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Miguel Ángel Quintana Paz

Por qué estamos rotos y cómo lo revela el 'caso Rushdie'

«Junto a estas tradiciones occidental e islámica hay un tercer jugador en liza mucho más reciente: la cultura de la cancelación»

Opinión
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Por qué estamos rotos y cómo lo revela el 'caso Rushdie'

El escritor Salman Rushdie. | Christoph Kockelmann (Flickr)

En una época como la nuestra, tan habladora, sorprende cierta moderación con que se ha acogido el apuñalamiento del novelista Salman Rushdie, amenazado desde 1988 por su irreverencia para con el islam. Y sorprende más aún si consideramos qué pone en juego: justo conservar tal libertad para seguir hablando tanto. Quizá sea culpa de agosto. Quizá, que una cosa (bonita) es disfrutar la libre expresión y otra (más antipaticota) ponerse a defenderla. Pero tengo para mí que acaso exista otro motivo que explicaría esta tibieza ambiental.

Con miras a entenderlo, reparemos antes en algo que a menudo se olvida: hoy compiten a nuestro derredor, en toda sociedad occidental, tres modelos de civilización.

Está, por supuesto, nuestra herencia de siglos: griega, romana, judeocristiana. Lo que cualquiera identifica como el legado europeo, el legado de Occidente, el legado de la Cristiandad. Pero a esta heredad le han surgido de reciente dos vigorosos rivales.

Uno de ellos ha sido importado: el islam, que ha llegado a los países europeos sobre todo vía inmigración legal o ilegal. Sí, desde antaño ha habido musulmanes en Europa y sí, hay autóctonos conversos. Pero de no ser por su alta tasa de inmigración y por su transmisión a segundas, terceras y cuartas generaciones de la fe islámica, los musulmanes hoy no serían más significativos entre nosotros que cualquier otra religión abrahámica, tal que los mormones o los testigos de Jehová.

Es más: otras religiones no cuestionan el marco jurídico en que se insertan, mientras que se diría que el islam no puede evitarlo. Por el sencillo motivo de que no consiste solo en una creencia sobre si Dios es así o asá, sino de todo un marco jurídico y político alternativo (el que se deriva del Corán, los hadices y la sunna). Dicho de otro modo: el islam no es solo una fe metafísica, sino toda una civilización alternativa a la nuestra. Una que concatena política y religión de modo férreo. Y solo así se entienden los problemas que sus inmigrados suscitan, mientras que los budistas, confucianos o ateos, no.

Y bien, junto a estas tradiciones occidental e islámica, el tercer jugador hoy en liza es mucho más reciente, pero no más bisoño. Hablamos, claro está, de algo que aún no tiene un nombre bien definido, aunque todos lo percibamos alrededor: wokismo, progresismo, lo políticamente correcto, la cultura de la cancelación, la política de la identidad, el deconstructivismo, la interseccionalidad. Se trata de un modelo de civilización alternativo porque desea (y de ahí recibe uno de sus nombres) deconstruir nuestra herencia civilizacional. ¿Con qué fin? Sustituirla por otra más «inclusiva», nada opresiva, más «diversa», menos «heteropatriarcal-colonialista-racista-homófoba-especista-antiecológica».

Cuando dos civilizaciones se enfrentan acaso solo quepa un choque entre sus dos trenes; pero si tenemos tres participantes, la cosa da mucho más juego. Dos pueden aliarse contra la tercera, por ejemplo.

«Islam e izquierda ‘woke’ caminan a menudo unidas, pese a sus enormes diferencias»

Eso es lo que hoy contemplamos: las dos nuevas candidatas a la hegemonía, islam e izquierda woke, caminan a menudo unidas, pese a sus enormes diferencias. Ambas piensan que ya se ocuparán de su actual compañera de bando cuando hayan derrotado al rival común: la civilización aún hoy hegemónica, la occidental de toda la vida. De hecho, cada una piensa de sí misma que, si logra derrotar nada menos que a la tradición secular más típica de Europa, ¡cómo no vencer luego a su actual aliada, tan novedosa en tierras europeas como es!

Esta alianza wokismo-islam es tan evidente que sorprende que aún sorprenda que los partidos de izquierda, teóricamente feministas, caminen de la mano de los muy patriarcales islamistas. Ha ocurrido en el resto de Europa y es normal que en España suceda igual. Tampoco ha de extrañarnos que los gobiernos izquierdistas subvencionen con una mano a asociaciones LGBT y con la otra a grupos musulmanes, en cuyos países de referencia a menudo el único gasto público que se dedica a homosexuales y transexuales es el que acarrea encarcelarlos o ejecutarlos. Ni debería asombrarnos tampoco que el periodismo español, tan sesgadete a la izquierda y «respetuoso con la diversidad» él, apenas haya dado bombo al dato de que el principal representante oficial del islam en nuestro país, Ayman Adlbi, lleve año y medio detenido por terrorismo. Imagine el lector por un instante la matraquita con que nos despertaríamos durante meses si se hubiera descubierto que el representante del Papa en España financiaba bombas con que masacrar ateos; o si un arzobispo cualquiera estuviese hoy encarcelado por montar una red de secuestro de agnósticos.

Es fácil, pues, entender que nuestros progres patrios hayan reaccionado con tanta parquedad ante el atentado a Rushdie. Cierto es que, por un lado, les gustan las sátiras antirreligiosas como la de este autor. Pero, por otro lado, ¡las que de veras les molan son las que se hacen contra el cristianismo! El escritor indobritánico les coloca, pues, en una situación incómoda. ¡Por qué tuvo que bromear sobre el islam! ¡Ya nos burlaremos de él una vez hayamos derribado juntos la civilización cristiana! ¡Pero no tan pronto como 1988, cuando se publicó su libro Los versos satánicos! A Rushdie le ha faltado sentido del tempo, de modo que un pequeño castigo casi que le resulta razonable.

De la izquierda actual, por consiguiente, hemos podido leer estos días como mucho vagas condenas hacia «todas las religiones»; condenas que aprovechan la sangre derramada por un musulmán en obediencia a clérigos musulmanes apoyados en textos musulmanes… para atacar a las abuelitas que recen el rosario en una parroquia de Mondoñedo.

«El progresismo ‘woke’ a menudo rechaza la racionalidad por ‘opresiva’ y ‘colonialista’»

Resulta además interesante extrapolar ese razonamiento a otras esferas: cuando alguien asesine por motivos políticos, ¿ello implicará también que todos los interesados en la política son un problema? O, si el criminal mata por despecho sentimental, ¿eso corrobora que todo amor erótico es un invento luciferino? Lo sé, estoy pidiendo coherencia argumentativa a un colectivo, como el del progresismo woke, que a menudo rechaza la racionalidad por «opresiva» y «colonialista»; pero ciertas preguntas surgen en la cabeza de modo espontáneo.

Hay más grietas, de todos modos, que el caso Rushdie nos recuerda, más allá de las dos que ya hemos señalado (la que aleja al progresismo actual de la tradición occidental y la que amenaza su alianza con el islam). Pues dentro de esta última religión, a su vez, atentados de este carácter destapan asimismo cierta quiebra.

Sí, sería injusto afirmar que todos los musulmanes gozan cuando se arrebata la vida a los críticos con su religión; pero también sería injusto atribuir a los musulmanes moderados una especial belicosidad contra sus feligreses más violentos. Hace tiempo que lo venimos defendiendo aquí en The Objective: mucho se avanzará cuando millones de musulmanes se manifiesten contra los crímenes que se cometen en nombre de su fe, igual que mucho se avanzó cuando los vascos empezaron a llenar sus calles contra ETA.

«Entre nosotros también crece cierta hendidura que aleja a los más liberales y a los más conservadores»

Ahora bien, acaso la fractura más interesante que Rushdie nos revela no sea ni la que divide entre sí a los musulmanes (y acobarda un tanto a los más moderados de ellos), ni la que fragmenta a los progres en contradicciones, ni la que pone en riesgo la alianza entre estos dos grupos. Pues la fractura más interesante que Rushdie nos revela tiene que ver con quienes no profesamos el islam ni el wokismo. Tiene que ver con quienes nos sentimos orgullosos herederos de la civilización occidental, quienes nos vemos compatriotas de Atenas, Roma y Jerusalén.

Entre nosotros también crece cierta hendidura que aleja a los más liberales y a los más conservadores. Estos últimos están algo cansados ya de que la religión pueda ser objeto de mofa constante; desconfían de una sociedad que solo sabe reírse, pero no gozar, de lo sagrado; no entienden que cuando más trabas se ponen a todo tipo de chistes (contra gais, negros, moros, mujeres, gangosos, gitanos…) a su vez se tolere cualquier irreverencia contra los creyentes.

Quienes recogen, en cambio, la faceta más ilustrada, más liberal de nuestra tradición, siguen pensando que la crítica, incluso la más mordaz, contra religiones, cleros y dogmas, ha proporcionado beneficios indudables a Occidente; que no podemos limitar la libertad de expresión cuando alguien se ofende (pues los ejemplos más interesantes de esa libertad son a menudo los más ofensivos); y que nadie, por muchas sotanas o hiyabs que se ponga encima, es quién para dictarme a mí qué puedo o no decir.

Estas cuestiones que enfrentan cada vez más a conservadores y liberales son de calado. De hecho, algunos sospechan que acabarán por dinamitar su coalición. Hablamos de este asunto hará un par de años aquí en The Objective. Baste ahora con señalar que ambos pueden reclamarse dignos herederos de Occidente, pues tan occidentales son el irreverente Voltaire como la piadosa Santa Teresa. O sus casos extremos: el patibulario Robespierre y el inquisitorial Torquemada.

Y esto ocurre porque Occidente es en realidad una gran paradoja: vivimos en una civilización que estimula las correcciones a esa misma civilización. Es parte de nuestro ADN la crítica racional de los griegos y la irreverencia judía contra el poderoso; el cristianismo nos enseñó la importancia de la conciencia individual, aunque sin despreciar por ello el sentido de comunidad. Tratar de conjugar elementos tan dispares constituye nuestra grandeza, pero también nuestro talón de Aquiles. Cuando Dios nos otorga un don, lo acompaña siempre de un látigo, como diría Truman Capote; un látigo que sirve solo para autoflagelarnos.

¿Saldremos sanos y salvos de todo esto? De momento, parece que Rushdie se recobra poco a poco del crimen sufrido, aunque quizá pierda algún ojo. Si un escritor de 75 años es capaz de tal recuperación, ¿no lo será nuestra civilización con más de tres mil años judíos, unos dos mil seiscientos años grecorromanos y dos mil años cristianos detrás?

A nosotros atañe la respuesta a esa pregunta. Pues una civilización nunca es solo unos libros venerables, una arquitectura hermosa o un pasado glorioso. Una civilización es la que nos dice por qué merece la pena vivir.

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