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Francesc de Carreras

El socio que te va a tumbar

«La clave de todo este embrollo político está en ERC, que maneja los hilos de la tramoya con gran inteligencia y, en general, logra todo lo que se propone»

Opinión
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El socio que te va a tumbar

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Desde la moción de censura de 2018 que le elevó a la presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez está incómodo con los socios que le apoyaron y le siguen apoyando. Entre otras cuestiones, tanto o más importantes, le obligan a desmentirse continuamente de sus afirmaciones anteriores y el ciudadano tiene la sensación de que es un gobernante sin rumbo, sólo obsesionado por permanecer en el cargo. Quizás por eso su imagen se ha deteriorado tanto.

Su socio más próximo, sobre todo desde enero de 2021, es Unidas Podemos, que sienta a cinco de sus miembros en el Consejo de Ministros. Ya dijo Sánchez que si esto sucedía no podría dormir tranquilo, buen ejemplo de profecía autocumplida. Primero le inquietaba Pablo Iglesias, por otras razones en los últimos tiempos Yolanda Díaz y, en las últimas horas, Irene Montero que, una vez más, ha demostrado su incompetencia profesional como política, aunque sea una buena agitadora y activista. Pero a Podemos lo tiene Sánchez bastante controlado porque parece ser una formación política en fase de desintegración y quienes ocupan cargos se agarrarán hasta el final a los mismos porque no tienen adonde ir.

Socios más alejados, pero imprescindibles como apoyos parlamentarios, son ERC y Bildu. Este último parece ser, con sólo seis escaños en el Congreso, de importancia menor. Pero no lo es, especialmente porque al ser desde el punto de vista electoral fronterizo con el PNV arrastra a éste, que con solo un escaño de diferencia es consciente que puede ser rebasado por los abertzales. En definitiva, entre uno y otro suman 13 votos, igual que ERC.

«Este tabú de no pactar nunca entre sí los dos grandes partidos situados en el centro político, el PSOE y el PP, es uno de los grandes problemas de la política española y ambos tendrían que hacérselo mirar»

Después sigue un cuenteo de pequeñas formaciones, entre uno y cuatro votos que completan las mayorías que el Gobierno necesita para tirar adelante su proyecto -mantenerse en el poder- y también hay que concederles algo para tenerles contentos. Todo ello, obviamente, es muy complicado e impide a los socialistas dar la sensación de que dirige  un ejecutivo coherente y fuerte, el que necesita este país. Pero eso lo sabían Pedro Sánchez y el PSOE cuando decidieron aceptar la trampa de la moción de censura en 2018; tras las elecciones de 2019 tampoco hicieron esfuerzo alguno en pactar con Ciudadanos -aunque el error principal recayó en este partido- y, finalmente, decidieron en 2020 formar gobierno con Podemos. 

Este tabú de no pactar nunca entre sí los dos grandes partidos situados en el centro político, el PSOE y el PP, es uno de los grandes problemas de la política española y ambos tendrían que hacérselo mirar. Quizás algún psicólogo alemán, o báltico, podría aclarárselo. No sólo hay dos Españas sino que, afortunadamente, hay muchas más. Pero se persiste en que sólo hay dos y, además, irreconciliables. Imposible un acuerdo entre ellas. Ahora a eso le llaman polarización.

A mi parecer, la clave de todo este embrollo político está en ERC, que maneja los hilos de la tramoya con gran inteligencia y, en general, logra todo lo que se propone. En efecto, este partido catalán tiene una gran virtud: en cuanto a sus principios no engaña. Al menos desde 1989, hace más de treinta años, ha dicho siempre que su objetivo es la independencia de Cataluña. Además, tiene otra característica que sus socios ya deberían saber: es desleal con ellos precisamente porque es absolutamente leal a su objetivo principal y casi único. Todo vale, especialmente la táctica leninista de dos pasos para adelante y uno para atrás. Su itinerario político sólo puede comprenderse desde esta perspectiva. Listos los de Esquerra. Y coherentes. 

Sigamos este itinerario. Hace más o menos 22 años pactaron con los socialistas catalanes, unos auténticos pardillos de la política, reformar el Estatuto de Cataluña y formar grupo parlamentario conjunto en el Senado. El camino para llegar adonde estamos había sido abonado desde 1980 por la Convergència de Jordi Pujol mediante el proceso de «construcción nacional», pero había que iniciar una nueva etapa: la paciencia se había terminado y debía comenzar el tiempo de la independencia.

Así fue: un gobierno tripartito presidido por Maragall y después por Montilla, un aumento de la tensión en Cataluña con el «España nos roba», entre otros mensajes de odio. El Estatuto no se reformó sino que se aprobó uno nuevo que desbordaba ampliamente las previsiones constitucionales. Todo ello dirigido sibilinamente por ERC, que al final se descolgó de la aprobación estatutaria porque no se transferían a la Generalitat ¡las competencias en aeropuertos! Una gran falacia: simplemente, ERC no quería mancharse las manos y poder decir siempre que aquel estatuto de autonomía no era el suyo, que ellos estaban por otro más atrevido que les pudiera conducir hacia la independencia.

Por el camino se habían zampado al PSC, que fue superado pronto en votos por Ciudadanos y, además, muchos otros votantes socialistas se apuntaron a Esquerra, incluidos varios consejeros del tripartito. También pusieron contra las cuerdas a Convergència i Unió, su competidor nacionalista, que a partir de 2015 empezó a trocearse y ahora nadie sabe donde está. Hábilmente, ERC fue apoderándose del espacio nacionalista y convirtiéndose en el partido  hegemónico en ese campo, dirigido desde las bambalinas por el astuto Junqueras que tiene como primer actor de su compañía de teatro al esforzado Aragonés. Además, y a eso vamos, también tiene al PSOE contra las cuerdas.

En efecto, con la excusa de que hay que pacificar Cataluña, el Gobierno está escenificando una política de apaciguamiento, como Chamberlain en los Sudetes. Como el mango de la sartén la tiene Junqueras, que además cuenta con los votos de PNV, Bildu y otros menores, además de la complicidad de Podemos, el PSOE se está cociendo a fuego lento. 

«Hay que dejar a ERC que siga apretando a Pedro Sánchez hasta hacerle llegar al borde del precipicio, que se cueza en su salsa hasta tumbarlo»

Primero fue la concesión de los indultos, ahora la amnistía fáctica al suprimir el impreciso delito de sedición – ¡qué gran error no haberlos condenado por rebelión, como pedían los cuatro fiscales y se ajustaba más a los hechos probados! – y pronto, en una tercera etapa, vendrá la petición final de la mesa de diálogo: alguna forma del llamado  «derecho a decidir» una de las maneras de denominar a la autodeterminación. Apaciguados unos cuantos catalanes, en todo caso menos de la mitad, pero enfurecidos el resto y, sobre todo, la inmensa mayoría de españoles. 

Además los de ERC tienen una especialidad: cuando se les concede una cosa inmediatamente piden otra más difícil de conseguir. Sucedió con Rodríguez Zapatero: cuando se les concedía un Estatuto pedían otro, al catalán como lengua oficial en la UE le sucedía la petición de que el catalán fuera lengua oficial en la Comunidad Valenciana en lugar del valenciano. Siempre objetivos imposibles para desprestigiar al contrario y quedar ellos como idealistas puros e inmaculados

Ahora ha sucedido lo mismo: tras la supresión del delito de sedición -una amnistía fáctica para varios miles de independentistas procesados o investigados – ya piden la reforma del delito de malversación y, si ello es complicado de aceptar, piden que esta reforma solo tenga eficacia jurídica para los nacionalistas catalanes. Siempre más. Este es el camino que suele recorre Esquerra, ante la pasmosa bobería del PSC y, actualmente, un proyecto del PSOE con sólo un punto: mantenerse en el Gobierno. 

Feijóo se equivocaría, a mi parecer, si planteara una moción de censura, no tiene votos suficientes para ganarla. Hay que dejar a ERC que siga apretando a Pedro Sánchez hasta hacerle llegar al borde del precipicio, que se cueza en su salsa hasta tumbarlo. Es la consecuencia de aceptar a tan malas compañías como socios.

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