático.

El primer acontecimiento histórico al que se enfrentó el sanchismo nada más estrenarse su mandato y que creció considerablemente como consecuencia de su nefanda actuación fue la pandemia. El Gobierno ignoró todas las alertas sobre la gravedad del coronavirus y persistió en la agenda feminista alentando la imprudencia desde los ministerios: el relato de la opresión patriarcal ya estaba aprendido e interiorizado, algo que no sucedía con el de la covid-19. Su irresponsabilidad nos llevó a uno de los confinamientos más duros de Europa y a una de las mortalidades más elevadas. Aun así, no tuvo reparo alguno en instrumentalizar el estado de alarma para gobernar a placer, eludiendo el control de los contrapesos.

Y mejor no hablar de muchas de las medidas de carácter económico que se implementaron para, supuestamente, combatir la pandemia, cuyo hedor a socialismo de alta intensidad inundó el BOE durante demasiados meses.

El cambio de postura de España respecto al Sáhara Occidental y su lamentable escenificación es uno de esos problemas que no estaba sobre la mesa y que el Gobierno, haciendo gala de su proverbial torpeza, no es que haya creado, sino sobredimensionado hasta un punto en el que las consecuencias a corto, medio y largo plazo pueden ser muy graves. Más allá de las ansias de independencia del pueblo saharaui, en la zona se juega una partida geoestratégica y energética trascendental, ya que confluyen los intereses de numerosas naciones y sus correspondientes aliados internacionales: Marruecos y los estadounidenses, por un lado, Argelia y los rusos y chinos por otro, sin soslayar las ambiciones francesas e italianas. Pero España también tiene los suyos propios, que precisamente se ven colmados cuando se logra el frágil equilibrio entre ambas posturas, actuando nuestro país como moderador y correa de transmisión entre las potencias implicadas. Un papel relevante en el plano internacional que España ha sabido desenvolver muy pocas veces debido a nuestra escasa relevancia diplomática, aunque con alguna notable excepción como la de la exministra de Exteriores Ana Palacio

Otro problema que ha crecido durante esta legislatura, íntimamente relacionado con el anterior, ha sido el energético. El empobrecimiento que nos ha traído la llamada transición ecológica ha sido progresivo y, aunque muchos ya advertimos el año pasado que le podía costar el sillón monclovita a Su Persona, jamás le quiso prestar atención hasta que, como consecuencia de la invasión de Putin a Ucrania, el problema le ha explotado en la cara. 

El diseño de la estrategia energética es una de las tantas cosas respecto de las que se ha decidido que es mejor que se encargue Europa, mientras el Consejo de Ministros únicamente la hace valer en el plano del eslogan, primero, y en el impositivo, después. Miles de altos cargos y millones de euros en impuestos con fundamento en unas políticas ecologistas que no solo han puesto a la clase media europea contra las cuerdas, sino que nos han hecho dependientes de dos países liderados por autócratas postsoviéticos: Rusia y China. De la primera por el gas, de la segunda por la exportación de las tecnologías que requieren las renovables. 

No me entiendan mal, yo no tengo nada en contra de las llamadas energías limpias más allá de que, desde un punto de vista estrictamente técnico, no están en situación de reemplazar a las tradicionales y no se puede asegurar a ciencia cierta cuándo lo estarán. Y aquí radica el quid de la cuestión: se ha antepuesto la ideología a la tecnología y no precisamente por generación espontánea. Tanto que gusta Sánchez de acusar a la oposición y a los huelguistas de estar al servicio de los intereses de Putin, no está de más recordarle que no solo gobierna en coalición con unos cuantos putinistas, sino que toda la tostada de la transición ecológica la ha cocinado el ruso, alentando las renovables en detrimento de la nuclear, por cuya desaparición abogaba Europa hasta antes de ayer.

Señalar como ultraderecha a los agricultores y transportistas que se han hartado de la actitud sonámbula del Ejecutivo ante el incremento inasumible de los costes provocado por el incremento de los precios de la energía y de los combustibles no dista mucho de la estrategia empleada por Putin cuando llama nazis a los ucranianos.

Los problemas que subyacen tras esta huelga son complejos y profundos, requieren de reformas estructurales y de un giro de 180 grados en las políticas ecológicas que nos han traído hasta aquí. Pero, otra vez, Sánchez y los suyos pretenden que la solución la impulse la Unión Europea y no están dispuestos a mover un dedo hasta entonces. Esto no es un Gobierno, sino una banda de pollos sin cabeza que se aferran al gallinero. El problema es que la mayoría de españoles está ya hasta los huevos.

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