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Jorge Vilches

El ególatra está desnudo

«Contabilizar los gigas sustraídos y mantener la pretensión de conservar la imagen de hombre de Estado respetable es una estupidez»

Opinión
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El ególatra está desnudo

El ministro de Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, Félix Bolaños (i), y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d). | Europa Press

Un líder es una persona que sabe rodearse de personas eficaces en su ámbito. Es su principal virtud, reclutar un buen equipo por encima de su capacidad oratoria o intelectual, de generar empatía o saber gestionar. Sánchez es el perfecto contraejemplo.

Es muy difícil ser más torpe. Comunicar en una rueda de prensa que ha sido espiado, contabilizar los gigas de información sustraídos, y mantener la pretensión de conservar la imagen de hombre de Estado respetable es una estupidez. Si al menos hubiera dicho quién lo espió, todavía, aunque habría dado una imagen bananera, a lo Nicolás Maduro.

Hubo alguien en su equipo que creyó que la declaración era una buena idea para diluir la supuesta gravedad del espionaje a los golpistas. A eso se le llama intoxicación cognitiva. Un buen ejemplo es el catedrático de ciencia política que, con motivo de las escuchas, habla de «crisis territorial» en Cataluña, como si los territorios fueran sujetos de derechos. Su intoxicación es sostener que no fue un golpe de Estado, sino que Rajoy no quiso escuchar al «territorio»; esto es, a las montañas, ríos, bosques, playas y demás elementos del paisaje.

Es inútil rodearse de personas que desvirtúan la realidad así, o que vitorean siempre al jefe. Esto es lo que ha hecho Sánchez desde sus inicios. Iván Redondo parecía un asesor avispado, un lumbreras de la estrategia electoral, uno de esos que decía «¡Son las emociones, idiota!», y luego te calzaba un reportaje de Sánchez con pantalón corto corriendo por los aledaños de la Moncloa y besuqueando a su perro. Redondo quiso hacer de Sánchez un JFK con bromuro, un Obama cariacontecido, y acabó siendo un correpasillos de Biden

Junto a Redondo, Sánchez tenía a lo más tabernario del PSOE, a Carmen Calvo y Ábalos, que eran auténticos presos de presa, políticos lenguaraces con la misma capacidad intelectual de Adriana Lastra. Servían de contrapunto a un Sánchez que quería ser adorable, el Rey de Reyes, el C. Tangana del ecofeminismo, modelo de ego pizpireto y distante, como corresponde a toda estrella del rock en su madurez, pero no resultó.

Sánchez echó a todos cuando las encuestas electorales le dijeron que no caía bien y que descendía en los sondeos a pesar de las salvas de aplausos ministeriales y la cocina de Tezanos. A mitad de temporada fichó a Óscar López, viejo conocido de la sala de máquinas del PSOE, y ascendió a Félix Bolaños, al que se tenía por un verdadero cerebro, un hombre implacable, un cirujano capaz de manejar los componentes del Frankenstein. Incluso hubo quien dijo que Bolaños ganó la partida a su amigo Redondo.

En fin; tras un año hemos visto que los fichajes han sido inútiles. No ha mejorado la imagen pública del Presidente, ni está demostrando una estrategia inteligente con los socios. Todo lo contrario. La sensación es que Sánchez sigue siendo chantajeado con éxito por los filoetarras y los golpistas, a los que sacan fotos riendo justo en la sesión en que han torcido la mano al Gobierno.

Tampoco esos dos, López y Bolaños, han conseguido que Sánchez transmita que posee el mando, sin el cual, como decía Julien Freund, no hay obediencia. Ante esta carencia de autoridad, los ministros podemitas se envalentonan y exigen políticas irracionales y dimisiones inmediatas de aquellos cuya presencia desvela sus limitaciones intelectuales y gubernamentales, como Margarita Robles.

Lo último ha sido la vergüenza de confesar que fue espiado con Pegasus, y sumarse así al victimismo de los nacionalistas para buscar su complicidad. En el manual de gestión de las crisis políticas no hay nada parecido. Se puede optar por el silencio, o por prometer investigaciones llevadas a cabo por comisiones interminables que luego nadie recuerda. Pero esto de Sánchez rompe los moldes.

Es patético decir que te han espiado sin saber quién ha sido. Confesar esto cuando el prestigio internacional de España está por los suelos por los desaires continuos de Estados Unidos, los insultos y manejos de Marruecos, la venganza de Argelia, y el chalaneo ruso, es una demostración de que el Gobierno de nuestro país les viene muy grande.

Sánchez se ha rodeado de asesores inútiles para estos menesteres. No dudo de que servirán para otras tareas, pero no aquellas que conciernen al gobierno de España. Si el ridículo que hizo Sánchez corriendo por alcanzar a Biden y soltar unas palabras se llevó por delante a Iván Redondo, esto del espionaje telefónico también debería saldarse con despidos.

Es muy irresponsable dar la sensación de caos, de desgobierno y de improvisación. No es de recibo que la satisfacción de los enemigos del orden constitucional, de los socios de Sánchez, arruine el prestigio de nuestro país.

La percepción general, aquí y fuera, es que tenemos un Gobierno sin autoridad ni poder real, liderado por un ególatra desnortado sin asesoramiento eficaz. ¿No hay nadie en el entorno de Sánchez con dos dedos de frente? ¿Alguien que le diga que está desnudo?

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