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David Mejía

Aborto y federalismo

«Lo de Roe vs. Wade es una lección para quienes identifican federalismo con progreso»

Opinión
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Aborto y federalismo

Defensores de la prohibición del aborto celebran la decisión del Tribunal Supremo en Washington D.C. | Michael McCoy (Reuters)

La Decimocuarta Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos fue ratificada en julio de 1868 para consagrar los derechos civiles de todos los ciudadanos, proteger la esfera privada de intromisiones arbitrarias por parte del Estado y garantizar el pleno ejercicio de la libertad individual. En esta enmienda se amparan sentencias del Tribunal Supremo como Brown v. Board of Education (1954), que declaró inconstitucional la segregación racial en las escuelas, Obergefell v. Hodges (2015), que reconoció la constitucionalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo y, hasta hace unos días, Roe v. Wade (1973) y Planned Parenthood v. Casey (1992), sentencias que reconocían la constitucionalidad del derecho al aborto. Ambas han sido anuladas por la reciente Dobbs v. Jackson Women’s Health Organization (2022), donde el Tribunal arguye que la Constitución no reconoce el derecho al aborto.

Por lo tanto, lo que ha sucedido no es una derogación de la ley del aborto, sino la anulación del reconocimiento del aborto como un derecho constitucional. El peligro, en cualquier caso, es que en ausencia de una ley federal, cada parlamento estatal impondrá la suya. Y según la lógica del Tribunal, las legislaturas estatales podrían dictar que las mujeres lleven a término todos los embarazos, por tempranos que sean y con independencia de las circunstancias que los hayan provocado, incluso la violación o el incesto.

La anulación de la sentencia no se ha celebrado solo desde sectores conservadores, también desde los sectores federalistas, que resulta que en Estados Unidos no son los más progresistas. La cacareada «victoria del federalismo» incidirá en la duda sobre la viabilidad de un país donde los derechos elementales se deciden a nivel local. Pero quizá haga despertar a quienes siguen invocando el federalismo como solución mágica a toda disputa territorial, sin advertir la inevitable tensión entre federalismo e igualdad.

En 1860, federalismo significaba que un esclavo dejaba de serlo si cruzaba la línea Mason-Dixon. Hoy puede significar diferencias respecto a la pena de muerte, el derecho a la baja maternal y, por supuesto, el aborto. Quienes aplauden la anulación de Roe v. Wade como un triunfo del federalismo apuntan a que esto aleja al país de una nueva guerra civil: cada ciudadano puede elegir vivir allá donde las leyes se amolden a sus costumbres y convicciones. Una tesis arriesgada cuando la guerra civil americana la provocó la voluntad de secesión de los estados del Sur, tras negarse a aceptar la abolición de la esclavitud. Las obscenas diferencias en derechos, y por tanto en libertades, entre estados solo pueden contribuir al desastre.

Los federalistas han celebrado la anulación del aborto como derecho constitucional como un triunfo. Una lección a recordar para aquellos que identifican el poder central con la reacción y el federalismo con el progreso.

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