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Eduardo Laporte

El libro de Toni Cantó: indiferencia, vocación política y vanidad

«La socialdemocracia era esto: acercarse a quien reparte el parné. Y Cantó parece haber tomado nota»

Opinión
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El libro de Toni Cantó: indiferencia, vocación política y vanidad

EP

Dice Karmelo Iribarren en su estupendo Diario de K. que «cuando estás con alguien que te es indiferente, parece que pierdes más el tiempo». Algo de esto me ha pasado leyendo De joven fui de izquierdas pero luego maduré (Ediciones B), lectura que habría abandonado de no ser el compromiso con esta columna. ¿Razones? Sensación de déjà lu.

Y eso que Toni Cantó despierta ese cariño nostálgico innegable: fueron muchos sábados entrando en nuestras casas, a la hora de cenar, cuando solo había dos canales y el mundo todavía era sólido. Y también despertó simpatías ese salto a la política de alguien del mundo del espectáculo, sin antecedentes en mi memoria política nacional (vale, Labordeta).

Se aborda la cosa actoral durante buenas páginas, pero en un relato descafeinado. Toni Cantó no es el Michael Caine cuyas memorias leí con fruición en su día. Decía Justo Serna en su comentario sobre el libro que había resentimiento por todas partes. Una reseña algo resentida, por otra parte, con epítetos como «libro insólito» o «retrato de un hombre inmaduro» y donde aparece la palabra «odio» y «rencor» a menudo. No me ha parecido para tanto. Si bien Toni Cantó se dirige a Zapatero como un presidente «terrible» y «mediocre» y son constantes sus ataques a los nacionalismos, sobre todo al catalán, el relato no se hace indigerible. No es un libelo. Es su versión de los hechos desde su posición, sus diversas posiciones, a lo largo del arco del centro en que se ha movido hasta recalar en el PP y en esa Oficina del Español que suena a mamandurria institucional. 

Por cierto, sigo asombrado ante la desaforada cifra de 1.100 millones de euros que el Gobierno quiere invertir en «cosas del español». La socialdemocracia era esto: acercarse a quien reparte el parné. Y Cantó parece haber tomado nota. Aunque en un momento dado del libro deja caer que con su trabajo como actor acumuló tanto patrimonio como para poder vivir, casi, sin trabajar. ¿Sería la política la actividad del hombre libre que por fin puede dedicarse a la gestión de lo público, las cosas de la polis).

Y sí creo que haya una motivación de justicia en ese discurrir biográfico hacia la política, que surgió con la promoción de aquel Vecinos por Torrelodones, plataforma local que reunía varias virtudes de saneamiento institucional que impulsaron el mejor UPyD, el mejor Ciudadanos y el mejor Podemos. Y de los que apenas quedan las cenizas hoy: la biografía de Cantó se puede leer como el canto del cisne no ya de un centro posible, sino de una regeneración política también posible y necesaria. ¿Quién fiscalizará el destino de los 1.100 millones de euros que irán a las ‘cosas del español’? Urge el partido Stop Mamandurrias. Quizá Cantó, desde su Oficina del Español, a la que solo dedica una mención en todo el libro, podría darle forma. 

Hay vocación política, o eso parece, pero también narcisismo, como le es propio a todo actor. ¿Se pasó a la política para disfrutar de unos focos nuevos? A lo largo del libro leemos mucho la palabra «viral», como si contaran más los likes y retuits en política que la asunción efectiva en la sociedad de un mensaje equis. 

El libro, en suma, me ha resultado un tanto indiferente. Excepto las páginas, heladoras, de la muerte de su hija Carlota, en accidente de coche, con 18 años. Ahí se para todo. Cantó es un hombre herido por siempre y quizá deberían recordarlo quienes lo linchan día sí día también. 

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