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Daniel Capó

¿Qué habría sucedido si Aznar…?

«España gozó de una ventana de oportunidades perfecta justo a principios de siglo»

Opinión
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¿Qué habría sucedido si Aznar…?

José María Aznar y Rodrigo Rato celebran la victoria del PP en las elecciones de 1996. | EP

¿Qué habría sucedido si José María Aznar, aprovechando la coyuntura económica favorable y la mayoría absoluta de su segunda legislatura, se hubiera atrevido a plantear una tarifa plana en el IRPF –quizás el 30%, quizás menos– y a rebajar el impuesto de sociedades al 15%, como se hizo en Irlanda? ¿Qué habría sucedido si en aquellos años se hubiera flexibilizado a fondo el mercado laboral, se hubieran ajustado las pensiones (¿según el modelo sueco?) y el desempleo, se hubieran liberalizado los colegios profesionales y se hubiera contenido el crecimiento de las administraciones públicas? ¿Qué habría pasado si el desarrollo radial de las infraestructuras se hubiera pensado en otra clave territorial, con un eje importante en la distribución ferroviaria de mercancías?

¿Qué habría pasado si la sociedad española se hubiera atrevido a aceptar una mayor inversión en energía nuclear y en el desarrollo del fracking? ¿O si la calidad de las instituciones no se hubiera deteriorado de forma gradual y parece que inexorable? ¿Qué habría sucedido si no se hubiera transferido la educación a las autonomías y el currículum se centrara en la excelencia y no en la neopedagogía sentimental? ¿Por qué no se reformó la universidad española? ¿Y la Formación Profesional? ¿Qué habría pasado si entonces se hubiera introducido el copago en la sanidad o se hubieran recortado a fondo las costosas políticas de subvenciones? ¿Y si se hubiera invertido más –y mejor– en I+D y, sobre todo, de una forma más estable? ¿Y si se hubieran regulado mejor los bancos y las cajas, moderando en la medida de lo posible el apalancamiento brutal que acabó arrasando el sistema financiero en el luctuoso período de 2008-2011? ¿Se podría haber fomentado más el ahorro de los particulares? ¿Se podrían haber invertido mejor -tomando como modelo el fondo noruego- los generosos superávits que arrojaba la Seguridad Social en aquellos años? ¿Por qué se abandonó el tejido industrial en favor de un crecimiento más rápido y espectacular pero menos duradero?

¿Por qué se perdieron tantas oportunidades? ¿O por qué se desaprovechó una coyuntura única, con los tipos en mínimos, una demografía favorable y las cuantiosas transferencias europeas? Estas preguntas mueven a la melancolía, porque nos hablan de un mundo no lejano en el tiempo, aunque sí en el espíritu. Pagamos ahora los errores cometidos por incomparecencia, primero por Aznar y luego agravados por sus sucesores.

Porque, en efecto, España gozó de una ventana de oportunidades perfecta justo a principios de siglo, cuando los efectos de la modernización europea se habían acumulado y la competencia de la globalización todavía no era descarada. Fue una época ideal para gobernar, y gobernar significa asumir riesgos y liderar cambios. La internacionalización de las empresas nos hacía soñar en un país normal, que aprovecharía los nuevos vientos de la Unión para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, impulsar la competitividad, ofrecer oportunidades y –visto en perspectiva– huir de la trampa saducea de las identidades divisivas que se dedicarían durante años  a socavar el terreno común de nuestra democracia.

Faltó un liderazgo inteligente –que es como decir que faltó responsabilidad–, en primer lugar entre nuestras elites. El dinero fácil corrompió la marcha de una economía que se hizo adicta al crédito, al pelotazo y a la cercanía del poder. La política invadió territorios que deberían haberse mantenido vírgenes, pero la trama de favores alimentaba el clientelismo, ese antiguo mal de las sociedades meridionales. ¿Se desaprovechó una oportunidad? Sin duda. El ejemplo irlandés –o de tantos países del este– nos muestra una realidad que podría haber sido muy distinta: una España económicamente más próspera, mejor orientada y, por ello mismo, más pacificada y serena, con mayor optimismo, menos crispada, más saneada en lo económico y con mayor confianza en las propias fuerzas. Por supuesto, nada es irreversible. El futuro lo escriben los hombres. Lo cual apela, sobre todo, a nuestra responsabilidad.

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