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Javier Benegas

Individualistas e infantiles: así nos quiere el poder

«Las viejas sociedades capitalistas competitivas han dado paso a sociedades tecnocráticas dirigidas»

Opinión
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Individualistas e infantiles: así nos quiere el poder

La ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030, Ione Belarra (i), y la ministra de Igualdad, Irene Montero. | Europa Press

Uno de los argumentos más comunes para denostar el liberalismo consiste en hacerle responsable de identificar el bien con el placer. Esta supuesta característica, junto a su defensa de la libertad individual, estaría en la raíz del egoísmo rampante que, al decir de los críticos, ha sumido a las sociedades desarrolladas en una suerte de crisis existencial. El liberalismo sería por tanto culpable, entre otros males, de la desaparición del principio de autoridad, la decadencia de la familia o la crisis demográfica. Una suerte de pensamiento corrosivo que arruina el marco de entendimiento común.

En síntesis, el liberalismo sería incompatible con la supervivencia de la sociedad. Sin embargo, el liberalismo poco tiene que ver con esta idea. De hecho, aspira a salvaguardar la sociedad, en tanto que la considera un ente distinto del Estado, compuesto por personas, que se asocian libremente y forman comunidades de interés que los políticos no tienen de ningún modo derecho a someter. Y es aquí, paradójicamente, donde los críticos del liberalismo entran en contradicción con sus propios argumentos, pues en realidad no defienden a la sociedad, sino una determinada idea de sociedad que el Estado debe promover y asegurar. Incluso, si es preciso, imponer. 

Si ha llegado hasta aquí, querido lector, no deje de leer porque no voy a aburrirle con disquisiciones sobre lo que es o no el liberalismo. Que cada cual piense lo que mejor le parezca. Al fin y al cabo, adaptando el dicho popular, la opinión sobre el liberalismo es como los culos, cada cual tiene el suyo. Lo que quiero es despertar su curiosidad planteándole algunas dudas sobre el origen de ese irritante individualismo que parece asolar a las sociedades desarrolladas. Porque su origen y propagación podría no estar tan relacionado con el liberalismo como pudiera parecer. Y, en cambio, tener bastante que ver con la evolución del pensamiento marxista hacia una nueva vía: la socialdemocracia. Qué es esta nueva vía lo explicaba en un artículo publicado en este mismo medio, pero, para no abusar de su paciencia, lo resumiré en el siguiente párrafo. 

Es evidente que las viejas sociedades capitalistas competitivas han dado paso a sociedades tecnocráticas dirigidas. Y este es un logro netamente socialdemócrata. La socialdemocracia, al igual que el marxismo, era contraria a la sociedad capitalista. Sin embargo, a diferencia del marxismo, propuso transformar el modelo capitalista de forma gradualista, sin violencia. En vez de expropiar los medios de producción, los dejaría en manos privadas porque era mucho más eficiente. A cambio, condicionaría los bienes y servicios que las empresas proporcionan a los ciudadanos «modernizando» la forma de pensar de las personas, para que llevaran una vida sana y correcta. Así el capitalismo no se controlaría por el lado de la oferta, sino por la demanda.

De este propósito de modernizar la forma de pensar surgirá la «teoría de la individualización» o de la «independencia individual» promovida desde el Estado, cuya finalidad original era erradicar las desigualdades entre hombres y mujeres, pero que, con el tiempo, acabaría apuntando en muchas direcciones, incluso hacia las relaciones padres e hijos. 

Básicamente, esta teoría consiste en desarticular los elementos nucleares de la familia tradicional y promover en su lugar nuevas formas de «familias elegidas» que se situarán bajo el paraguas de lo que se ha dado en llamar «familia democrática». Así, mediante elx debilitamiento de las estructuras sociales tradicionales de clase, género, religión y familia, las personas dejan de tener trayectorias vitales predefinidas y pueden decidirlas por sí mismas; es decir, ser realmente libres. 

Por supuesto, criticar esta idea olvidando que en el pasado las mujeres eran objeto de una fuerte discriminación, es injusto. Pero ocurre que ese contexto ha cambiado de forma radical, mientras que la teoría de la independencia individual ha permanecido inalterable. Hoy se sigue argumentando que la familia y, en general, los lazos entre individuos no son realmente espontáneos, ni tampoco fruto de la libre elección: son, por el contrario, consecuencia en buena medida de una dependencia forzada o, como dicen algunos, de determinadas condiciones estructurales. Así pues, para asegurar la libertad individual hay que subsidiar esta dependencia. Pero subsidiar no es erradicar. Y este matiz es clave, porque la dependencia no desaparece: simplemente se traslada de la sociedad al Estado. 

Si bien un efecto muy madrugador de la socialdemocracia fue que la lucha contra la desigualdad de clases pivotara hacia la lucha contra la desigualdad de género, al principio la socialdemocracia se enfocó en la redistribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades. Pero su pulsión transformadora y su mecánica gradualista no tardarían en catapultarla hacia una nueva dimensión: la dimensión terapéutica. Este salto supuso un cambio radical: el estado emocional del individuo dejó de ser un asunto de carácter privado para convertirse en una cuestión de interés público. 

Una vez «sentirse bien» se convierte en una competencia del Estado, por lógica todos los estilos de vida, costumbres o tradiciones pueden y deben ser cuestionados desde el poder. Más aún, las experiencias vitales, las relaciones con los demás, los fracasos y el duro aprendizaje…, en definitiva, todo lo que antaño la sociedad consideraba consustancial a la formación del carácter, pasaron a considerarse potencialmente nocivos, traumáticos… y convenientemente evitables.

Si se fija, querido lector, uno de los factores que contribuye, por ejemplo, a que la paternidad sea cada vez menos deseable, además de la incertidumbre económica o la preferencia por la autosatisfacción, es el empeño que pone el Estado, a través de los expertos, en convencer a las personas de que carecen de los conocimientos pedagógicos y psicológicos necesarios para ser buenos padres. Esta ignorancia, nos advierten, puede desembocar en un fracaso con secuelas emocionales que marcarán de por vida a los hijos. Si aún así decides tenerlos, el Estado te dirá que los hijos no te pertenecen y que, por su propio bien, debes delegarle su educación.

Todo esto forma parte de la teoría de la independencia individual, donde la idea de la familia democrática promueve una autoridad negociada entre padres e hijos, y sobre la que se ha desarrollado a su vez la «cultura del consentimiento», cuya expresión más delirante es que a los bebés se les pida permiso antes del cambio de pañales con el fin de construir un modelo de «comunicación compasiva», tal y como sostenía la «experta en sexualidad» australiana Deanne Carson. Pero más allá de esta anécdota, son tantas las cosas que, al parecer, ignora el ciudadano común que los hijos se perciben como una fuente de desdichas y catástrofes. Así que mejor abstenerse de ser padre o madre y vivir la vida evitando tan angustioso compromiso. 

Pero, ¿qué tiene que ver esto con el individualismo corrosivo que se le imputa al liberalismo? Pues bastante. La suplantación de los lazos sociales o, si se prefiere, de la dependencia entre individuos por una intensa dependencia del Estado, no solo tiende a desconectar a los individuos unos de otros, aislándolos entre sí; también los alienta a percibir el mundo no como un entorno desafiante y complejo al que deben adaptarse, sino al revés: como un entorno que debe adaptarse a sus necesidades, materiales y emocionales. Esta inversión, por supuesto, es posible mediante la intervención estatal. Pero no es verdad. El Estado no puede proporcionarnos mundos alternativos, lo que hace es atraparnos en el umbral de la existencia.

Así que lo que vemos tan a menudo no es un individualismo liberal, donde el reconocimiento se obtiene mediante el arriesgado ejercicio de la libertad, porque ser libre implica ser responsable, y eso a menudo es desagradable, sino un individualismo infantil y egocéntrico que demanda de derechos que tienden a infinito y que el propio Estado alienta. Es el Estado, y no el liberalismo, el principal promotor de un individualismo inmaduro, temeroso y suspicaz, que exige entornos a la carta y es incompatible con cualquier marco de entendimiento común.

«La evolución del Estado social hacia el Estado terapéutico, es decir, del ciudadano a paciente, supone una vuelta de tuerca adicional que no sólo altera la relación entre las personas, convierte a estas en súbditas absolutas del poder»

Si ya es imposible conciliar un bienestar material dependiente del Estado con la visión democrática del ciudadano libre que toma sus propias decisiones, la evolución del Estado social hacia el Estado terapéutico, es decir, del ciudadano a paciente, supone una vuelta de tuerca adicional que no sólo altera la relación entre las personas, convierte a estas en súbditas absolutas del poder. 

Desgraciadamente, gran parte de este proceso se ha normalizado y propagado por doquier. Como prueba de ello, y para finalizar, recientemente el líder de la oposición se quejaba amargamente al presidente del Gobierno por su plan de ahorro energético. Pero no lo hacía porque lo considerara un abuso de poder hacia el ciudadano, sino porque se excluía del ejercicio de este abuso a los gobiernos autonómicos. Para ser una persona que pretende mantenerse alejada de las ideologías resulta bastante sorprendente, la verdad.

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