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Manuel Pimentel

La leyenda del ¿mito? de la Atlántida

«Los dioses castigaron la soberbia atlante con la furia de la naturaleza. ¿No les suena esa enseñanza? Pandemias, cambios severos del clima, hambrunas…»

Opinión
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La leyenda del ¿mito? de la Atlántida

Una pancarta a favor de la vida durante una protesta contra el cambio climático. | Europa Press

El mito de la Atlántida, dos mil quinientos años después de que el gran Platón lo consagrara en los diálogos Timeo y Critias, sigue vivo en nuestros días. De entre las muchas leyendas clásicas – algunas de ellas bellísimas y evocadoras – ninguna goza de la lozanía de la ciudad sumergida de los atlantes, al punto de haber inspirado infinidad de obras literarias de todos los géneros, películas de cine y televisión, cómics y videojuegos, cuadros y composiciones musicales. El tiempo pasa, los estilos, también, pero la Atlántida permanece. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de la eterna juventud de su relato? ¿Por qué funcionó bien en la sociedad del siglo V a.C. y por qué sigue interesando a esta sociedad posmoderna, descreída y digital que conformamos ya avanzado el siglo XXI?

Traté de dar una respuesta aproximada a estas cuestiones en mi ponencia en el curso de verano celebrado durante los últimos días de julio en La Rábida bajo el título, La Atlántida: bases para una aproximación científica a su estudio, brillantemente organizado por la Universidad Internacional de Andalucía y dirigida por José Orihuela. Antes de ahondar en la cuestión, quisiera agradecer y felicitar a la UNIA por haber impulsado la iniciativa académica. Hasta ahora, la Atlántida ha sido considerada cosa de poetas y locos, y no como, desde luego, materia digna de abordarse desde una óptica universitaria, simplemente considerada como un mito hermoso e imposible de la antigüedad. Pero, ¿y si bajo el relato homérico se albergara una realidad histórica? Se trata de una pregunta fundamental que debiera interesar a la ciencia, a la historia y a la arqueología. Como ya ocurriera en otras ocasiones, bajo relatos míticos se puede ocultar algo que realmente en el pasado ocurriera. Y si no, que se lo pregunten al bueno de Schliemann, descubridor de Troya. Supo ver, entre el descreimiento general de su época, a la Iliada como un relato histórico, deformado por el tiempo, y no sólo como un poema épico y mítico del gran Homero. La historia nos ha enseñado que, bajo la leyenda, a veces se oculta una realidad pretérita. ¿Por qué, entonces, no pudiera haber ocurrido algo similar con la Atlántida? 

Resulta curioso que el simple hecho de formular esa pregunta suscite fuertes críticas, desprecio y burla por, ya sabemos, aquello de los poetas y los locos. Pues bien, desde distintas ópticas, somos muchos los que pensamos que debiera avanzarse en los estudios de las distintas posibilidades que el relato platónico atesora. Platón afirmó que la Atlántida se encontraba un poco más allá de las Columnas de Hércules, o sea, que, si realmente hubiera existido, su ubicación más probable sería la del suroeste andaluz. Compete pues, en primera instancia, a las universidades españolas en general y andaluzas en particular, el tratar de analizar las posibilidades históricas del relato milenario. Sería una auténtica pena que, al final y como tantas veces ocurriera, fuera un investigador extranjero quien lograra desvelar el secreto oculto bajo el velo mítico de los atlantes. 

La Atlántida pudo, o no, existir. Pero si existió, se trataría de una ciudad más de la antigüedad, sin ningún tinte esotérico con el que tan frecuente y desgraciadamente se le cubre. Nada ha hecho más daño al posible acercamiento científico al mito atlante que la tradición gnóstica que se le asocia y que arrancó en el siglo XIX con la publicación de la obra Atlantis: the antediluvian Word, publicada en 1882 por el congresista norteamericano Ignatius Donnelly. Debemos apartarnos del enfoque esotérico y de ciencia ficción para bajar a un sencillo y simple principio material. La Atlántida bien pudo existir, pero, mientras no se demuestre científicamente su existencia a través de la arqueología, de un simple y hermoso mito se tratará. Dicho queda.

Pero volvamos a la cuestión básica que querríamos abordar desde estas líneas. ¿Por qué nos sigue interesando el relato atlante? Pues tres son las razones que destacan.

En primer lugar, por la calidad de su prescriptor, el filósofo Platón. Si tan en serio nos tomamos el resto de sus postulados y afirmaciones, ¿por qué despreciamos su relato atlante, narrado como una historia realmente acontecida? Platón, además, describe la historia atlante en dos de sus relatos, como si tuviera interés en insistir en ella, aclarando la vía por la que la historia hasta él llegara, donde los sacerdotes egipcios tuvieron protagonismo destacado. Y, por si fuera poco lo anterior, Platón consigue un relato potente y verosímil, con planteamiento, nudo y desenlace. Es un relato hermoso, sorprendente, que realmente funciona como pieza literaria, que nos atrae con fuerza ancestral y del que no podemos sustraernos con facilidad. 

Apuntamos, como segunda razón para el éxito milenario del todavía por hoy mito de la Atlántida, al hecho de que se trata de la civilización perdida esencial, la más cantada y evocada. Y nada nos atrae más que el misterio y añoranza de una civilización perdida, todo un arcano para la psicología y la sociología humana de todas las épocas. Existen otras grandes referencias históricas todavía no descubiertas, como la tumba de Alejandro o la ciudad perdida de los incas, pero ninguna posee una personalidad tan arrolladora como la ciudad sumergida de los atlantes, que nos tienta y provoca con su reto y que nos hace soñar con su hipotético descubrimiento.

«Si tuviéramos que buscar un símbolo del momento actual, ninguno tan acertado y provocador como el del mito atlante rejuvenecido»

Pero, sobre todo, y como tercer razonamiento, la Atlántida nos hace vibrar por su componente moral, por la lección prototípica que su relato evoca. Los dioses castigaron la soberbia atlante con la furia de la naturaleza. Un terremoto seguido de un gran tsunami destruyó y sumergió a la ciudad condenada. ¿No le suena de nada esa enseñanza? ¿De qué otra cosa, si no, hablamos cuando convencidos estamos de que la humanidad, con su contaminación y agresión al planeta, se está haciendo merecedora de un castigo de la naturaleza? Pandemias, cambios severos en el clima, hambrunas, entre otras plagas bíblicas, se nos presentan como los emisarios del apocalipsis que nuestros excesos merecen. O sea, la reedición secular del mito atlante de la sociedad opulenta y soberbia que se hace merecedora del castigo de los dioses, de la madre naturaleza, de Gaia o del karma cósmico, según los gustos y preferencias, pero castigo ejemplar y sumario, al fin y al cabo. Por eso, si tuviéramos que buscar un símbolo del momento actual, ninguno tan acertado y provocador como el del mito atlante rejuvenecido.

La Atlántida sigue viva entre nosotros, levantando pasiones a favor y en contra. Es hermoso que historias de la antigüedad resuenen aún en nuestros días con tal fuerza atronadora. Por ello, bien haremos ahondando en los estudios sobre la posible historia que atesora en su seno. Nosotros, hoy por hoy, nos quedamos en la belleza y resonancia del mito de esa Atlántida, que, quizás, de alguna manera, aún habite entre nosotros.

Y, en consecuencia, trabajaremos para que un congreso internacional sobre la materia pueda celebrarse en esta luminosa geografía andaluza que, según el bueno del Platón, acogiera miles de años atrás, la civilización más misteriosa y cantada a lo largo del prolongado, ya, camino de la humanidad.

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