THE OBJECTIVE
Fernando Fernández

Llanto y responsabilidad juvenil

«Los jóvenes de hoy no están peor que sus padres a su edad. Claro que hay problemas, pero son lujos de país rico. Que aprovechen sus oportunidades»

Opinión
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Llanto y responsabilidad juvenil

Pensaba hablarles de  reglas fiscales y gobernanza europea. Se lo debo, aunque no estoy seguro que les apasione. Una encuesta de Sigma Dos en El Mundo sobre las preferencias de los jóvenes me ha hecho cambiar de opinión. «La primera generación que no vive para trabajar» titulan sin pudor. Yo hubiera preferido, «La España de la opulencia, una generación que pretende vivir del trabajo de los demás», pero claro eso hubiera sido crispar y hasta me acusarían de provocar un conflicto generacional. Porque la pregunta que debería hacer la encuesta y no hace es quién les paga la fiesta a estos supuestos modernos que nos miran con superioridad a los pringaos que solo sabemos trabajar. La pregunta relevante, insisto, es si piensan vivir de sus padres y de lo que hereden aprovechando que son casi hijos únicos, o del Estado y de lo que éste les regale por su derecho a ser felices.

A esto de vivir del trabajo ajeno le pasa como al déficit público, que en el pensamiento posmoderno se ha vuelto progresista. Las históricas proclamas de la izquierda, «la tierra para el que la trabaja», «garantizaremos la igualdad de oportunidades», han sucumbido a las políticas identitarias. El derecho al trabajo es ahora reaccionario y lo progresista es el derecho de las nuevas generaciones a que alguien les pague para que sean felices. El pensamiento dominante es tan unidireccional que la falacia de que maltratamos a los jóvenes se ha convertido en lugar común. Por eso conviene pensárselo dos veces y analizarlo con cierto detenimiento.

En el origen de este argumento hay un supuesto falso y una argumentación falaz. Todas las generaciones de jóvenes anteriores han vivido mejor que sus padres. Falso, esto solo ha sido cierto en momentos históricos concretos y en lugares muy determinados. La historia económica, mundial, desde luego la de España,  no permite sostener un crecimiento lineal y universal del PIB per cápita, sino que está más bien llena de décadas perdidas o siglos trágicos. Pero además, aunque así hubiera sido, nada hay en la condición humana o en las leyes de la naturaleza que garantice crecimiento, prosperidad y bienestar. Si hay derecho a la felicidad, hay que ganárselo, no cae del cielo. Y son legión, los países que no parecen haber tenido mucho éxito.

«Los jóvenes han pasado de ser fuerza de trabajo a sujetos de derechos y ninguna responsabilidad»

Con esto del crecimiento pasa como con la baja inflación, que llevamos tantos años ininterrumpidos disfrutando de ello, realmente solo dos generaciones desde el final de la Segunda Guerra Mundial y en España desde los años sesenta, que nos hemos acostumbrado y lo hemos considerado primero normal y luego un derecho natural. Hasta que la realidad nos obliga a despertar. Y a replantearnos eso que los economistas llamamos política de oferta, las que aumentan el PIB potencial. Confieso que en mi ingenuidad estaba convencido que las tres crisis sucesivas -la financiera, la covid y la guerra de Ucrania- que han resultado en una larga década perdida nos iban a llevar a reforzar nuestro compromiso con las políticas de crecimiento. Claramente había subestimado el poder de la inercia y la nostalgia, la fuerza corrosiva de las políticas sentimentales, del nacionalismo y la identidad de género, raza o religión, de los fundamentalismos absolutistas.    

La sacralización de la juventud es una de esas identidades renovadas que nos ha traído la abundancia económica y la prosperidad social. Permítanme que abuse del lenguaje economicista para abreviar mi exposición. Igual que los niños han pasado de ser una inversión a convertirse en un bien de consumo, y con ello ha cambiado profundamente la valoración social de la infancia, los jóvenes han pasado de ser fuerza de trabajo a sujetos de derechos y ninguna responsabilidad. La juventud se ha mitificado. Es ahora ese período de la vida en el que uno no tiene responsabilidades y por lo tanto nada de lo que se haga puede tener consecuencias. Se ha confundido el derecho a equivocarse con que el error no tenga precio o que lo paguen otros.

Unos cuantos indicadores básicos deberían bastar para ilustrar mi tesis. Los jóvenes viven mejor ahora, han aumentado los años de escolarización y el porcentaje de jóvenes que se incorporan a la universidad a la vez que se ha retrasado la edad de incorporación al mundo laboral. En España mucho más que en otros países europeos. Cierto la tasa de paro juvenil es inaceptablemente alta. La interpretación habitual es que estamos defraudando a los jóvenes, les estamos robando su futuro. La realidad es bien otra. De un análisis desagregado de las cifras de desempleo juvenil, granular como se dice ahora, se extraen varios hechos estilizados. Se los resumo. 

Primero, no todos los jóvenes sufren las mismas tasas de paro, los estudiantes universitarios y algunas especialidades de Formación Profesional tienen tasas significativamente menores. Uno tiene derecho a estudiar o no, pero no lo tiene a cargar a otros con las consecuencias. Segundo, no da igual cómo se estudia. Los buenos estudiantes, -concepto que engloba algo más que el estricto expediente académico para incluir idiomas, prácticas, Erasmus, etc.- se colocan estadísticamente antes y mejor. Uno tiene derecho a que le garanticen el acceso al estudio, pero no a que le aprueben y le coloquen. Igualdad de oportunidades sin duda, pero no de resultados. Tercero, no da igual lo que se estudie; hay carreras o estudios de FP, prácticamente sin paro y otras sin empleo; hay carreras con distribuciones salariales de baja desviación típica y otras donde ésta es prácticamente infinita. Uno tiene sin duda derecho a estudiar lo que quiera, pero también a saber y asumir las consecuencias de lo que estudia o deja de estudiar, porque ni sus padres ni el Estado pueden o tienen la obligación de garantizarles el empleo y el salario de sus sueños. Cuarto, la prosperidad de una cohorte demográfica está relacionada con su tamaño. Nosotros, los hijos del baby boom éramos tantos que lo teníamos crudo al acceder al empleo. Los hijos únicos de ahora lo tiene mucho  mejor, si quieren y España crece.

«Las generaciones anteriores, esas que según el discurso oficial lo tenían tan fácil, emigraban y ocupaban chabolas»

El acceso a la vivienda es otro de los indicadores que suelen citarse como muestra de dificultad para los jóvenes actuales. Tanta dificultad que ha generado un derecho nuevo, el derecho a la emancipación. Con su correspondiente partida presupuestaria a cargo del contribuyente. Perfecto, pero no olvidemos los hechos. Las generaciones anteriores, esas que según el discurso oficial lo tenían tan fácil, emigraban y ocupaban chabolas, ¿se acuerdan?, vivían en corralas con baño compartido pero no precisamente por conciencia ambiental, y los privilegiados que accedían al crédito hipotecario, lo hacían como máximo a ocho años, por el 50% del valor del piso y con tasas de interés a euríbor más 5, y se iban a lo que entonces llamábamos extrarradio. Créanme que sé de que les hablo, y no es la prehistoria. Tan solo antes del euro, exactamente hace una generación. 

Los jóvenes de hoy no están peor que sus padres a su edad. Bajo ningún concepto económico, y desde luego menos aún si incluimos entre los indicadores de bienestar consideraciones sociopolíticas y una valoración mínima de los otros bienes públicos a su disposición, como el acceso a la cultura, las instalaciones deportivas, el tiempo disponible, las posibilidades de viajar  y otras alternativas de ocio. Basta ya de tanto llanto y lamento. Claro que hay problemas, pero son lujos de país rico. Que espabilen y aprovechen sus inmensas oportunidades. Si quieren, aunque a juzgar por la citada encuesta y sus buenistas glosadores, no parecen partidarios. Será su problema, que no se quejen. Y el nuestro, porque las economías se estancan y las sociedades se agotan. No me dan ninguna pena los jóvenes. Me dan pena sus padres. 

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