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Juan Marqués

Yo también he leído 'Un tal González'

«Lo primero de lo que hay que avisar sobre el nuevo libro de Sergio del Molino es que se trata de un libro estupendo, en términos generales»

Opinión
3 comentarios
Yo también he leído ‘Un tal González’

Yo también he leído «Un tal González».

Yo también he leído Un tal González y tengo algunas cosas que decir. Lo primero de lo que hay que avisar sobre el nuevo libro de Sergio del Molino es que se trata de un libro estupendo, en términos generales, y por tanto lo segundo que hay que constatar es que produce bastante congoja asistir a la recepción crítica que está teniendo. Visto lo visto, si tienes un buen concepto de la figura de Felipe González, entonces el libro te gusta; si por el contrario tu balance del felipismo es negativo, entonces el libro no te gusta. Parece mentira que estemos así a estas alturas, que sea ésta nuestra madurez literaria.

Sergio del Molino se caracteriza, entre otras muchas cosas, por conseguir que sus libros la líen, y eso ya es un elogio objetivo que la sociedad le concede, pues lo que está pasando con su última «novela» es algo que sólo sucede con los libros importantes.

Es verdad que él se ocupa activamente de que eso sea así, ya que nadie maneja la provocación de un modo tan hábil como él: no sólo es que sus libros nazcan a menudo con cierta vocación polémica (o, mejor, que traten temas potencialmente calientes) y contengan opiniones muy controvertidas, sino que en sus intervenciones públicas o en sus redes sociales se ocupa de azuzar el debate, de cargar las tintas sobre lo más polémico, de hacer aún más extremas las cosas que hayan molestado en las páginas. Alguna vez se le ha visto rectificar o matizar alguna cosa, pero lo habitual es que lance dos tazas al que protestaba por la primera. Supongo que hace bien.

¿De qué trata Un tal González, que es algo que entre tanta reacción ya empieza a olvidarse? Es una reconstrucción, casi un reportaje, sobre cómo Felipe González se hizo con el control del PSOE y luego con el de la Moncloa, y, en un paso más, tal vez el que más importa al autor y a muchos de sus lectores, sobre cómo todo ello ha condicionado la vida de los que nacimos y crecimos por entonces. Y el resultado, insisto, es sobresaliente, literariamente muy alto y, en mi opinión, históricamente convincente.

Es un libro de un mérito muy grande, pero lo cierto es que este artículo mío aparece cuando el debate sobre el libro anda ya demasiado empantanado, ideologizado, feo, con lo cual, más que hablar sobre Un tal González, lo que se impone es salir al paso de las discusiones laterales, algo que da pereza pero que tal vez interese a alguien. Son apuntes sueltos, cosas que necesito explicarme sobre todo a mí mismo:

«La historia de la literatura no es un kiosco en el que cada cual compra el periódico con el que comulga, para sentirse bien al leerlo»

  1. La historia de la literatura no es un kiosco en el que cada cual compra el periódico con el que comulga, para sentirse bien al leerlo, para asentir, para sentirse acompañado y protegido. Puesto, por ejemplo, a leer sobre la Guerra Civil, prefiero mil veces que me la cuente el fascista Rafael García Serrano en la estupenda y terrible Plaza del Castillo a que la ideológicamente impecable y previsible Dulce Chacón me dé la empalagosísima tarta (bien sobre-edulcorada, eso sí, con «horror en polvo») que tituló La voz dormida, y que el Babelia, por cierto, ha colocado entre los cien mejores libros españoles de lo que llevamos de siglo… Hemos de intentar leer Un tal González al margen de lo que pensemos de González, del mismo modo que una novela que defienda en serio, qué sé yo, el exterminio de todos los canadienses puede ser una obra maestra de la literatura (sin dejar de ser por ello, claro, un libro aberrante y seguramente impublicable, por criminal): la calidad literaria y la legalidad de un mismo libro responden ante tribunales distintos.
  2. Dicho esto, será tal vez porque nos une lo generacional, pero ya he dicho que comparto en general las tesis de Del Molino en lo que respecta a la gratitud que los nacidos en torno a 1980 hemos de sentir ante la generación anterior, que nos ha legado este país, esta sociedad, esta vida tan rotundamente aceptable, con todas sus vilezas y averías pendientes. Yo soy la persona menos patriota del mundo: no es ya que no esté dispuesto a dar mi vida por España, es que no doy ni una uña, soy español sin ningún orgullo especial y sin la menor vergüenza, me tomo mi nacionalidad con naturalidad…, pero todo eso no me impide ver y agradecer que, en efecto, la España de hoy forma parte del pequeño espacio del mundo donde la vida puede desarrollarse de forma suficientemente decente. Claro que es absurdo atribuírselo todo a Felipe, pero por lo mismo sería injusto negarle su inmensa aportación a ese proceso de normalización, a esa «Transición» cuyo legado, como explica Del Molino, ha sido seriamente puesto en duda en los últimos años, y que, según pensamos muchos, hay que aplaudir y agradecer en términos generales.
  3. Esto hace que, en lo que a opiniones extraliterarias respecta, y también en lo que afecta a la opinión que nos merece el libro, esté yo más de acuerdo con Alberto Olmos que con Ignacio Echevarría en esos artículos que ambos han publicado, lo cual, una vez más, no me despista: comparar a Echevarría con Olmos es como comparar a Maradona con Karembeu, y no es que yo admire al primero de una forma rendida, pero es alguien que conoce la historia de la literatura, sabe pensar y escribe y razona muy bien, tres virtudes a las que el otro –tan activamente adulador hace pocos años y tan grosero ahora que ha comprobado que la actualidad paga mucho mejor la exhibición de ignorancia y de mal gusto– no se ha aproximado ni en sueños.
  4. Sí, a Del Molino se le va muchísimo la mano en los elogios a González, demasiado, pero ésa es su decisión como autor, o su perspectiva como ciudadano. Volviendo al punto 1, no se puede leer literatura como esos que denostan una serie de televisión porque no les gusta cómo termina. Que el desenlace no se corresponda con lo que tú hubieras preferido hace sólo eso: que no te guste el final. Pero eso no convierte en mala la serie, ni siquiera en malo el final. Claro que se puede y se debe criticar los excesivos ropajes de “elegido” con los que Del Molino enviste a Felipe, pero como una exageración en la crónica de la historia de esos años, no como un error literario en sí. Si en este libro González es poco menos que un prohombre, pues es un prohombre, hay que acatarlo, obedece a la lógica interna del libro, en la que el autor es soberano, y es una de las premisas sobre las que se construye todo. Que González comparezca como el héroe podría resultar, si se quiere, hasta cómico, pero no afecta a la extraordinaria calidad literaria de Un tal González.
  5. Del Molino dice incluso que la proximidad física de González le impone muchísimo respeto. Creo que es una licencia: no me imagino a Del Molino amedrentándose ni remotamente ante nadie. Puesto a ello, creo que a mí me asustaría más cenar a solas con el escritor que con el político (algo que digo, sobre todo, para deshacer la posible y falaz «lectura zaragozista» de esta reseña: no, no somos amigos, nos hemos visto y saludado tres o cuatro veces, hemos compartido alguna vez impresiones por escrito sobre algunos asuntos y él siempre ha sido amabilísimo ante algunas consultas que le he hecho, pero no creo que lleguen ni a trescientas palabras las que hemos cruzado).
  6. Lo que más me importa. Sé que a Del Molino le irrita que se ponga en duda eso que dice de que su nuevo libro es una novela, pero eso no debe intimidarnos a los críticos. Yo siempre he dicho que es novela todo aquello cuyo autor presenta como tal (pues si lo hace será por algo), pero también afirmo que, si ésta lo es, lo es en el peor sentido de la ficción, que es entenderla como coartada. Si yo fuera librero, desde luego, colocaría este libro en no ficción, y también lo propondría para premios de ensayo, nunca de novela (entre otras cosas porque entre los primeros podría tener alguna oportunidad). ¿Qué gana Del Molino con este juego genérico? Entiendo que lo que quiere es enfatizar con nobleza la subjetividad de sus páginas, en el sentido que yo decía antes, aparte de poder introducir su propia experiencia como niño que creció en el felipismo o como figura pública que un día tiene que hablar ante el expresidente sobre la España vacía (intrusiones autobiográficas que, en todo caso, cada vez admite mejor el ensayo: véanse los libros de Philip Hoare, o El infinito en un junco, o el Madrid de Trapiello: todos rebosan o al menos contienen páginas personales o subjetivas sin que ello haya comprometido su catalogación como ensayo, algo que, en todo caso, a mí me produce muchas dudas: que Madrid sea ensayo y Ordesa novela es algo que sólo se explica por proporción, y que en todo caso habrá que pensar en serio algún día, porque no acaba de sostenerse). Pero creo que con ello el autor cae un poco en lo que ya podríamos conocer como «la falacia Cercas», es decir, entender la ficción como trampa, y cualquier error u omisión que se le pueda atribuir al libro responderlo con un «allá me las den todas, porque es una novela y no lo has sabido entender porque no eres tan inteligente ni tan sofisticado como yo». Es algo que, literariamente, a Cercas sólo le ha salido bien en Soldados de Salamina, porque allí la historia narrada era menos comprometedora ante la Historia. Pero en Anatomía de un instante cayó en el abuso: eso de hacer como que Carrillo estaba muerto en el momento de la publicación del libro (2009) era, obviamente, un «error» deliberado que le otorgaba barra libre para poder decir lo que quisiera, o incluso para defender o al menos justificar a posteriori errores o excesos ya involuntarios. Y lo hacía, además, dándoselas de Coetzee, cuando en realidad es un truco de una simpleza extrema, al alcance de cualquiera. De hecho, es incomparablemente más fácil recurrir a ese subterfugio de la imaginación que ajustarse rigurosamente a la realidad (como sí ha hecho, por ejemplo, Paco Cerdà en su reciente y también excelente 14 de abril, que curiosamente, ha ganado un premio de no ficción cuando es un libro rotundamente narrativo, su tratamiento es explícitamente novelesco…: queda claro que también en la literatura estamos viviendo tiempos de trans-género).

Todo lo anterior, claro, no tiene nada que ver con los what ifs?, esas ficciones que parten de situaciones o personajes reales para fantasear con otras posibilidades, alterando los hechos para potenciar las tramas o adaptarlas a los intereses u obsesiones del autor, como hizo Philip Roth en La conjura contra América o Quentin Tarantino con la muerte de Hitler en Malditos Bastardos o el desenlace del «caso Sharon Tate» en Érase una vez en Hollywood, por decir los primeros ejemplos que se me ocurren.

Eso es totalmente legítimo: si un lector cae en esa «trampa», es por culpa de su torpeza o su ignorancia (como esos que creen que saben algo de la historia de los papas porque han leído algún premio Planeta pero no saben quién fue Norwich); si un lector cae en la «falacia Cercas», es ante todo por culpa de Cercas y de esa forma tan sibilina y tan peligrosa de entender la ficción, algo contra lo que, por cierto, cargarían muy en serio los historiadores si éstos leyesen alguna vez literatura. 

Supongo que no es todo esto lo que está en el ánimo de Sergio del Molino, pero entonces ¿por qué? Es como si yo dijera que esto que ando escribiendo no es un artículo sino un cuento. ¿En qué lo beneficiaría? Si nos ponemos así, a mí me serviría incluso para defender por detrás o cuando me convenga que en realidad a mí el libro no me ha gustado nada. Esto es: la literatura, al final, no como ficción sino como oportunidad para la mentira. No es una buena idea. Es algo que «se puede hacer», por supuesto, pero no se debe hacer. Uno ha de comprometerse plenamente con lo que escribe, y hacerlo hasta las últimas consecuencias, con imaginación y creatividad, sí, pero sin disimulos, sin ases en la manga.

Puede parecer exagerado, pero creo que en este asunto nos jugamos mucho, tal y como se va a desarrollar la literatura en los próximos tiempos. Se puede poner a personajes de ficción en situaciones reales e históricas, eso es algo habitual, pero poner a personajes reales en situaciones de ficción (sobre todo cuando esas situaciones son de ficción, «pero no mucho», o «no del todo», o «son casi exactas»…, o resulta que son «relatos reales»…) es algo cuyo éxito no dependerá sólo del talento de quien se atreva a ello, sino también de la nobleza de las intenciones. Si ese personaje real es el propio autor, como sucede tantísimas veces en la narrativa de hoy, todo bien, o al menos si ese personaje es anónimo, alguien a quien el autor conoció, o su abuela…; pero si ese personaje es «histórico», habrá que tener mucho cuidado. 

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