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Javier Benegas

En la hora más oscura

«El apagón de las ciudades no solo es una forma de propaganda gubernamental ante la que es imposible sustraerse. Es, sobre todo, una demostración de poder»

Opinión
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En la hora más oscura

Caracas durante un apagón. | Reuters

Una de las imágenes que expresan con nitidez la diferencia entre las sociedades democráticas y prósperas frente a las totalitarias y empobrecidas es una foto nocturna satelital, en la que aparece la comunista Corea del Norte completamente a oscuras rodeada por la exuberante luminosidad de los países vecinos, como la democrática Corea del Sur. La imagen es tan tajante que ni siquiera necesita comentario. Es en sí misma todo un discurso, una abrumadora elipsis de la historia cuya conclusión es inescapable. Luz frente a oscuridad, prosperidad frente a pobreza, esperanza frente a desesperanza, libertad frente a totalitarismo. ¿Quién, que esté en sus cabales o no obtenga beneficios por defender lo contrario, prefiere vivir en un mundo oscuro antes que en otro luminoso?

Pero la oscuridad de Corea del Norte expresa algo más, y con toda la intención: es una manifestación descarnada de la voluntad de poder. El régimen norcoreano se enseñorea de las sombras, es su demostración de que puede desafiar incluso las querencias humanas más primordiales. La condición natural del ser humano es buscar la luz y evitar la oscuridad. Tal instinto está relacionado con nuestra primitiva vulnerabilidad a los depredadores nocturnos, mucho mejor adaptados a la falta de luz que los seres humanos. El descubrimiento del fuego fue crucial, cambió radicalmente las expectativas de supervivencia. Las hogueras proporcionaron iluminación, incluso en la noche más cerrada, y una seguridad hasta entonces desconocida. Obligar a las personas a regresar a la oscuridad es, por tanto, una demostración de fuerza, de un poder irrestricto capaz de imponerse a los instintos más arraigados. 

Salvo para dormir y otros menesteres que dejo a su imaginación, querido lector, el ser humano depende de la luz. La necesita para sus actividades cotidianas, para trabajar, para disfrutar del ocio, pero también para sentirse bien emocionalmente. El trastorno afectivo estacional de los países con fuertes cambios de luz entre estaciones demuestra que la falta de luminosidad degenera en depresión. Durante la noche, las calles de las ciudades mejor iluminadas son las más concurridas, porque se sienten más seguras y esto, a su vez, estimula el estado de ánimo, la despreocupación y el disfrute de las personas. Una calle que, de repente, se queda a oscuras rápidamente se vaciará de transeúntes. 

«Para justificar esta medida, el Gobierno no ha ofrecido ni un solo cálculo, ni una sola cifra, nada que pueda servir para fiscalizarla y valorar su verdadera pertinencia»

Sin embargo, contra todas estas evidencias, el Gobierno, so pretexto de ahorrar energía, ha decretado, entre otras medidas, la obligatoriedad de que centros comerciales, tiendas y establecimientos con escaparates apaguen sus luces a partir de las 22 horas; esto es, cuando la oscuridad de la noche nos envuelve. Para justificar esta medida no se ha ofrecido ni un solo cálculo, ni una sola cifra, nada que pueda servir para fiscalizarla y valorar su verdadera pertinencia. Es seguro que hay otras alternativas mucho más eficaces para ahorrar energía que dejar las ciudades medio a oscuras. Entonces, ¿por qué se impone el apagón?

Esto me recuerda a la prolongada obligatoriedad de la mascarilla cuando ya era evidente que su uso había dejado de tener sentido. Ocurre que la mascarilla servía para proyectar la imagen de que los gobernantes hacían algo por nosotros, que velaban por nuestra seguridad: era un icono del poder. Aunque su uso hubiera dejado de tener sentido, prolongarlo servía para enjuagar la criminal imprevisión que permitió al virus propagarse como la pólvora. De igual modo, cuanto más incompetente era una comunidad autónoma en la gestión de la crisis, más medidas arbitrarias y notorias imponía su gobierno. El objetivo de esta actitud no perseguía realmente beneficiar a las personas, de hecho, lograba justo lo contrario: los costes superaban ampliamente los supuestos beneficios. Pero tenía un sentido político: afianzar la prevalencia de un poder paternalista sobre la voluntad del común.

La obligatoriedad de apagar las fachadas de los centros comerciales y los escaparates de los comercios apenas tendrá repercusión en el ahorro energético, máxime si la comparáramos con otras posibles medidas bastante más eficaces pero menos notorias de cara al público. Sin embargo, he aquí el verdadero sentido de esta imposición: que la gente la perciba. Es cierto que en la oscuridad el negro lo iguala todo. Nada destaca. Pero en una sociedad acostumbrada a la iluminación nocturna, a las calles jalonadas de escaparates luminosos, a la sensación de vitalidad y dinamismo, la oscuridad, lejos de ser algo imperceptible, supone un golpe para la vista. Un paradójico deslumbramiento de luz negra. Por lo tanto, el apagón obligatorio es una contundente medida de propaganda. 

«Los abusos de poder que tuvieron lugar durante la pandemia han encontrado en la crisis energética, el pretexto no ya para prolongarse en el tiempo sino para afianzarse e ir todavía más lejos»

Sin apenas margen para reponernos, los abusos de poder que tuvieron lugar durante la pandemia han encontrado en la crisis energética, y su causa principal, la planificación centralizada en la lucha contra la «emergencia climática», el pretexto no ya para prolongarse en el tiempo, sino para afianzarse e ir todavía más lejos. 

Oscurecer las ciudades no solo es una forma de propaganda gubernamental ante la que es imposible sustraerse. Es, sobre todo, una demostración de poder. Mediante decreto, el Gobierno nos demuestra que su voluntad está por encima de nuestras preferencias, deseos… y derechos. No se trata, pues, de ahorrar energía: se trata de dejar claro quién manda, para regocijo de todos aquellos que ven en la libertad, y en el consiguiente crecimiento económico que ésta proporciona, un mundo irritantemente desigual, verdaderamente diverso, generoso en oportunidades y saludablemente luminoso. Lo que para ellos es un mundo «insolidario» y peligroso. 

No soy negacionista, en el sentido de que niegue que el planeta se calienta. Lo soy, sin embargo, a la hora de advertir que la lucha contra el cambio climático proyectada de arriba abajo solo puede acabar en desastre. De hecho, ya lo estamos comprobando, pues la actual crisis energética no ha caído del cielo sino que ha sido provocada por la planificación centralizada de un puñado de ideólogos, activistas y sospecho que políticos corruptos. Es más, me atrevo a sugerir que, igual que en el pasado los totalitarios usaron la lucha de clases, hoy usan la lucha contra el cambio climático para imponer su viejo régimen. 

Sin embargo, quien crea que salvar el planeta consiste en vivir a oscuras y empobrecerse, se equivoca. Solo desde la prosperidad y el crecimiento económico podremos disponer de los recursos necesarios para paliar el calentamiento global y adaptarnos. Nos guste o no, nos aproximamos a la hora más oscura. El momento en el que se va a decidir nuestro futuro. De lo que suceda en este punto de inflexión dependerá si nuestro mundo seguirá apareciendo luminoso en las fotos nocturnas de los satélites o si, por el contrario, será apenas una sombra. 

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