THE OBJECTIVE
Miguel Ángel Quintana Paz

Instrucciones para ser feliz

«El mundo no está como para seguir solo ironizando; aprendamos a distanciarnos de nuestra distancia, a apostar por esto o aquello, a apasionarnos, una u otra vez»

Opinión
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Instrucciones para ser feliz

James Barr. | Unsplash

Las heridas nos dejan cicatrices, que recuerdan su forma. Pero la vida es injusta y las alegrías no nos legan ese recordatorio. Si a eso le añadimos que, al ser dichosos, bastante tenemos ya con serlo como para tomar peso y medida de todo lo que causa nuestra ventura, no resulta extraño que andemos tan desorientados si de ser felices se trata.

Miras a tu alrededor y no ves sino gente afanándose por buscar la felicidad en lugares equivocados. Yo no tengo claro dónde perdí hace un rato las llaves; sí sé que no pueden estar en una fosa séptica a diez mil kilómetros de casa. Pero algunos emprenden largos caminos hacia allí.

Tampoco tienen por qué estar mis llaves donde las olvidó mi vecino hace una semana, o en aquel paraje donde las extraviara, siglos ha, cierto hombre famoso.

Con todo y con eso, aunque no conservemos cicatrices de la felicidad, ni apenas escrutinio de esta; pese a que muchos nos insinúen lugares equivocados, y quizá nadie la pierda ni halle donde lo hagamos nosotros, alguna orientación se podrá indicar tras tantos siglos. No aprendemos solo de nuestra vida, sino de la de cuantos nos han precedido. Por eso quien quiera hacerte débil te apartará del estudio de los grandes del pasado.

Compilemos pues un leve prontuario de instrucciones para la felicidad. La buena cocina no se hace solo con recetas, jamás nadie pintó un cuadro excelso siguiendo solo una fórmula. Mas algo se podrá aprender sobre el pájaro de la felicidad, que migra y revolotea y palpita entre nuestras manos, pero no es del todo irracional.

«Hay muchas cosas que huyen de nosotros justo cuanto más las buscamos»

1. No te afanes buscando la dicha

Si persigues al gorrión, este se escapa. Si te acuestas y no dejas de pensar en, cuanto antes, dormirte, raro será que así lo vayas a lograr. Hay muchas cosas que huyen de nosotros justo cuanto más las buscamos. La felicidad es una de ellas.

Ocurre de continuo. Ve a una fiesta y esfuérzate por pasarlo bien, pregúntate cada cinco minutos si la estás disfrutando: arruinarás tu fiesta y, quizá incluso, la de cuantos tengas en derredor. Nadie aprecia al tipo que se afana en resultar simpaticote o graciosete. Y si andas obsesionado con si podrás o no sentir un placer orgásmico, es bien probable que no lo acabes de gozar.

Vivimos en un mundo de objetivos, metas, planificaciones; hay que cumplir los plazos y también las expectativas; todo debe reducirse a una hoja de Excel. El capitalismo de hoy nos engaña si acatamos que tales métodos deban organizar toda nuestra vida. Hay algo que queda más allá de nuestros esfuerzos, algo que no depende solo de nuestro mérito. Es lo que se nos da por mera gracia. También hay una gracia de la felicidad.

Ahora bien, si ser felices es mero don gratuito, favor indomeñable, ¿hemos de despreocuparnos del todo por ello? ¿Aguardar tan solo a que nos caiga encima? ¿Dejar de leer un artículo que se titula Instrucciones para la felicidad?

Desarrollemos los ejemplos que hemos pormenorizado antes. Si te quedas encerrado en casa con ventanas y postigos cerrados, el gorrión no te llegará; si te tomas tres cafés y sigues de jarana por las calles, raro será que caigas, rendido, a dormir. Nadie disfruta una fiesta a la que no acude, ni cae simpático aquel que se mantiene apartado y desconocido. Huye de obsesionarte con tu placer orgásmico, mas tampoco podrás disfrutarlo si también huyes de las ocasiones que te lo permitirán.

Como el amor, la felicidad no depende solo de tus actos, pero no se dará sin ellos. Sin ti. La gracia es un regalo, pero para recibirlos hay que extender las manos. Tú no creas tu felicidad como tampoco creas tu vida, pero ambas las debes cuidar.

2. Hazte fuerte

¿Qué puedo hacer en tanto el pájaro de la felicidad no se decide a posarse entre mis dedos? Adecéntalos, tenlos limpios y con algunos granos de alpiste; que cuando el pájaro, por fin, se te pose, pueda acurrucarse allí.

Los hombres antiguos estudiaron, meticulosos, cuáles eran las fuerzas principales que te conviene entrenar. Las hemos traducido luego como «virtudes»; pero virtus, en latín, significa también fuerza. Y, quizá, para no perdernos en la connotación un tanto decimonónica de lo que es una señorita virtuosa (pacata, a menudo reprimida, lábil), retomar ese sentido más enérgico, casi físico, de virtus, como fuerza, no venga mal.

¿En qué cosas tengo que hacerme fuerte? Para empezar, en tu inteligencia. Hoy muchos discrepan sobre este asunto; lo resumió bien Ernest Hemingway al afirmar que «la felicidad, en personas inteligentes, resulta lo más raro de este mundo». El mundo moderno es a menudo un mundo desesperanzado (ha perdido también otra fuerza, la esperanza, que los cristianos consideran crucial).

Los antiguos, sin embargo, ponderaron sobre todo las «virtudes dianoéticas» (lo sé, el nombre no ayuda a publicitarlas; estamos hablando solo de la fortaleza de tu saber). Y las consideró muy por encima de otras fuerzas, más prácticas, y que te son asimismo aconsejables (pero menos que entrenar tu conocimiento): como ser justo, mesurado o corajudo. Si lo piensas, tiene sentido: ¿cómo vas a acertar a tomar una decisión justa, si eres tonto de remate? O ¿cómo voy a acertar y portarme de modo valiente, si no sé distinguir el coraje de las meras bravuconadas? O (demos un tercer ejemplo), ¿acaso podré distinguir entre la mesura y el ser solo un buen moderadito, acaso no confundiré la primera con optar siempre por lo tibio, equidistante y muy de centro centrado, si no he aprendido antes qué constituye la sabia mesura de verdad?

«No te creas más listo de lo que eres (esa es la mayor ignorancia)»

Fortalece tu inteligencia, sé listo. Lo manda incluso el evangelio de San Mateo (10:15): «Estote prudentes sicut serpentes», es decir, sed astutos, listos, prudentes como las serpientes. Ahora bien, no te creas más listo de lo que eres (esa es la mayor ignorancia). Y, por ello, Jesús añade enseguida: «Sed sencillos como palomas también».

¿Cómo hacerte más sabio? Aprendamos de los domadores de elefantes hindúes. Cuando quieren domesticar una cría, tan solo la rodean de otros paquidermos ya amaestrados. También el futbolista, para mejorar, juega al fútbol con los buenos; el escultor novato aprende del maestro a tallar.

Ahora bien, como ya eres bastante listo, me parece estarte escuchando la crítica que estás a punto de hacerme: ¿cómo voy a saber quién es ese sabio de quien debo rodearme, si para reconocer un sabio ya hace falta serlo uno también? Los feos detectan quién es guapo, los bajos quién es tan alto que les sobrepasa la talla; pero un estúpido, justo por serlo, se cree a menudo sabio, y desprecia a los que de veras lo son.

El problema parece insoluble (para rodearme de sabios ya tengo que ser sabio, y para ser sabio tengo que haberme arrimado antes a quienes lo son). Pero, si lo meditas, no resulta tan inabordable. También aprendo fútbol de los buenos, cuando aún no sé distinguir quiénes juegan peor o mejor; o esculpo aprendiendo de Miguel Ángel Buonarroti, sin antes entender del todo el genio apabullante que fue. Para ser sabio (o futbolista, o escultor) preciso de cierta confianza: he de fiarme en los hombres antiguos que afirman que Pelé, o Cruyff, o Fidias o Praxíteles cumplieron con sus artes bien.

Todo lo cual nos devuelve al versículo evangélico que antes citamos: para ser listo tienes también que saber fiarte (y saber de quién te fías). Astucia de serpiente y sencillez confiada de paloma. Yo, desde luego, me fiaría antes de quien ha sobrevivido dos mil trescientos años como educador nuestro (Platón, Aristóteles; Séneca también, aunque solo nos haya educado apenas dos mil años) que de la última ministra de Igualdad que grita en un estrado, o la directora del Instituto de la Mujer que necesita orfidales para soportar la Navidad. No seas tonto y hazlo tú también.

3. Lidia con la incertidumbre

La primera instrucción de este prontuario te animaba a cierta ligereza; la segunda, a fortalecerte. «¡Es lógico que la felicidad resulte algo tan huidizo!» estarás pensando, «¡si quienes hablan de ella se contradicen con tamaña facilidad!».

«Hemos de saber lidiar, pues, con ese espacio intermedio entre las certezas y la ignorancia absoluta»

Nos topamos aquí, sin embargo, con la verdad de la cosa. Si alcanzar la felicidad resulta tan complicado, si comprenderla se vuelve tan esquivo, es por lo que ya advertimos antes: la buena cocina no se elabora con meras recetas, el mundo que planifica metas y resultados con excels no congenia con la felicidad. Por eso llevamos más de dos mil, tres mil años (y los que te rondaré, morena) dándole vueltas al asunto; no porque Platón o San Buenaventura perdiesen el tiempo, sino porque no dejamos, siglo tras siglo, de aprender.

Hemos de saber lidiar, pues, con ese espacio intermedio entre las certezas y la ignorancia absoluta. No se trata, insistamos, de ser moderadito: este tiene la certeza absoluta de que el bien se halla en un lugar intermedio que otros (los extremistas) decidieron para él. Se trata más bien de saber domeñar un caballo al que a veces deberás clavar las espuelas, a veces dar rienda suelta, sin que clavar-siempre-espuelas ni dar-siempre-rienda-suelta sea aconsejable (ni tampoco prescindir siempre de una u otra posibilidad).

Tampoco se trata de adoptar una distancia irónica ante todos y ante todo: quien nunca se embriague de vino, de poesía o al menos de virtud, como cantaba Baudelaire, rara felicidad gozará. Durante varias décadas hemos vivido la edad de la ironía: no había que tomarse nada demasiado en serio; el filósofo Richard Rorty llegó a afirmar que esa era la esencia de lo democrático. El mundo no está como para seguir solo ironizando; aprendamos a distanciarnos de nuestra propia distancia, a ironizar sobre nuestra acostumbrada ironía. Y, por tanto, a apostar en serio por esto o aquello, a apasionarnos, una u otra vez.

Algunos pensadores le han dado también nombre a esto: según ellos, la postironía (ni tan ingenua como antaño, ni tan escéptica como los irónicos) sería el signo de nuestra edad.

Así que tómate también de manera postirónica este mismo artículo. Atribúyele la importancia que tiene (ha ocupado unos minutos de tu día, así que ya importa más que el último eslogan manufacturado por nuestro Gobierno, pero no tanto como el libro de Boecio que esta noche leerás). No te fíes mucho de su autor: cuentan que, en esto de la felicidad, habla un tanto de oídas. Aunque, eso sí, también afirman que tuvo la virtud de rodearse de quienes hablaban mejor.

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