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Fernando Savater

¿Hay que llorar por la izquierda?

«Pero lo que suele llamarse «izquierda» auténtica tiene propuestas revolucionarias, anticapitalistas, para acabar con el sistema, y cosas así»

Opinión
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¿Hay que llorar por la izquierda?

Gabriel Boric, presidente de Chile. | EP

Me sucedió hace unos meses, poco después de ganar Boric las elecciones chilenas. Me hicieron una entrevista para un programa cultural de una cadena argentina, centrada más bien en cuestiones literarias pero que pronto derivó hacia temas de actualidad política. El triste destino de los inmigrantes, el hambre en el mundo, la escasez de agua potable, las vacunas contra la pandemia que no llegan a los países pobres, las dramáticas carencias educativas, la intransigencia fanática de ciertas religiones que pretenden imponer sus dogmas arbitrarios por encima de las leyes civiles, etc… Como ni mi entrevistador ni yo contábamos con soluciones para esos problemas tan graves ni verdaderos conocimientos para buscarlas, nuestro diálogo desembocaba en sinceros lamentos: ¡que situación tan terrible! ¿a dónde vamos a llegar? ¡hay que hacer algo antes de que sea demasiado tarde! De pronto, mi interlocutor vislumbró una lucecita de esperanza en el sombrío panorama: «Bueno, menos mal que en Chile ha sido elegido Boric…». Convirtiéndome por un momento en entrevistador de mi entrevistador, le pregunté si tenía referencias de la capacidad de Boric para afrontar los embrollos sociales de Chile y sus planes de regeneración para el país. No sabía nada de nada, como me pasaba a mí, pero concluyó satisfecho: «Sé que es un hombre de izquierdas…». ¡Y eso me lo decía desde el país de Perón, de los montoneros y de Cristina Kirchner, desde el continente de Fidel Castro, de Hugo Chávez y Maduro, de Daniel Ortega y, perdón, de Salvador Allende! Entiéndanme, deseo por el bien de Chile que el señor Boric tenga los mayores aciertos en su gestión y no dudo de la recta intención que guía su vocación política. De momento no parece tener las cosas fáciles, con la nueva Constitución de aspectos inquietantes -seamos amables- que se está gestando, pero quizá la culpa no sea principalmente suya. En cualquier caso, no parece que baste saber que es de izquierdas para confiar en su gestión, como mi entrevistador, tan conformista con los tópicos, parecía suponer.

En España leo a bastantes amigos doloridas quejas por la segura mengua y posible desaparición de los partidos de la izquierda digamos útil. Me explico: en las democracias capitalistas occidentales, cuya gestión combina necesariamente elementos socialdemócratas con otros liberales, un principio esencial es que toda riqueza es social -nadie se enriquece sin la colaboración de los demás y el apoyo de las instituciones legales del país- y por tanto todo beneficio económico conlleva una obligación social. Este principio, digámoslo  al paso, se encuentra explícitamente recogido por la Constitución española. La actitud de «toma el dinero y corre» no es liberal ni neoliberal sino suicida, porque amenaza en su raíz misma la armonía de la sociedad democrática, que mantiene en equilibrio inestable demasiadas cosas con las que no se debe jugar. Lo que he llamado izquierda «útil» es la que se ha encargado durante décadas de mantener la estructura legal y cultural de la función redistributiva por la que parte de los beneficios económicos legítimos del capitalismo revierten en el resto de los socios cívicos. Hoy se la ve muy desmejorada por la sencilla razón de que también la derecha ilustrada o simplemente sensata, la que no abre las botellas de cervezas con los dientes, comparte esta tarea imprescindible. 

Pero lo que suele llamarse «izquierda» auténtica tiene propuestas revolucionarias, anticapitalistas, para acabar con el sistema, y cosas así. Por ejemplo en la nueva Constitución que se prepara en Chile hay abundantes rasgos de este estilo, como en algunas leyes recientes españolas (las de violencia de género, memoria histórica, ley trans y demás). Su mantra principal es que hay que acabar políticamente (para empezar…) con la derecha, a la que siempre llaman «extrema» como si los únicos extremistas con derecho a existir fueran ellos. Por descontado su gestión pública, alli donde por desgracia se da, une lo descaradamente autoritario (¡hasta su beneficencia es autoritaria!) con lo perfectamente ineficaz. En el País Vasco andan a mamporros los jóvenes revolucionarios (menos mal que es entre ellos, para cambiar) por ver quien es más de izquierdas y resulta conmovedor ver a sus mayores nacionalistas reconvenirles paternalmente por los malos modos que a lo mejor les privan de la carne de cañón que pueden necesitar en próximas batallas. Y acabo de leer a un actor que no parece tener un desarrollo cerebral completo que va a representar a un Elcano «muy de izquierdas, para que no se lo apropien». En fin, ya saben a lo que me refiero. Si esta izquierda desaparece definitivamente, no seré yo quien la llore. ¿Ustedes sí? 

La mítica sede del Partido Comunista de Italia, en su día el más poderoso de occidente, situada en la calle Botteghe Oscure de Roma, quién no ha pasado reverentemente por delante alguna vez, ha sido vendida y va a convertirse en un hotel de cinco estrellas. ¿Ven? El progreso existe.

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