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Miguel Ángel Quintana Paz

Idea para un nuevo tipo de ONG

«Una ONG que atienda a las personas de un sector que parece no existir, a quienes padecen las consecuencias de la inmigración, pero no se han movido de su casa»

Opinión
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Idea para un nuevo tipo de ONG

THE OBJECTIVE

Hay gente que quiere ayudar a otra gente. De antiguo se les denominaba filántropos, hoy se les conoce más bien como oenegés. O, si queremos ponernos técnicos, su nombre sería TSAS («Entidades del Tercer Sector de Ayuda Social»). Con el tiempo, las siglas siempre se van complicando.

Hay inscritas unas 28.000 organizaciones de esta clase en España. Ante tan abigarrado plantel, ¿no es iluso aspirar a crear un nuevo tipo de ellas? ¿Sugerir una ONG que se ocupe de lo que ninguna se haya ocupado aún?

En esta sección de THE OBJECTIVE, sin embargo, nos gustan los retos. Ya hemos hablado, por ejemplo, de Franco sin hablar de Francisco Franco. O hemos defendido el populismo cuando casi todo el mundo se mete con él. Hoy arrostraremos, pues, uno nuevo: el de abogar por una oenegé que atienda a las personas de un sector que parece no existir.

Esas personas son muy diferentes entre sí, pero comparten un rasgo. Todas ellas están sufriendo los daños que causa una inmigración descontrolada. Por supuesto, hay ONG, muchas, que se encargan de la ayuda a los inmigrantes. Lo que aquí estamos sugiriendo es ayudar a quienes padecen las consecuencias de la inmigración, pero no se han movido de su casa. ¿A quiénes nos referimos?

«El 52% de las violaciones en España las cometen extranjeros»

Nos referimos a esas chicas que ya no pueden caminar tranquilas por su calle a la hora que quieran, porque hay grupos de jóvenes varones, con toda la testosterona de la juventud y la virilidad, pero sin el amortiguador de la educación civilizada, que las atemorizan. No se trata de miedos infundados. El 52% de las violaciones en España las cometen extranjeros, aunque estos representen solo el 11% de la población.

Nos referimos a esos matrimonios ancianos que han visto transformarse su barrio en poco tiempo. No estamos pensando en barrios ricos, sino en los periféricos. En el sentido de «periférico» que utiliza Christophe Guilluy: aquello que está aparte de los flujos de riqueza, pero también del foco de los periodistas, de las preocupaciones de los políticos. Pensemos en esa viuda octogenaria que ya no puede llevar tranquila por el parque la alianza que le recuerda a su aún amado difunto. Quizá porque tiene miedo de que se la roben. Quizá porque ya se la robaron en alguna ocasión anterior. Entre inmigrantes se comete más del doble de delitos de este tipo que lo que les correspondería en proporción.

Nos referimos a muchos trabajadores españoles en paro, que tienen difícil acceder a sueldos y empleos dignos. Nuestro país tiene aún el doble de tasa de desempleo que el resto de la Unión Europea. Por algún motivo, sin embargo, se nos dice que necesitamos todavía importar más y más mano de obra. Es curioso que las dos escuelas económicas que rivalizaron entre sí durante la Guerra fría, hoy coincidan en destapar la trampa de esos discursos. Karl Marx detectaría enseguida que estamos hablando de lo que llamaba un «ejército industrial de reserva»: un exceso de trabajadores que aseguran que los salarios puedan mantenerse bajunos. Por su parte, tanto Friedrich Hayek como Milton Friedman desconfiaban de la combinación entre inmigración indiscriminada y nuestros Estados de bienestar: hoy un inmigrante no tiene el estímulo de venir a un país, integrarse, trabajar, aceptar las leyes y así poder sobrevivir bien aquí; hoy el estímulo es simplemente venir.

«Las fuerzas de seguridad han visto multiplicarse los riesgos de terrorismo entre esos inmigrantes cuya meta no es trabajar»

Nos referimos a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Han visto multiplicarse los riesgos de terrorismo entre esos inmigrantes cuya meta no es, al llegar aquí, trabajar. O al menos, no lo es trabajar en cosas legales. España sigue siendo un «objetivo permanente» para los yihadistas; por cada atentado que, por desgracia, nos acaece, son innumerables los que logran desactivarse. Mediante un esfuerzo ímprobo de nuestra policía. Pero nadie es perfecto y, algún día, otra desgracia teñirá nuestros pavimentos de sangre. Cuanto mayor sea la población proclive a estas calamidades, más difícil será evitarlas.

Nos referimos a colegios en que la educación ha empeorado; de servicios sanitarios que se hallan desbordados. Los dirigentes políticos de izquierda suele aducir que todos esos problemas tienen fácil solución: dedicar más y más dinero a todo ello. Se diría que extrapolan la mentalidad que han aplicado en su vida: ellos también se libran de colegios públicos y sanidad pública solo con euros, muchos euros; los que les cuesta comprarse viviendas en urbanizaciones y seguros de salud en hospitales donde el único inmigrante al que divisan es al encargado de la limpieza.

Y es que (reconozcamos nuestras limitaciones) nuestro proyecto de nueva ONG donde no hallará damnificados por la inmigración será entre los ricos. Al contrario. A un vecino de la madrileña calle de Serrano, que lleguen nuevos inmigrantes ilegales a Vallecas en realidad le beneficia: acaso pueda dejar de pagar 5 euros, y empezar a pagar solo 4, al mozo que le trae la compra; acaso pueda rebajar de 12 a 10 euros por hora el pago a la filipina que le cuida a los niños. La delincuencia, además, será mucho menos frecuente por su calle que por Carabanchel Alto. Su hija adolescente, que usa Uber para desplazarse de un lado a otro, apenas notará las miradas que lanzan bandas juveniles desde la acera.

Desde siempre los filántropos han sido sobre todo gente acomodada; quizá eso explique que se les haya escapado este tipo de ONG que proponemos, pues sería una ONG contra sus intereses de clase.

También han abundado siempre las personas caritativas en las iglesias, lo cual nos plantea una duda más peliaguda. ¿Por qué hay tantas organizaciones católicas dedicadas a todo tipo de perjudicados, pero no a los de la inmigración?

«No hay ningún dogma católico que imponga cargar de apuros a las viudas, las doncellas, los obreros…»

De hecho, para la otra cara del asunto (los propios inmigrantes) hay centenares de asociaciones dedicadas, millones de presupuesto consagrado. Y bien está, pues también hay inmigrantes que lo pasan mal. Mas no son los únicos. Parece que si la víctima es extranjera, nuestro buen samaritano de hoy día se detiene a cuidarla; pero si la víctima es un connacional de los antes descritos, se convierte en un mal samaritano, o simplemente un levita que pasa de largo. No parece que ese fuera el mensaje de la parábola de Jesús.

Es más, la doctrina oficial de la Iglesia católica es muy clara sobre este asunto: se recomienda la ayuda al inmigrante como ser humano que es, por supuesto; pero también se reconoce el derecho pleno de cada nación a decidir qué inmigración le es aceptable y cuál no. Así, el Catecismo de la Iglesia Católica (2241) establece que «las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas» y pueden establecer «deberes de los emigrantes respecto al país de adopción». El dogma de «puertas abiertas a toda la inmigración, pase lo que pase» no es, simplemente, un dogma católico. Porque no hay ningún dogma católico que imponga cargar de apuros a las viudas, las doncellas, los obreros y los demás grupos citados en los párrafos anteriores.

Sí que existe el mandato cristiano de ser generosos y por ello aquí ofrecemos gratis esta idea a creyentes y no creyentes, ricos y menos ricos, mujeres y hombres: urge crear una, dos, cien oenegés de ayuda a todos esos colectivos damnificados. Probablemente ni George Soros ni Bill Gates las financiarán; aun así, deben crearse. Probablemente se les abrumará con todo tipo de denuestos, porque los problemas que tratarán de resolver nuestro establishment ha decidido que no existen; aun así, deben crearse. Probablemente los gobiernos no les adjudiquen apenas subvenciones; aun así, deben crearse. Pues esa falta de subvenciones las convertirá, de hecho, en las ONG que mejor responden a su nombre: recordemos (aunque hoy apenas lo parezca) que la N y la G de esas siglas significan «no gubernamental».

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