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Orden en el caos

"Si no leemos más, si no escribimos algo, si no pintamos o no componemos, no es porque las costumbres de nuestra época no acompañen"

Foto: Lenin Estrada | Unsplash

Es habitual quejarse de que nuestros ritmos y modos de vida nos impiden concentrarnos para realizar acciones que –eso decimos porque eso nos gusta pensar– haríamos si nuestra rutina fuera más tranquila, más ordenada. Si nuestros salarios fueran mayores, si nuestros contratos más estables, si nuestra pareja nos quisiera más, o si no la tuviéramos. Quizá entonces podríamos leer más, leer mejor; reflexionar, pintar, puede que incluso escribir una novela o un ensayo donde plasmaríamos nuestras angustias y esperanzas. Pero la realidad es que no lo hacemos, o nos cuesta mucho, y culpamos a nuestra época, a sus demasiadas distracciones en forma de ocio alternativo con pantallas o a los encantos de una liberación moral que nos ha dejado pocos incentivos para quedarnos en casa pensando, leyendo, pintando, componiendo o escribiendo. Nunca como ahora el juicio que nos merece el solitario recordó tanto a la cita del Quijote: "¡Oh, soledad, alegre compañía de los tristes!".

Pero basta con asomarse a determinados libros para acabar con esa mascarada que nos contamos a nosotros mismos, y concluir que, si no leemos más, si no escribimos algo, si no pintamos o no componemos, no es porque las costumbres de nuestra época no acompañen. En realidad, nunca lo hicieron, e incluso antes era todo mucho peor y más difícil. Sentarse a leer, a escribir, a pintar o a componer durante horas exige y siempre exigió un acto de fuerza de voluntad difícil, y no tenía Bach –cargado de hijos y con una ciencia médica precaria, casi esotérica– más facilidades que nosotros. Tenía muchas menos, además distracciones similares, porque cada época conoce un ocio irresistible para la mayoría: ya sea el levantamiento de piedras, jugar a la petanca, competir al ajedrez, ir a las carreras de caballos o ver la última temporada de Juego de tronos o alimentar las redes sociales, como en nuestros días.

Acabo de terminar de leer Tiempo de magos, un ensayo histórico en el que el escritor y periodista alemán Wolfram Eilenberger construye una fascinante crónica de lo que él llama "la gran década de la filosofía", que abarca desde 1919 hasta 1929. Esto es, entreguerras, uno de los periodos más convulsos de nuestra historia reciente tras una Primera Guerra Mundial devastadora. Años de carestía e hiperinflación, de ruptura de los sistemas políticos en Europa, de polarización y de violencia. De auge de extremismos políticos que, desde un lado y de otro, conspiraban para derribar una prosperidad burguesa insuficiente pero que parecía "el fin de la historia" de su momento. Y es en ese contexto donde Eilenberger nos cuenta la fecundidad filosófica del Ludwig Wittgenstein del Tractatus, del Martin Heidegger de Ser y tiempo, del Ernst Cassirer de Filosofía de las formas simbólicas, y, finalmente, del Walter Benjamin traductor de Proust y exégeta de Las afinidades electivas de Goethe, donde ya se intuye el drama que terminaría con la República de Weimar casi dos siglos después.

A los conflictos políticos, económicos y sociales de la época se unía en el caso de estos filósofos –a excepción del ordenado Cassirer– una vida sentimental y laboral tormentosa. Plagada de subterfugios, ansiedades, amantes, adulterios cometidos y padecidos, precariedad financiera y nulo horizonte profesional en la academia. Heidegger se retiraba a abismarse en busca del Dasein a su cabaña en la Selva Negra de Baviera, mientras Wittgenstein ejercía de maestro rural en Austria después de haber rechazado una herencia suculenta y Walter Benjamin se gastaba el dinero que no tenía en estancias en Capri en busca de tranquilidad, pero donde encontraba amantes y angustias.

¿Cómo pudo desarrollarse entonces, en ese ambiente familiar y personal, y en ese contexto histórico, "la gran década de la filosofía"? Lo desconozco, pero que aquello sucediera es un torpedo en la línea de flotación de una de nuestras excusas habituales para no hacer aquello que, nos decimos, en realidad querríamos hacer.

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